Uno de los comentadores ingleses de Ford, Tomás Okey, nos suministra datos muy interesantes respecto a su nacimiento, educación, cultura, y nos relata la laboriosa gestación de su obra literaria.
«Ricardo Ford—dice Okey—, que con el prosaico título de Guía del viajero en España, compuso uno de los mejores itinerarios publicados en lengua inglesa, nació en Chelsea el año 1796. Era el hijo mayor de un hombre conspicuo, sir Ricardo Ford, el amigo de Pitt, y durante algún tiempo subsecretario de Estado del Home Department, pero más conocido aún como el juez de Bow Street, que creó la policía montada de Londres. Ford pasó por todos los grados de instrucción de un inglés distinguido en una de las tradicionales «escuelas públicas» y en la Universidad; hizo en Oxford la licenciatura de Leyes, y en 1824 casó con la bella Harriet Capel, hija del conde de Essex. Seis años más tarde, el estado de salud de su mujer les obligó a trasladarse a un clima templado, y en el otoño de 1830 se embarcó para Gibraltar, acompañado de «tres niños y cuatro mujeres». A los veinte días de viaje desembarcaron felizmente, y poco después se instalaba la familia en Sevilla, con intención de pasar allí el invierno. Desde esta población y desde Granada (donde se alojó entre los ruinosos esplendores de la Alhambra) hizo esos viajes a todo lo largo y lo ancho de la Península, que le dieron asunto para las páginas de su Guía y para las Notas sobre España.
«Ford era un viajero ideal. En su casa vivió siempre en una atmósfera de arte y literatura, pues su madre, Lady Ford, era una mujer de educación muy amplia y refinada; pintaba muy bien y tenía gran afición a los cuadros de todos gustos y escuelas. La colección de la familia contenía magníficos ejemplares de los maestros italianos, ingleses y holandeses, y era el encanto del joven Ricardo, que llegó a dominar el arte pictórico de manera que, de dedicar a él más atención, hubiese seguramente conseguido muchos triunfos. Algunos de los mejores dibujos de los Picturesque Sketches in Spain, de David Robert, fueron tomados del cuaderno de apuntes de Ford; cuatro de los cuadros de Telbin, en el popular «Diorama de las campañas del duque de Wellington», están inspirados en originales de Ford, y en muchos otros, repartidos en los Anales del paisaje, de aquel período, y en ediciones del Childe Harold y de las Baladas Españolas, de Lockhart, pueden encontrarse admirables dibujos suyos. Pero, aparte de estos accidentes de su educación, Ford tenía condiciones naturales que le preparaban para ser un modelo de viajeros; poseía un oído maravilloso y gran facilidad para estudiar idiomas y dialectos; un espíritu firme y resuelto, al mismo tiempo que bondadoso y amable; una resistencia física extraordinaria y un temperamento ecuánime. Si bien es cierto que tenía todos los prejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nunca los dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que, siendo especialmente sensibles al orgullo de raza, quedaban encantados con sus amables y elegantes modales y su constante cortesía, que le hacía ser igualmente bien recibido por aldeanos, nobles u oficiales rebeldes.
«La mejor prueba del notable poder de observación y asimilación que poseía Ford está en el hecho de que sólo pasó tres años en España. En diciembre de 1833 estaba de regreso en Inglaterra, y, después de una corta estancia en Exeter, donde empezó a escribir sus observaciones sobre España, se instaló con su familia en el verano de 1834 en Heavitree, una encantadora casa isabelina cerca de la ciudad, donde se dedicó a la jardinería, «entre libros y flores», dando de mano a sus trabajos literarios. La obra comenzada en Exeter no llegó a ver la luz. Hizo leer algunos capítulos a Addington, y la crítica severa de éste le desanimó por completo. «Su carta—le escribía—ha dejado mi pecho sin aliento y sin tinta mi pluma». Y con renovado celo volvió a dedicarse a la jardinería.
