Toda la tribu se reúne dos veces al año en Astorga, en las fiestas del Corpus y la Ascensión; entonces bailan el canizo, que comienzan a las dos de la tarde y terminan precisamente a las tres. Si alguno que no sea maragato se une a ellos, lo echan inmediatamente. Las mujeres no salen casi nunca de sus casas y, en cambio, los hombres están poquísimo en ellas. Llevan la misma vida de trabajo que las antiguas mujeres ibéricas, y ahora, como entonces, se las puede ver labrando el campo, desde antes de salir el sol hasta mucho después de puesto, y resulta muy triste contemplarlas sufriendo las penalidades de ocupaciones tan poco femeninas.

El origen de los maragatos no está claro. Unos los consideran como una reminiscencia de los celtíberos o visigodos; la mayoría, sin embargo, los tienen más bien por descendientes de una caravana de beduinos. Es inútil preguntarles a ellos por su historia y su origen, pues, como los gitanos, carecen de tradiciones y no saben nada de nada. Arrieros lo son, desde luego, y esta palabra, como tantas otras relativas al caballo y al oficio de trajinante, es árabe y demuestra el origen de donde el sistema y la ciencia se derivaron por los españoles.

Los maragatos son célebres por sus hermosas bestias de carga; las mulas de León gozan de justo renombre, y los burros son espléndidos y numerosos, especialmente mientras más se acerca uno a la sabia Universidad de Salamanca. Los maragatos ocupan un lugar preferente en los caminos: son los dueños de la carretera por ser el alma del comercio en un país donde las mulas y los burros constituyen los trenes de mercancías. Saben su importancia, y que ellos son la regla general, y la excepción, los viajeros por placer. Los arrieros españoles no son mucho más corteses que sus caballerías, y aunque resulta pintoresco, no es muy divertido encontrarse con una recua de éstas en un camino estrecho, especialmente si tiene un precipicio a un lado: cosa de España. Los maragatos no ceden el camino; sus caballerías no se mueven de su sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos de un barco, ocupan toda la vereda. Pero todos los detalles de caminos en el interior genuino de España están calculados para el fardo, como ocurría en Inglaterra un siglo atrás, y no se dedica el menor pensamiento al forastero, que no es deseado, mas aún, resulta molesto. Las posadas, las carreteras, todo es propio para los naturales del país y sus caballerías, y no se apartarán un punto de su línea para satisfacer las exigencias o caprichos de un extranjero. La típica Península es demasiado poco recorrida por sus habitantes para que se implanten las comodidades interesadas de Suiza, este país de fondistas y traficantes de coches.

Capítulo VIII.

Un individuo que viaja en un coche público deja de tener personalidad propia para convertirse en un número del pasaje conforme al sitio que ocupe; se le asienta en un libro como un paquete que debe ser entregado por el conductor. En cambio, ¡cuán libre y dueño de sí se siente ese mismo viajero si cabalga en su fogoso corcel, que con su piafar y sus relinchos parece como que demuestra su impaciencia por salir! ¡Qué fresco y qué delicioso resulta el libre aire del cielo después de respirar la enrarecida atmósfera de un interior lleno de gente extraña que, a causa de los efectos narcóticos del tabaco, olvidan la existencia del jabón, el agua y la ropa limpia! Viajar a caballo, placer tan poco frecuente para los ingleses, ha sido la forma primitiva y en un tiempo general en Europa, y aun lo es en Oriente; la humanidad, sin embargo, se ha acostumbrado pronto a otros medios de locomoción y olvida lo muy reciente de su introducción. Fynes Moryson dió hace dos siglos a los que viajaban por Inglaterra el consejo que hoy puede darse a los que visiten España: que abandonen las carreteras frecuentadas por los coches y se internen por caminos de herradura y veredas, con lo que explorarán rincones poco frecuentados, ciertamente, pero no por eso los menos interesantes de la Península. Hemos tenido la suerte de formar parte de varias de estas expediciones a caballo, unas veces solos y otras en compañía. En una ocasión fuimos desde Sevilla a Santiago atravesando Extremadura y Galicia y volviendo por Asturias, Vizcaya, León y las dos Castillas, en el mismo caballo, cerca de dos mil millas, acompañados solamente por un criado andaluz que era la primera vez que salía de su provincia. Dos amigos con dos criados hicieron poco después la misma excursión; y ni ellos ni nosotros tuvimos que vencer obstáculos ni dificultades que pudieran tener el carácter de aventura o que nos pusieran en el menor peligro. En otra ocasión recorrimos, acompañados de una señora inglesa, Granada, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, para no hablar de repetidas excursiones a todos los rincones y escondrijos de Andalucía. El resultado de todas estas experiencias, unido al testimonio de varios amigos que han paseado a caballo la Península entera, nos permite recomendar este sistema a la gente joven, sana y aventurera, como el más agradable y, en realidad, según ya hemos dicho, el único utilizable en las dos terceras partes del país.

