Recién salidos del barrio aristocrático de Londres nos encontramos transportados a un mundo nuevo; el panorama varía a diario, y se alegra el corazón y se pone uno de buen humor contemplando las llanuras, rebosantes de leche y miel, o rientes, cubiertas de aceite y vino, o bien los naranjos y limoneros iluminados por la gloria del sol, la palmera sin el desierto, la caña de azúcar sin el esclavo. A poco, nos hallamos perdidos entre silenciosos ventisqueros coronados por las nubes, en parajes donde las rocas de granito se agrupan como fragmentos de un mundo deshecho por la magnificencia de la Naturaleza, que, poco cuidadosa de la admiración de los mortales, prodiga con soberana indiferencia sus mayores encantos a los lugares ocultos y sus más grandiosas formas a lo menos accesibles. Todos los días y en todas partes encontramos infinidad de tesoros y placeres, que almacenados en nuestra imaginación—así la miel de las abejas—endulzarán y alegrarán nuestra vida en la gustosa remembranza cuando los dejemos tranquilizarse en nosotros mismos como los posos del vino en un tonel. Y aun habiendo sido verdaderamente deliciosos en la realidad pasada, su encanto aumenta a medida que avanzamos en edad y sentimos que no podremos volver a emprender estas hazañas de nuestra juventud, tan dulces como la juventud misma. De una cosa puede estar seguro el lector, y es de que siempre será grato para él, como lo es hoy para nosotros, el recuerdo de aquellas caballadas agrestes y fatigosas a través de la tostada España, en las que el cansancio desaparecía antes de sentirse; aquellas colinas airosas, aquellos riscos y torrentes, aquellos frescos valles, que comunican su frescura al corazón; aquel gusto con que saboreábamos los manjares más vulgares sazonados por la salsa del hambre, que no inventó Ude; aquellos tranquilos sueños en duras camas, ganados por la fatiga, que es la almohada más blanda; los nervios dominados, el espíritu alegre, elástico y animoso; aquella carencia de preocupaciones; aquella salud de cuerpo y alma, que es siempre el premio de la íntima comunión con la Naturaleza, y el verse libre de las enojosas y ficticias exigencias del círculo estrecho de la artificial ciudad.
Sea el que quiera el número de individuos que formen la partida y cualquiera que fuere el medio de comunicación empleado, a caballo o en coche, y aun contando con que un amigo agradable es mejor que cualquier vehículo, nadie debe soñar con una excursión a pie por España, pues rara vez se encontraría compensación al llegar al término de la jornada, cansado y hambriento, precisamente en el punto mismo en que se debe estar más fresco y dispuesto a saborear los placeres intelectuales. El deipnosofista Ateneo descubrió hace mucho tiempo que en un estómago vacío no cabe el amor a lo sublime y a lo bello; la estética tiene entonces que rendirse ante la gastronomía, y no hay programa más sugestivo en el mundo como una comida y después una siesta. El peatón en España, donde las comodidades corporales son raras, comprenderá pronto la causa de que en los diarios de nuestros soldados peninsulares se dé tan poca importancia a los objetos que llaman más la atención del viajero satisfecho. En caso de fatiga corporal excesiva las facultades mentales se empequeñecen para atender a las necesidades meramente físicas, en lugar de engrandecerse para buscar un placer contemplativo o intelectual; el despeado y rendido por el cansancio necesita conforme a
The unexempt condition
by which all mortal frailty must subsist,
refreshment after toil, ease after pain[32].
Andando es como viajan los animales, que para eso tienen cuatro pies; los bípedos que siguen el ejemplo de los brutos, pronto se convencerán de que se rebajan a su nivel en más de un respecto. Además, como ningún español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los mendigos y vagabundos, no se comprende que se haga más que por absoluta necesidad. Por esta razón los peatones son mal recibidos u objeto de toda clase de sospechas, pues las autoridades españolas, juzgando a todos por sí mismas, siempre piensan lo peor de los extranjeros, considerándoles culpables mientras no se demuestre lo contrario.
Antes de mencionar los encantos de un viaje a caballo por España, hemos de hacer algunas observaciones respecto a la elección de compañeros.
Los que viajan en vehículos públicos o con arrieros, rara vez corren el riesgo de quedarse solos. El jinete que se interna por comarcas poco frecuentadas es el que siente la necesidad de este importante ítem: un compañero de viaje, en cuya elección, como en la de mujer, es bastante fácil dar consejo. El individuo tiene, pues, que valerse por sí mismo, y la selección dependerá, desde luego, del gusto e idiosincrasia de cada uno; las desgraciadas personas que están acostumbradas a hacerlo todo a su gusto, o aquellas otras afortunadas que nunca están más acompañados que cuando están solos, diestros en el arte de hallar recursos en todas partes, encontrarán este plan el mejor, pues, en final de cuentas, más vale ir solo que mal acompañado. Un viajero aislado es el menos sujeto a nada. No tengo padre ni madre, ni perrito que me ladre: el que está en las condiciones que dice este proverbio puede leer el libro de España como si estuviese en su propio gabinete, deteniéndose donde le plazca y pasando por alto lo que no le interese, como si hojease una guía de Murray.