«En 1838, un artículo publicado en Quarterly Review sobre las corridas de toros en España llamó la atención del mundo literario, y al año siguiente fué invitado a comer por John Murray, el cual le rogó que le indicara quién podría hacer una Guía de España. Ford se ofreció, por broma, a hacerlo, pero luego desistió. En 1840 volvió a relacionarse con Murray, y en septiembre de este mismo año escribía a Addington: «Voy a hacer una Guía de España para Murray». El libro debía terminarse a los seis meses, pero durante cerca de cinco años fué el goce y la pesadilla de su vida. Mr. Prothero hace un retrato maravilloso del famoso viajero, escribiendo sobre unos manchados tablones de pino, en el invernadero, cubierto de hiedra y de mirto, de la casa de Heavitree, vestido con una negra zamarra de pastor, rodeado de estantes llenos de infolios y libros en 4.^o, de pergamino, y de casilleros abarrotados de notas, que poco a poco se esparcían por encima de las sillas y por el suelo. En noviembre escribe a Addington: «La Guía va despacio; no adelanto nada, y a veces estoy tentado de dejarla». En febrero de 1841 dice: «Estoy decidido a dar un avance a la Guía, y ya tengo en prensa cuarenta páginas». En abril se lamenta de la «mala impresión y del mucho original que lleva cada página». En noviembre aparece más animoso y cree que en mayo o junio siguientes estará terminada. Una quincena después está «hastiado» de la Guía, y para refrescar la imaginación vuelve a repasar la obra de Borrow Los gitanos en España[2], y da algunos consejos a su autor sobre su nuevo libro La Biblia en España. Ford era entusiasta admirador de su compatriota, y advirtió a Murray que Borrow era una mina, y que si quería coger huevos de oro, no tenía mas que poner un poco de sal en la cola de Borrow. Luego volvió nuevamente a su trabajo, y en julio de 1843 pudo escribir a Addington: «La Guía está escrita», y en enero de 1844: «La Guía está en prensa». Pasaron cuatro meses y los trabajos y molestias del autor no se vieron compensados; se queja de que «el mañana español había infectado hasta Albemarle Street». Sin embargo, el retraso no se debía a abandono. El libro pareció demasiado digresivo, y por consejo de Addington hubo que variar todo, y el pobre Ford sufrió una pérdida de quinientas libras esterlinas. En diciembre de 1844 tenía corregidas 64 páginas, y en febrero de 1845 escribe a su amigo y confidente: «Estoy decidido a rehacer por completo la Guía, omitiendo todo lo relativo a discusiones políticas, militares y religiosas y sin hacer mención de nada desagradable, y hacerlo sólo suave y atractivo». Finalmente, en el verano de 1845 apareció una obra en dos volúmenes, 1.064 páginas en total, titulada Guía para los viajeros en España y los lectores de nuestra patria. A pesar de su extensión y de su alto precio, se vendieron 1.389 ejemplares en tres meses, y Borrow, Prescott, Lockhart, y otras eminencias literarias, alabaron la obra con gran entusiasmo. Parte de las cuartillas suprimidas en la Guía, convenientemente aderezadas y unidas a algunos pasajes de ésta, se publicó en 1846, con el título de Notas sobre España, por el autor de la Guía de España, entresacadas en especial de esta obra y aumentadas notablemente. Este libro tuvo también un gran éxito, y Ford pudo escribir a Addington: «He ganado doscientas diez libras con un trabajo hecho en dos meses». Entonces se rehizo por completo la Guía, y en 1847 se publicó nuevamente, reducido a un solo volumen de 645 páginas. Aun se hizo otra tercera edición más compendiada en 1855, tres años antes de la muerte de su autor. En el British Museum existe una copia de la primitiva Guía, con una nota de puño y letra de Ford, que dice: «De esta edición sólo existen veinte ejemplares, y yo sólo he dado cinco, uno de ellos éste. Octubre de 1846».
A los jaleadores de un falaz casticismo que se basa en la perduración de la rutina, la pobreza y la cerrilidad nacionales, les escocerán algunos de los latigazos del viajero inglés, cuya visión, menos alborotada y colorida que la de los franceses, pero, sin duda, más sagaz y verídica, no se detiene en la haz de las cosas, sino que penetra hasta los entresijos de la psicología hispana.
¡Triste sino el de España, esclava acariciadora de su propia laceria por miedo al lancetazo! ¡Aciaga suerte la suya, condenada a sufrir a sus explotadores, que se abroquelan en las palabras representativas de las ideas y sentimientos más caros a sus nativos! La patriotería empercalinada y de bullanga, la contumacia lugareña, prorrumpen en un «¡viva España!» sin sentido, siempre que un bien intencionado observador o pensador, propio o extraño, luego de estudiar nuestras costumbres, nota los errores y lacras.
Con el cegador señuelo del patriotismo, la turba parasitaria y cínica, que realiza sus logros a favor del desbarajuste político y del caos administrativo, deslumbra a la muchedumbre de papanatas, esclavos de su propia ignorancia.
Cuando los españoles de esta laya flamean el punto de la honra, a buen seguro que tratan de celar, encubrir o cohonestar una acción deshonrosa; cuando las Cortes celebran alguna de las mal llamadas sesiones patrióticas, en que conviven y se aúnan los que desgobiernan o aspiran a desgobernar el país, sin duda lo que allí se acuerda contribuye a la ruina material o moral de la patria...
Quien esto escribe, español del siglo XX, ha recorrido, lleno de amor a España, llanos y sierras de su tierra vernácula por polvorientos caminos reales y angostas veredas de cabreros; ha padecido sed, frío y hambre en las ventas de los páramos y en los míseros e inhóspites burgos y aldeorrios de Castilla; ha admirado, como Ford admiraba, la honrada condición, la cortesía hidalga, la caballerosidad de los terrazgueros españoles; ha llorado calladamente ante las piedras rotas y las almas muertas...