Los caminos reales que ponen en comunicación la capital con los principales puertos son realmente buenos, pero están trazados generalmente en línea recta, por lo cual, muchas de las ciudades más antiguas quedan a un lado; e igualmente lugares históricos, sitios donde se han librado batallas, ruinas antiguas y paisajes verdaderamente bellos, sólo son asequibles a caballo. En España hay infinidad de comarcas completamente desconocidas de la Sociedad Geográfica. Aquí, ciertamente, encontrará terreno abonado todo el que quiera en estos tiempos de tan escasas novedades publicar algo nuevo: hay paisajes para llenar una docena de portfolios y asunto para una veintena de volúmenes en cuarto. ¡Cuántas flores se marchitan sin figurar en ningún tratado de botánica! ¡Cuántas rocas se deshacen sin que se las mencione en la geología! ¡Y cuántos paisajes dignos de ser dibujados, cuántos osos y ciervos que cazar, cuántas truchas que pescar y comerse, cuántos valles tienden su pecho deseosos de abrazar a sus visitantes ocultos, cuántas bellezas vírgenes desconocidas hasta ahora esperan al feliz miembro del Travellers’ club (club de los viajeros), que en diez días puede cambiar el aburrimiento del eterno Pall Mall por estos sitios solitarios! ¡Y qué gloria para él en descubrir una tierra incógnita y rivalizar con Mr. Mungo Park![30]. Y ni siquiera falta una guía desde que nuestro buen amigo John Murray, el rey de las Guías, proclama desde Albemarle Street, Il n’y a plus de Pyrénées.

Como quiera que en las grandes extensiones de terreno que se hallan situadas entre las carreteras hay gran escasez de medios de comunicación, poco tráfico y nadie exige comodidades de ningún género, se hace difícil incluso encontrar mulas o caballos; por esta razón, nosotros hemos preferido siempre llevar a estas largas excursiones nuestras propias caballerías. Las ventajas y seguridades que proporciona esta previsión las hemos apreciado cumplidamente comparando con frecuencia las molestias sufridas por otras personas que confiaron en hallar facilidades y medios de locomoción en regiones apartadas y miserables. El viajero, por regla general, debe llevar consigo todo aquello de que no puede prescindir por costumbre y necesidad. Lo esencial es reunir, en el menor espacio posible, la mayor cantidad de comodidad portátil, teniendo cuidado de no cargar más que con lo indispensable, pues no hay nada tan molesto como dificultar los viajes con cosas inútiles. Esta manera de viajar no ha sido estudiada muy al detalle por la mayoría de los autores, que, por su parte, no se han separado mucho del camino trillado ni han emprendido largas caminatas a caballo, y, por lo tanto, se inclinan más bien a exagerar los peligros y dificultades de un sistema que ellos no han utilizado. Al mismo tiempo, bueno será advertir que no es este plan recomendable para señoras elegantes o caballeros delicados, ni para los que padecen un poquito de reúma o tiemblan ante las obscuras imágenes que la gota incipiente suscita.

