PRÓLOGO

EL ciudadano inglés Ricardo Ford (1796-1858), en su libro Gatherings from Spain—que hoy, vestido a lo castellano, se da a la estampa con el título de Cosas de España (El país de lo imprevisto)—, ha mirado con limpios ojos y ha observado, perspicua y sagazmente, los paisajes, tipos, caracteres, usos y costumbres españoles.

No es nuestro propósito—clásico en los prologuistas—discernir al autor prologado el galardón único y la palma y láurea supremas entre cuantos escritores nativos y extranjeros han trasladado a las cuartillas sus impresiones de la Península. Para ello necesitaríamos haber hojeado, cuando menos, los ochocientos cincuenta y ocho relatos que el benemérito hispanista Foulché-Delbosc registra en su nutrida y bien documentada Bibliografía de viajes por España y Portugal (Revue Hispanique, tomos III y IV-1-349 y 108-9)[1].

Pero sí queremos notar, sin que el elogio degenere en trasloa, su formidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de sus descripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de su juicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece las virtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos.

Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada la diversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente, aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir a errores fundamentales.

En este punto es discreto el razonamiento del alemán Víctor Aimé Huber, en sus Skizzen aus Spanien (Gotinga, 1828-30), donde, sin el artificio de una fábula mentirosa, dramatiza por manera originalísima sus recuerdos de la Península. «Según la opinión más generalizada—dice Huber—, los españoles son gente morena, de rostro sombrío, de ojos y cabellos negros; se tocan con sombreros de alas anchas; llevan redecillas y se envuelven con amplias capas pardas; son perezosos, sucios, desharrapados. Este retrato puede, en efecto, convenir a ciertas provincias; pero en otras, por ejemplo, en las provincias vascas, se buscaría inútilmente este tipo. Los vascos españoles son más bien rubios que morenos; no llevan ni sombreros de alas anchas, ni capas, ni redecillas; son, en su mayoría, activos y alegres, y, sin duda alguna, uno de los pueblos más industriosos del mundo».

En justicia, no puede achacarse este vicio a Ford, tan escrupuloso, veraz y concreto en sus aseveraciones. El escritor inglés ni emplea eufemismos hipócritas, ni adulzora con expresiones molitivas la dura acerbidad del juicio. Señala con índice seguro las más enconadas llagas de la entraña española. ¿Y cómo evitar el dolor y la sangre? La sola enumeración de las materias que tratan los capítulos de este libro, basta para percatarse del interés de su relato, donde armónicamente se coordinan y sintetizan detalles y pormenores de la más varia y curiosa erudición sobre costumbres españolas.

No es Ford un viajero poltrón, ni un espíritu vulgar, siervo del prejuicio. Sabe ver, en la más desolada sequedad espiritual española, los verdinales de la poesía soterraña. A lomos de su jaca cordobesa, recorre toda España por los más ásperos y huraños caminos de herradura. Lleva colgada del arzón de la silla la bota de vino, la que luego, en el cuarto de estudio de su patria, le recuerda, con un dejo de su aroma, el rubí de fuego de Toro, el jugo áspero y peceño de la Mancha. ¡Y con qué delicioso humorismo—ironía y añoranza—la coge entre sus manos, y la acaricia, y acerca hasta sus bordes rojos los labios que aun saben de la sed española!

Al cruzar la llana manchega evoca la escuálida figura de nuestro gran loco, neta y sobria, sin paracrónicos arambeles de ópera moderna, y junto al fuego de las ventas, en el corro de arrieros y trajinantes, va atesorando, para sazonar su prosa, los proloquios, adagios y sentencias de cualquier Sancho refranero y malicioso. Digamos de pasada que el paladar británico de Ford no se aviene a los quesos españoles. En este punto, nosotros, conformes en cuanto el viajero dice respecto al clero, la milicia, la política y la realeza, no podemos suscribir sus juicios, pues el sustancioso queso que encellan los pastores de la Mancha, demás de sernos gratos al gusto, evoca en nuestro espíritu aquellos sabrosos companages de nuestra novela inmortal, sin más sazón ni salsa que el hambre castellana de amo y mozo.