Por otra parte, nada cimienta una amistad mejor que una de estas correrías, con tal que no terminen en una reyerta. El mero hecho de haber recorrido España tiene una particularidad que no se concede a los países más vulgarizados de Europa. Cuando se nos presenta una persona que ha visitado estos sitios encantadores, nos parece como si ya la conociéramos. Hay una especie de masonería en haber hecho algo igual, que no es lo común en el mundo. Los que están a punto de incluírse en esta clase última, harán bien en procurar que la compañía no exceda de cinco, tres señores y dos criados, teniendo en cuenta, sin embargo, que para mayor facilidad en acomodarse, mejor será que vayan dos y dos. Con todo, una tercera persona no resultará mal en jornadas fatigosas, como arbiter elegantiarum et rixarum, pues aun en las parejas que se entienden mejor suele haber, a veces, discrepancias por parte de alguno que, si tiene en contra mayoría, volverá más fácilmente de su error. Además, siempre ven más cuatro ojos que dos.
Un viaje de varios meses de duración y de algunos miles de millas de recorrido debe hacerse, según la regla más elemental, en un mismo caballo, el cual, al fin de la jornada, se hallará tan fresco como el jinete, y, si está bien cuidado, dispuesto a emprender de nuevo la marcha. La época que conviene escoger es aquella en que los días son largos y la Naturaleza se ha despojado de sus galas de invierno. El buen tiempo es la alegría del viajero, y no hay nada tan mudable como el aspecto de los pueblos españoles, según el tiempo sea bueno o malo; lo mismo que ocurre en Oriente, donde las lluvias de invierno convierten el país en un fangal inmundo y, en cambio, en cuanto luce el sol, todo es alegría y luz. Es exactamente igual que la sonrisa que ilumina la expresión generalmente triste de las españolas. El bendito rayo de luz alegra la misma pobreza, y su acción, estimulante y vigorizadora, hace al hombre capaz de luchar contra los males morales, a los cuales las comarcas más favorecidas por el clima—sin duda, por compensación—están más expuestas que aquellas en que el cielo es triste y los vientos fuertes y helados.
Como en nuestros regimientos de caballería, donde el ganado ha de prestar un verdadero servicio, se debe escoger un animal perfecto: una yegua mejor que un capón; pero como en España es muy general el uso de caballos enteros, también puede elegirse uno de éstos. La jornada diaria oscilará, según las circunstancias, entre veinticinco y cuarenta millas. Se debe emprender el camino antes de amanecer, cuidando de que el caballo haya comido, por lo menos, una hora antes, en cuyo espacio los españoles, si pueden, van a la iglesia, porque profesan la teoría de que nunca se pierde el tiempo que se emplea en oír misa, o en comer, o dar de comer a los caballos; lo confirman en un proverbio que dice: misa y cebada no estorban jornada.
La hora de partir, desde luego, depende de la distancia y la comarca que se piense recorrer, teniendo en cuenta que cuanto antes mejor, porque el que al diablo quiere engañar, muy temprano levantarse ha. Es una gran cosa para el viajero llegar adonde haya de pernoctar lo más pronto posible, pues siempre los que llegan primero son los mejor servidos; más vale, pues, tomar una hora de la mañana que dejarla para la noche, porque si se pierde esta hora al salir, no se podrá ganar en todo el día. Además, en verano es agradable y conveniente estar en marcha y con camino recorrido antes de que el sol pique demasiado, pues el calor se hace insoportable y el extranjero está expuesto a coger un tabardillo, enfermedad que, aunque en menor grado, ocasiona en España más enfermedades de lo que parece, y especialmente entre los ingleses que se aventuran al sol sin precauciones por ignorancia o temeridad. Se debe llevar la cabeza cubierta con un pañuelo de seda, anudado en forma de turbante, como lo llevan los naturales del país; además de lo cual, nosotros, siempre forrábamos el sombrero con papel de estraza doblado. En Andalucía, durante el verano, los arrieros viajan de noche y descansan las horas de calor fuerte, pero este sistema no tiene nada de agradable, como no sea para los que no tienen interés en ver nada. Nosotros nunca le adoptamos. Las mañanitas, y los anocheceres, y las tardes frescas, son siempre preferibles, mientras que para el artista las espléndidas horas de la salida y la puesta del sol, las siluetas de las montañas que se destacan marcando las formas con las enormes sombras, son artísticas y bellas sobre toda ponderación. En estas regiones, casi tropicales, cuando el sol está alto se pierde el efecto de la sombra y todo parece plano y sin ningún relieve.