Cada medalla tiene, sin embargo, su reverso y toda rosa sus espinas. No obstante las citadas y otras ventajas, y la seguridad de que la ocupación, y aun la fatiga, alejan los peligros imaginarios, esta libertad puede pagarse con momentos de depresión, y un sentimiento de tristeza y abandono puede irse apoderando insensiblemente de la imaginación más alegre. No es bueno para el hombre el estar solo; y esta necesidad de sociedad rara vez se siente con más fuerza para un corazón sólido que en un largo y solitario viaje a caballo por las comarcas solitarias de la Península. El sentimiento está en perfecta armonía con la impresión producida por la condición desdichada de la España actual, caída de su antigua altura y casi borrada del mapa de Europa. Silenciosa, triste y solitaria es su superficie, a la que el viajero ha de mirar con demasiada frecuencia: campos de trigo sin un árbol, sin un matorral, limitados solamente por el horizonte; llanuras despobladas e incultas, abandonadas a las flores silvestres y a las abejas, y que resultan aún más melancólicas por los castillos ruinosos, o los pueblos, que parecen blanqueados esqueletos de vidas anteriores. La tristeza de esta abominable desolación se aumenta por la singular ausencia de pájaros cantores y la presencia de buitres, águilas y otras aves de rapiña. El viajero, lejos de su casa y de sus amigos, se siente doblemente extranjero en esta extraña tierra, donde no hay sonrisas para un llegado, ni lágrimas para un despedido; donde su memoria se borra como la de un huésped que se detiene un solo día; donde no se ve nada que delate la vida, si no es la tosca cruz de madera o el montón de piedras que indican el sitio donde algún viajero ha sido acechado, asesinado y enviado a arreglar sus cuentas sin tiempo de purgar sus pecados.
Aun cuando confiadamente hayamos contado con nuestras pasadas experiencias, para creer que no era ese nuestro sino, sin embargo, esta especie de piedras miliarias, erigidas como memento mori, son muestras evidentes de que la cosa no es completamente imposible. Ello hace que una persona sola cuya vida no esté asegurada, no solamente confíe en Santiago, sino que tenga la pólvora seca y procure siempre que esté dispuesto el pistón. En estas ocasiones, el tropezar con uno de estos naturales, medio beduinos, medio nómadas, es una verdadera ganga; su sociedad es completamente distinta de la de un compañero permanente con el que para bien o para mal estamos ya atados para siempre, pues como es casual tiene la ventaja de que se le puede tomar o dejar, según convenga. Las costumbres de los españoles en camino son completamente de rebaño. El temor común sirve de unión; cuantos más sean, más contentos van.
«¡Hola! ¡Cuánto me alegro de encontrarle, compañero!»; y la alegría del encuentro es una excelente presentación. La escena, cuando se encuentran varios viajeros, parece como si fuera en un barco en el Atlántico: ¡Hola, camará! Esta predisposición es la que hace a todos los viajeros escribir tanto y tan bueno sobre las clases bajas españolas, y no ciertamente más de lo que merecen, pues son una raza hermosa y noble. Indudablemente, algo de esto proviene de que en estas ocasiones todo el mundo se encuentra en un pie de igualdad, y este efecto nivelador, que quizá pasa inadvertido, induce a muchos extranjeros, orgullosos y reservados en su casa, a ser afables sin afectación. Tratan a estos conocidos de momento de un modo completamente distinto de cómo tratan a la clase baja de su propio país, que, probablemente, si se viera obsequiada con la misma condescendencia, aparecería en un aspecto muy diferente, aun cuando desde luego es inferior a la española en sus orientales buenos modales, en su exquisito tacto y en colocarse y colocar a los demás en el sitio que les corresponde, sin rebajarse ni asumir vulgarmente una igualdad social o una superioridad física.
No recomendaremos, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin compañía; no sería agradable para los amigos o familiares, que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda, a los accidentes a que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan un amigo con quien puedan ir, harán bien en hacerlo así. Es una dura prueba, y su éxito es tanto más expuesto cuanto mayores sean las molestias y más escasas las comodidades, causas que agrian la leche de la amabilidad humana y ponen a prueba a los egoístas que sólo miran a su estómago y su bienestar. Con ocasión de una larga jornada y la estancia en una pequeña venta, es como se demuestra lo que vale un amigo. En los más serios trances de la vida, peligros, enfermedades y necesidades, lo único que se desea es un amigo con quien compartir el último bocado y la última copa. La sal del compañerismo, si no obra milagros en cuanto a cantidad, cuando menos convierte un panecillo en un manjar exquisito por el gusto y satisfacción con que se saborea.