PREFACIO

Muchas señoras, algunas de las cuales incluso proyectan un viaje por España, se han dignado significar al editor su sentimiento porque la Guía estuviese impresa en una forma que hacía molesta y difícil su lectura. El autor, al tener noticia de esta señalada fineza, se ha apresurado a someter a la indulgencia de sus lectoras algunos extractos y trozos escogidos que puedan poner de manifiesto el carácter y las costumbres de un pueblo por todo extremo interesante, y más en estos momentos, en que de nuevo ve amenazada su existencia por un vecino astuto y agresivo.

Al arreglar estos trozos para enviarlos a la imprenta, ha habido necesidad de añadir algo que supliese lo que se omitía; pero con objeto de no hacer demasiado pesada la narración, el autor ha aligerado el libro de mucho aparato científico, y no ha vacilado en echar por la borda a Estrabón y aun al mismo San Isidoro. El progreso está a la orden del día en España, y su marcha es tanto más rápida cuanto mayor era su atraso con relación a otras naciones. Puede decirse que el país se halla en un período de transición y que el ayer deja su sitio al mañana. La inexorable marcha de la inteligencia europea aplasta muchas flores naturales que, sin otro mérito que su color y su aroma, han de verse arrancadas de raíz antes de que se construyan las fábricas de hilados y se cambien los cultivos. Muchos rasgos típicos de trajes y de costumbres van ya desapareciendo: ¡ya se han ido los frailes y, ¡ay!, las mantillas también se están yendo!

Con los cambios ocurridos últimamente, muchas cosas y muchos sitios que aquí se presentan al público serán pronto objeto de curiosidad histórica y arqueológica. Los trozos reunidos en este libro no se incluirán en la próxima edición de la Guía, a la que estas páginas pueden servir de complemento; su principal objeto ha sido proporcionar un rato de entretenimiento y de instrucción a los que permanecen en su hogar, y si el intento es acogido favorablemente por las bellas lectoras, el autor soportará con resignación verdaderamente española cualquier género de censuras que tengan a bien descargar sobre él los barbudos críticos de aquende o allende el mar.

Capítulo primero.

El reino de España, que aparece tan compacto en el mapa, se compone de varias regiones distintas, cada una de las cuales formó un reino independiente en tiempos pasados; y a pesar de que ahora están unidas por matrimonios, herencias, conquistas y otras circunstancias, las diferencias originales, tanto geográficas como sociales, continúan sin alteración. La lengua, trajes, costumbres y carácter local de los habitantes son tan varios como el clima y las producciones del suelo. Las cadenas de montañas que atraviesan toda la Península y los profundos ríos que separan algunas partes de ella han contribuído durante muchos años, como si fuesen murallas y fosos, a cortar la comunicación y a fomentar la tendencia al aislamiento, tan común en los países montañosos, donde no abundan los buenos caminos y los puentes. Una circunstancia semejante hizo que el pueblo de la antigua Grecia se dividiese en pequeños principados, tribus y familias. Asimismo, en España, el hombre de una comarca, siguiendo el ejemplo de la Naturaleza de que está rodeado, tiene poco de común con el de la comarca vecina; y estas diferencias se han aumentado y perpetuado por los antiguos celos y las inveteradas malquerencias que han persistido tenazmente en regiones pequeñas y contiguas.

El término general «España», conveniente para geógrafos y políticos, parece hecho para despistar al viajero, pues sería muy difícil afirmar una cosa por sencilla que fuese de España o los españoles que pudiera ser aplicable a todas sus heterogéneas partes. Las provincias del noroeste son más lluviosas que Devonshire, mientras que las llanuras del Centro son más secas que los desiertos de Arabia, y los litorales del Sur y Levante semejan totalmente a Argelia. El rudo agricultor gallego, el industrioso artista catalán, el alegre y voluptuoso andaluz, el taimado y vengativo valenciano, son tan esencialmente distintos entre sí como otros tantos personajes de una mascarada. Será más conveniente en todo caso al turista estudiar cada provincia aislada y analizarla en detalle, prosiguiendo las observaciones de sus particularidades, sus características sociales y naturales o la idiosincrasia de cada región, en particular, que la distingue de sus vecinas. Los españoles que han escrito su geografía y estadísticas, los cuales, lógicamente pensando, habrán de conocer perfectamente su país y sus instituciones, han encontrado prudente admitir este sistema, teniendo en cuenta la imposibilidad de tratar a España (donde la unidad no es unión) como un conjunto.