La jornada debe dividirse en dos partes, haciendo la primera la más larga: el paso debe calcularse en unas cinco millas por hora, para no tener al caballo en pie inútilmente; se le puede llevar al trote algunos ratos, incluso al subir pendientes suaves, pero siempre se le llevará al paso cuesta abajo, y si se le lleva de la mano, tanto mejor, con lo cual saldrán ganando jinete y cabalgadura. Es sorprendente el terreno que se gana con un paso sostenido: chi va piano, va sano e lontano, dicen los italianos; paso a paso se va lejos, se repite en Castilla. El final de la jornada diaria se debe determinar antes de salir por la mañana, y de este modo se tendrá la seguridad de llegar al anochecer. Los españoles no son aficionados a llegar apresuradamente a sitios donde nadie les espera; ni tampoco se consigue nada tratando de dar prisa a hombres o a animales en España: tanto valdría apremiar a una cancillería de Corte. Los caballos deben descansar, si es posible, cada cuatro días, y no se deben utilizar durante la estancia en poblaciones, a menos que ésta exceda de tres días.
Lo primero que debe hacerse al llegar a los sitios de etapa, es mirarles los remos, limpiárselos perfectamente y examinar cuidadosamente los cascos y las herraduras, para ver si están como es debido: esta inspección ha de constituír un hábito. No hay que lavar las patas demasiado pronto, pues el frío repentino puede producirles fiebre; conviene dejarlos refrescarse y luego limpiarlos y engrasar bien los cascos; después se les puede lavar cuanto se quiera. Lo mejor, sin embargo, será dar de comer al caballo, desde luego, antes de proceder a su toilette, pues la marcha le habrá abierto el apetito, y la fatiga necesita inmediata reparación. Si a un caballo se le abruma con limpieza, es fácil que se aburra y no haga caso del pienso: después que ha comido se le puede limpiar, prepararle la cama como para por la noche, cerrar la cuadra y dejarle completamente tranquilo, cuanto más tiempo mejor: darle otro pienso una hora antes de salir a la jornada de la tarde, y a la llegada, por la noche, hacer con él exactamente lo mismo que por la mañana. La comida debe regularse con arreglo al trabajo: cuando éste es mucho, puede dársele cebada a manos llenas y no abusar de la hierba, pues lo que se necesita es acumular resistencia, no por cantidad, sino por calidad. Los españoles dicen que un bocado de carne vale por diez de patatas. Si vuestro caballo es inglés, bueno será recordar que ocho libras de cebada equivalen a diez de avena, porque contienen menos pellejo y más fécula, cosa que saben muy bien nuestros tratantes en ganado cuando necesitan rehacer a un caballo; dar de comer con exceso a un animal en el clima de España, lo mismo que hacerlo con el jinete, es predisponerlos a fiebres y congestiones, enfermedades más comunes en Gibraltar que en ninguna otra parte de España, porque nuestros compatriotas hacen la misma vida que si estuvieran en su país.