Los que tienen resistencia y curiosidad para afrontar una excursión por Sicilia pueden, desde luego, salir para España; los ferrocarriles y los caballos de posta van seguramente más de prisa; pero el placer y el provecho de un viaje suelen estar en razón inversa de la facilidad y rapidez de las jornadas. Además del conocimiento exacto del país que se adquiere por este medio (pues no hay mapa que sustituya a una inspección ocular), y de ponerse en relación con mucha gente, y no de la peor, para un paisano, una expedición a caballo equivale a un servicio de campaña. Obliga a emprender una nueva vida que, al principio, se acepta por necesidad; pero que pronto se hace completamente natural, por estar en perfecta armonía con todo lo que con ello se relaciona, por muy extraña y distinta que sea a todas las costumbres y nociones anteriores; le sacan toda presunción del cuerpo para el resto de su vida y le hacen sufrido y contenido. Es una perfecta escuela de disciplina moral, como los mares más duros forman a los mejores marineros. Y se pueden aprender áureas reglas de paciencia, perseverancia, buena educación y compañerismo, contribuyendo a que sobresalga la individualidad para bien o para mal. En estas ocasiones en que la riqueza y la jerarquía son despojadas de los auxiliares de superioridad convencional, el hombre se verá obligado a utilizar sus propios recursos morales y físicos con más frecuencia que una carta de crédito, y su ingenio se aguzará por la necesidad de arbitrar medios.

Entonces se sacudirá la torpe pereza, y la acción, la demosténica acción, será el santo y seña. El viajero borrará de su diccionario la fatal palabra española luego, calle que lleva a la casa de nunca, pues ya hay un dicho que reza: por la calle de después se va a la casa de nunca. Obligado a ingeniárselas por sí mismo, comprenderá el mal de los gastos inútiles y la locura de la imprevisión y la falta de orden. Llegará a hacer caso omiso de la excusa constante de la pereza, el español no se puede. Tropezando con dificultades pronto se convencerá de lo fácil que es vencerlas, como con un frote duro se convierte en suave y sedeña la ortiga, que pincharía con solo tocarla ligeramente, y al mismo tiempo verá que el medio más firme de conseguir el objeto que uno se propone es el conocimiento moral de que se puede y se quiere hacerlo. Nunca deberá detenerse por obstáculos ligeros como el aire, que donde una puerta se cierra otra se abre, y el que empuja llega. Y después de todo no está mal que sepan algunas fatigas los acostumbrados al sibaritismo, aun cuando no sea más que por la novedad y porque el harto suele comer con más gusto cuando se ve privado de alguna cosa, pues, como dice Cervantes, el hambre es la mejor salsa, y como ésta nunca falta al pobre, de ahí la razón de que para ellos el comer sea su mayor fiesta.

Además, esta clase de expediciones independientes son también beneficiosas para la salud; después de pasado el cansancio de los primeros días el cuerpo se hace de bronce y el jinete se convierte en un verdadero centauro. La vida al aire libre, la excitación continuada de lo nuevo, el ejercicio y la ocupación constante, son dulcificadas por la buena voluntad, que hace hasta del trabajo un placer, inoculando nueva savia y vigor en los huesos y en los músculos; acostarse temprano y levantarse temprano[31], si no hace a todos los cerebros sabios y sanos, al menos vigorizan los jugos gástricos y hace al hombre olvidar que tiene hígado—el almacén de la miseria física—, bilis, píldoras e hipocondría. Esta salud es uno de los secretos de los encantos inherentes a este sistema de viajar, a pesar de todas las molestias aparentes de que va acompañado a primera vista. ¡Oh! ¡Qué delicia esta vida bohemia, nómada, de beduino, sazonada con una libertad sin límites! Armamos la tienda donde uno quiere y allí se tiene la casa, lejos de las cartas urgentes que contestar y distante de comidas, visitas, criadas, sombrereras, mayordomos, majaderos y lacayos.