No hay rey de España: entre la infinidad de reinos que aparecen en las listas, el de «España» no figura: consta Rey de las Españas, Rex Hispaniarum, no Rey de España. Felipe II, llamado por sus conterráneos el Prudente, deseando unir a sus heterogéneos súbditos, después de consolidar su dominio con la conquista de Portugal, trató de llamarse rey de España, como en realidad era; pero esta alteración no estuvo al alcance de su despotismo, por oponerse a ella resueltamente Aragón y Navarra, que nunca perdieron la esperanza de sacudir el yugo de Castilla y recobrar su antigua independencia, mientras que las provincias de la vieja y la nueva Castilla rehusaban comprometer en modo alguno su derecho de preeminencia. Estas provincias, antiguamente como ahora, tomaron la primacía en la nomenclatura: castellano es sinónimo de español y de la cepa más genuina. Castellano a las derechas significa ser español hasta la médula; hablar castellano es la expresión más correcta para decir que se habla español. España estuvo mucho tiempo sin la ventaja de una metrópoli fija como Roma, París o Londres, que han sido capitales desde su fundación, y reconocidas y consideradas como tales. En España han sido capital León, Burgos, Toledo, Sevilla, Valladolid y otras. Este cambio constante y la preeminencia poco duradera ha contribuído a hacer insignificante la superioridad de una provincia sobre otra, y ha sido causa de una debilidad nacional que ha originado rivalidades y disputas por el derecho de prioridad, fuente la más copiosa de discusiones en un pueblo de reconocida suspicacia. De hecho, el Rey es el Estado, y dondequiera que se instale allí está la Corte, palabra sinónimo de Madrid, que pretende ser la única residencia del soberano—Die Residenz, como dirían los alemanes—. Comparada con las ciudades mencionadas anteriormente, es una población moderna que, no teniendo obispo[3] o catedral, como algunas provincias antiguas, que tienen incluso dos, no ha alcanzado el título de ciudad, sino el de villa. En momentos de peligro nacional ejerce poca influencia sobre la Península; al mismo tiempo, por ser la residencia de la Corte y del Gobierno, y por lo tanto el centro del favoritismo y de la moda, atrae a todos aquellos individuos que aspiran a hacer fortuna; pero la capital es presa de las ambiciones más bien que de los afectos de la nación. Los habitantes de las provincias creen de buena fe que Madrid es la Corte mayor y más rica del mundo, pero su corazón permanece fiel a sus respectivas regiones. Mi paisano no quiere decir español, sino andaluz, catalán, etc. Cuando se pregunta a un español: ¿de dónde es usted?, suele contestar: Soy hijo de Murcia, de Granada, etcétera. Algo semejante a los «hijos de Israel» y al «Beni» de los moros españoles. Hoy también los árabes de El Cairo se llaman hijos de tal ciudad: Ibn el Musr, etc.; asimismo los irlandeses se titulan «hijos de Tipperary», etc., y están dispuestos a pelearse con todos los que no son del mismo origen; y cosa parecida es la unión de los escoceses, que en realidad existe en todas partes, pero no tan extendida como en España, donde el ser de la misma provincia o ciudad crea una especie de masonería que une a sus individuos como compañeros de escuela. En realidad es un hogar (home) movido por las mismas pasiones. Todos sus recuerdos, sus comparaciones, sus elogios se refieren siempre al lugar de su nacimiento; nada para ellos puede rivalizar con su provincia: ésta es su única patria. La Patria, que significa España entera, es un motivo de declamación, de hermosas frases, palabras, a las que, como los orientales, todos gustan de entregarse, y para las que su idioma grandilocuente les presta facilidad; pero su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es el centro de gravedad de todo español. Como los alemanes, gustan de cantar y declamar en honor de la Patria. En ambos casos la teoría es espléndida; pero en la práctica, cada español piensa que su provincia o su pueblo es lo mejor de España y él el ciudadano más digno de atención. Desde tiempos muy remotos hasta el presente a todos los observadores les ha sorprendido este localismo, considerándolo como uno de los rasgos característicos de la raza ibera, que nunca quiso uniones, que jamás, como dice Estrabón, puso juntas sus escuelas, ni consintió en sacrificar su interés particular en aras del bien general; por el contrario, en momentos de necesidad siempre ha propendido a separarse en juntas diversas, cada una de las cuales sólo piensa en sus propias miras, totalmente indiferente al daño ocasionado, que debería ser la causa de todos. El peligro y el interés general apenas logran reunirlos, pues la tendencia de todos es más bien huírse que atraerse unos a otros. Alejado el enemigo común, inmediatamente vienen a las manos, sobre todo si hay botín que repartir; apenas alguna vez, como sucede en Oriente, la energía de un hombre puede unir las voluntades sueltas con la fuerza de hierro de una inteligencia privilegiada, como el aro sujeta las duelas de un tonel; pero apenas el aro se afloja, se desunen aquéllas. De este modo se ha neutralizado la virilidad y vitalidad del noble pueblo, que tiene un corazón honrado y miembros fuertes, pero, como en la parábola oriental, necesita «una cabeza» que dirija y gobierne. España es hoy, como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda de arena, y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido vencida en grupos sueltos. La frase tan traída y llevada de Españolismo expresa más bien la «antipatía a un dominio extranjero» y el «orgullo» de los españoles—españoles sobre todos—, que un patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus excelencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera. Esta opinión está expresada muy gráficamente por uno de esos expresivos proverbios que, en España más que en parte alguna, son el reflejo del sentir popular: Quien dice España dice todo. Un extranjero encontrará esto, quizá, demasiado exclusivo y general, pero hará bien en no expresar dudas sobre este asunto, si no quiere ser considerado por todos los indígenas como una persona envidiosa, desconfiada o ignorante o, probablemente, las tres cosas juntas.