De todos modos, se debe alimentar bien al caballo, ya sea con una cosa, ya con otra; si no, vuestro escudero español, al estilo de Sancho Panza, os atormentará con proverbios como: tripas llevan pies; de paja o heno, el vientre lleno, etc., etc. Los españoles permiten que sus caballos, cuando van de camino, beban en todos los ríos y arroyos, diciendo que no hay nada que siente mejor que el agua batida, y ellos dan el ejemplo, pues en todos los regatos se echan de bruces y, como dice el refrán, beben agua como un buey, y cuando se tercia vino, lo mismo que un rey. Si se lleva, pues, un caballo español que esté acostumbrado a este continuo beborrotear, será bueno dejarle, pues si no, hasta puede tener fiebre. Si el animal es cuidado a la inglesa, esto es, bebiendo solamente después de cada pienso, el sistema español le perjudicaría en extremo, pues podría hacerle romper en sudores que le debilitarían mucho. Si llega muy cansado, le sentará muy bien unas gachas templadas hechas con harina de avena, y si no la hubiere, de harina cocida. Por la noche es conveniente que esté sobre estopa húmeda o estiércol de caballo, pues el de vaca es muy difícil de encontrar en España, donde las cabras producen la leche, y los holandeses, manteca.
Los remos deben estar siempre muy cuidados, pues como un caballo tiene doble que una persona, necesita también doble atención; y ¿de qué sirve un cuadrúpedo que no puede sostenerse sobre una pata? Esto es una cosa muy sabida y tenida en cuenta por los comerciantes, que son los únicos que hoy viajan a caballo en Inglaterra. Las herraduras hacen o estropean a los caballos, y ninguna persona sensata en España o fuera de España, que tenga un cuadrúpedo o siete pesetas, dejará de poseer la admirable obra Miles on the Horse’s Foot. «Todo caballero andante—dice don Quijote—debe saber herrar a su Rocinante». (Rocín es la palabra árabe para caballejo). Por lo menos debe saber cómo se hace este calzamiento. Como norma general debe seguirse la costumbre de llevar el caballo al herrador, el cual hará las herraduras para sus cascos, pues de ningún modo se le deben poner herraduras hechas de antemano. Si se tiene en algo la comodidad y el bienestar del animal, se le sujetarán las herraduras delanteras con cinco clavos, a lo sumo, en la parte de afuera, y con dos sólo en la interior, y éstos, cerca de la pezuña. De ninguna manera se le pondrán clavos a todo alrededor que formen un inflexible cerco de hierro muerto a un casco vivo que tiende a desarrollarse; convendrá acordarse siempre de llevar a prevención alguna herradura con clavos y un martillo, porque por falta de un clavo puede perderse una herradura, y la falta de una herradura puede producir al jinete una descalabradura. En algunas partes de España donde no existen caminos modernos, se puede ir con la cabalgadura casi desherrada, como lo hacían los antiguos y se hace en algunas partes de Méjico; pero un casco no protegido no puede soportar el continuo desgaste y la limadura de una carretera moderna.
El caballo estará probablemente en tales condiciones al poco tiempo del viaje que no necesitará más medicinas que su propio amo; sin embargo, un terrón de sal gema y un trozo de cal puesto por la noche en el pesebre, le harán un efecto tan beneficioso como al jinete un vaso de agua de Epsoms y soda. Se debe lavar muy bien la larga cola y las crines, que son el orgullo de los caballos españoles, tanto casi como un hermoso pelo en una mujer, con agua y soda, pues el álcali, combinado con la grasa del animal, forma un astringente muy beneficioso. Un gran remedio para los accidentes a que un caballo está expuesto durante el viaje, tales como coces, cortaduras, distensiones, etc., son los fomentos de agua caliente, que se deben aplicar bajo la vigilancia del jinete mismo, para que no lo hagan mal o dejen de hacerlo, pues el agua caliente, según la familia lacayuna, se ha hecho para recibir algo más fuerte. La baticola y el pretal son indispensables cuando se ha de andar subiendo y bajando por montañas. El mosquero da mucha comodidad al caballo, pues como está en constante movimiento y lo lleva colgado delante de los ojos, le espanta las moscas; el cabezal de cuadra no debe quitársele nunca, sino que se arrollará durante el día sujetándole a un lado de la cara. La cola también se les suele atar cuando los caminos están llenos de lodo, y se les ata en la forma en que nuestros marineros y guardas montados usaban llevarla.