La debilidad nacional en España, decía el duque de Wéllington, es alardear de su fuerza. Cada partícula infinitesimal de lo que constituye nosotros, como dicen los españoles, hablará de su país como si aún sus ejércitos fuesen conducidos a la victoria por el poderoso Carlos V o los Consejos estuviesen gobernados por Felipe II en lugar de Luis-Felipe. Ventura grande fué, ciertamente, según un predicador español, que los Pirineos ocultasen a España cuando el Malo tentó al Hijo del Hombre con la oferta de todos los reinos del mundo y su gloria. Bien es cierto que esto se practicaba en la ignorante época medieval, pero pocos peninsulares, aun en estos tiempos, dejarían de estar conformes con la consecuencia. No hace muchos días que un extranjero contaba en una tertulia la muy conocida anécdota de la nueva visita de Adán a la tierra. El narrador explicaba cómo nuestro primer padre al aparecer en Italia quedó perplejo y sorprendido; cómo al cruzar los Alpes para ir a Alemania no encontró nada que pudiese comprender; cómo las cosas se le presentaron más obscuras y extrañas en París, hasta que al llegar a Inglaterra se halló completamente perdido, confuso y sin brújula, incapaz de hacer ni comprender nada. España era el sitio que le faltaba: allá se fué, y con gran satisfacción suya se encontró como en su propia casa; tan poco habían cambiado las cosas desde que se ausentó del mundo, mejor dicho, desde que el sol de la creación alumbrara a Toledo. Terminado el cuento, un distinguido español que estaba presente, un poco picado por el tono de guasa del narrador, contestó con anuencia de todos los contertulios: Sí, señor, Adán tenía razón; España es el Paraíso. Y, en realidad, este caballero, digno y entusiasta, no estaba equivocado, a pesar de que, según la afirmación de no pocos compatriotas suyos, hay algunas comarcas cuyos habitantes no están limpios, ni mucho menos, del pecado original; así, por ejemplo, los valencianos suelen decir de su deliciosa huerta: Es un paraíso habitado por demonios. Asimismo, Murcia, país rebosante de leche y miel, donde Flora y Pomona disputan el premio a Ceres y Baco, tiene, según los naturales, el cielo y el suelo buenos; el entresuelo, malo.

Otra anécdota podrá determinar el sentir del país del mismo modo que una paja arrojada al aire señala la dirección del viento. Thiers, el gran historiador, en su reciente viaje por la Península pasó unos días en Madrid. Siendo su inteligencia, como diría un lógico, de forma más subjetiva que objetiva, esto es, más sencilla a la consideración del ego y todo lo relacionado con él que a lo ajeno a su persona, durante su estancia en Madrid no se ocupó nada de la capital, lo mismo que hiciera en Londres en una excursión semejante. «Mirad, dijeron los españoles, a ese gabacho; no se atreve a quedarse ni a levantar los ojos del suelo, en este país cuya gran superioridad hiere su vanidad nacional y personal». La cosa no tiene nada de extraño. Hay en Castilla la Vieja un dicho antiguo que reza: Si Dios no fuese Dios, sería rey de las Españas, y el de Francia, su cocinero. Lope de Vega, sin renegar de estas pretensiones paradisíacas, tiene más consideración para Inglaterra. Su soneto en la romántica excursión a Madrid dice: