Como de sobra saben nuestros cultos lectores, la práctica de la medicina en la antigüedad, como ocurre hoy entre los orientales, tenía más de exótica que de científica. Cuando en las enfermedades se veía un castigo divino por los pecados, era tenido por un malvado el que solicitaba el auxilio humano; por esto se vituperó a Asa, y, por la misma razón, los musulmanes y los españoles se resignan con su suerte, desconfiando, y con razón, de sus médicos: «¿Soy yo un dios para matar o para dar la vida?» En las ciudades grandes hay ya gentes que en estos días de progreso se someten a la curación según el sistema europeo; pero en los pueblos pequeños y escondidos—y hablamos por repetidas experiencias personales—no ha desaparecido ni con mucho la antigua y buena confianza en las reliquias y en los conjuros, y aun cuando el doctor Sangrado y Felipe III, cuyos decretos sobre materia médica adornan aún las ordenanzas españolas, deploren la introducción de la perturbadora química, la terapéutica mineral es aún letra muerta en muchos sitios, pues la Iglesia ha trasladado la eficacia de la fe de los asuntos espirituales a los temporales y a las heridas de fusil. Aun Ponz, el Lysons de España, se aventura a asombrarse (y aun no estaba la Inquisición abolida) del número de imágenes de San Lucas, que, según él, no fué un escultor, sino un médico, de donde probablemente provenía su eficacia curativa. Los antiguos iberos eran grandes herbolarios y consideraban que todo el que tenía en su casa una planta determinada estaba a salvo de ciertas enfermedades, como el que tiene hoy una palma bendita está libre del rayo. También empleaban una bebida compuesta de cien hierbas, que llamaban centum herbæ o bebida de cien hierbas, con la cual, lo mismo que con las píldoras vegetales de Morison, se curaban todas las enfermedades, y era tan agradable al paladar, que se bebía en los banquetes, cosa que no ocurre ciertamente con las medicinas de hoy; además, según Plinio, curaban la gota con harina y las inflamaciones de la garganta colgando al cuello verdolagas. Hoy en España los curas y curanderos hacen conjuros y maleficios, del mismo modo que Ulises detenía cantando la salida de sangre; una medalla de Santiago cura la fiebre; un pañuelo de la Virgen, la oftalmía; un hueso de San Magín sirve para todos los casos en que está indicado el mercurio; un huesecillo de San Justo suple en Segovia la pérdida del sentido común; la Virgen de Oña acabó con las lombrices de los Reales Infantes, y la faja de la de Tortosa ayudó al parto a las Reales Infantas. Todo aldeano murciano cree que no le alcanzará ninguna enfermedad a él, ni a su ganado, si lo toca con la cruz de Caravaca, que los ángeles bajaron del cielo y la pusieron sobre una vaca colorada. Cuando visitamos Manresa la última vez, el digno individuo que enseñaba la cueva en que Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, hizo penitencia durante un año, se procuraba una rentita vendiendo piedras pulverizadas de la cueva, que los fanáticos tomaban en los casos en que un médico inglés recetaría polvos de Dover[15]. Cada provincia, por no decir cada pueblo, tiene su santo y su reliquia particular, altamente venerados en la jurisdicción y muy poco fuera de ella, pues, al parecer, su eficacia le ha sido concedida por Santiago, como la Reina Victoria concede autoridad a sus magistrados, para ejercerla solamente dentro de los límites de la provincia. Zaragoza está muy bien dotada de favorecedores: a un pedazo del hígado de Santa Engracia acuden los pacientes necesitados de píldoras mercuriales; el aceite de sus lámparas, que no ennegrece los techos, cura los lamparones, o sea los tumores en el cuello, mientras que el que arde ante la Virgen del Pilar, o imagen de la Virgen que bajó del cielo sobre un pilar, restituía las piernas perdidas. El cardenal de Retz cita en sus Memorias el caso de un hombre con piernas de palo que las tiró porque le crecieron las suyas cuando se frotó con el aceite de la lámpara; y este portentoso milagro fué durante largo tiempo celebrado por el deán y el capítulo, tal como se merecía, con un día especial de fiesta, pues el aceite de Macasar no puede hacer mucho más. Esta imagen esculpida es en este momento un objeto de adoración popular, y la veneración que despierta puede aun disputársela con la que experimentan por el tabaco y el dinero: son innumerables los mendigos cojos, ciegos, lisiados de toda especie que se apiñan alrededor de su altar, como la triste humanidad antigua, para la que los médicos no encontraban remedio, se apretaba alrededor del de Minerva; y hay que confesar que se ven curas verdaderamente maravillosas.
Naturalmente que todo lo dicho es un resto de la superstición y el obscurantismo medievales, y es muy probable que la clase médica de Madrid y otras grandes ciudades, y sobre todo los que han hecho sus estudios en París, no tengan una gran fe en estos remedios espirituales, ni probablemente en ningunos otros puramente españoles; pero su eficacia médica está probada en docenas de historias de provincias españolas que felizmente poseemos, todas las cuales han pasado por la prueba escrutiñadora de la censura eclesiástica, y han sido aprobadas como no conteniendo nada contrario al Credo de la Iglesia de Roma, ni a las buenas costumbres; ni puede permitirse que una Iglesia que declara ser siempre una la misma, y la única verdadera, pueda, cuando le convenga, volverse la espalda a sí misma y negar sus propias drogas y doctrinas. Todo lo que se cuenta aquí era perfectamente evidente bajo el reinado de Fernando VII, y cualquiera que sea la idea que los doctores en Medicina o Filosofía puedan tener acerca de España, lo cierto es que, sobre todo en los distritos rurales a los que no ha llegado aún la civilización extranjera, se tiene mucha más fe en los milagros que en las medicinas.
Nosotros hemos visto muchas veces en las calles a niños pequeños vestidos de frailes franciscanos—Cupidos con cogulla—, cuyos piadosos padres habían hecho la promesa de llevarlos vestidos con el hábito de la Orden, con tal de que su santo fundador protegiese a los angelitos contra el sarampión o los trastornos de la dentición. Es corriente ver a mujeres y aun señoras de la mejor sociedad que hacen promesa de llevar, durante un año, un traje religioso, que se llama el hábito, o con una insignia en las mangas en señal de idéntica protección. En nuestra época ocurrió un caso que divirtió a todas las tertulias de Sevilla, que maliciosamente atribuían la rápida mejoría que una paciente, soltera y muy bella, de la alta sociedad, experimentó de una aparente hidropesía, a causas no por entero sobrenaturales. Don Ricardo, decían a menudo sus amigos de igual edad y rango, «usted que es extranjero, vaya y pregúntele a la querida Esperanza por qué lleva el hábito de la Virgen del Carmen; y luego vuelva a contarnos lo que le dice, y sabrá por nosotros la verdad». ¡Vaya, vaya, don Ricardo, usted es muy majadero!, contestaba la penitente si sospechaba quiénes eran los autores y cuál el motivo de la embajada.
Entre los antiguos, la gente piadosa erigía templos a Minerva médica o a Esculapio, del mismo modo que los españoles levantan altares a Nuestra Señora de los Remedios, o a San Roque, cuya intervención pone «más fuerte que una roca», proverbio inventado en su honor por nuestros antepasados, quienes, antes de la Reforma, confiaban igualmente en él; y ambos pensaban, si hay que dar crédito a Cicerón, que estos patronos hacían tanto, por lo menos, como el médico. ¡Pobre humanidad, tan paciente y crédula que aun se traga charlatanerías médicas como éstas, y que continuará haciendo lo mismo, aunque uno de los difuntos se levantase de su tumba para condenar el absurdo tratamiento que le costara la vida a él y a otros muchos!
Sin embargo, a manera de compensación, la salvación del alma ha sido considerada en España tan importante como en Inglaterra la salud del cuerpo. Estas reliquias, conjuros y amuletos, equivalen a nuestras medicinas, y es maravilloso que nadie en la Gran Bretaña sea condenado a muerte en este mundo, o que en la Península se condene nadie a perder el otro: probablemente las penitencias no han sido en ninguno de los casos completamente específicas. Sea como quiera, es lo cierto que en España los conventos e iglesias son mucho más numerosos y mejor acondicionados que los hospitales; los almacenes de reliquias están mucho más provistos de huesos y ensalmos que los museos anatómicos y las boticas; y después que un español ha sido herido, matado de hambre o ejecutado, acude a su lado un tropel de santos médicos, que, seguramente, no hubieran dado un paso para salvar todo un ejército de compatriotas cuando están en vida; en cambio, ¡cuántas monedas se recogen ahora para pagar misas que libren su alma del purgatorio!
Procura, sin embargo, amable lector protestante, no morirte en España, como no sea en Cádiz o en Málaga, donde, si quieres ser enterrado cristianamente, hay acomodo para los herejes; y si estimas la vida, evita el estar aun enfermo en Madrid; pero si te echa la mano la Facultad, haz testamento a toda prisa, pues si la opinión que sobre sus propios médicos tienen los españoles es cierta, no te salvará de los cuervos ni el mismo Esculapio; huye, pues, de los médicos españoles como de perros rabiosos, y tira sus medicinas apenas vuelvan la espalda.
En España todos tienen sus patronos y protectores a quienes acudir en momentos de apuro. Los reyes—que Dios guarde—tienen la prerrogativa de una patrona especial: la Virgen de Atocha de Madrid, a la cual visitan, con el resto de la real familia, cada domingo del año, cuando están en buena salud. Apenas caía el soberano gravemente enfermo y los médicos de la Corte no sabían lo qué hacer, como algunas veces ocurre aun en Madrid, se llevaba la imagen a la cámara real; de esto puede dar fe el caso de Felipe III, descrito por Bassampièrre: «Los médicos desesperan desde esta mañana, en que se ha acudido a los auxilios espirituales y se ha trasladado a palacio la imagen de Nuestra Señora de Atocha». El rey murió tres días después de llevar la imagen.
Aun cuando ni el médico ni el cura crean completamente en la eficacia de amuletos y reliquias, acuden gustosamente a ellos, por que si la cosa marcha mal, ¿cómo puede esperarse que un simple mortal triunfe si fallan los remedios sobrenaturales? Todos los cargos que en un caso desgraciado se podrían hacer quedan destruídos, atribuyendo la muerte a la voluntad de Dios. Además, si una reliquia no cura, tampoco puede matar, como se sabe que puede ocurrir con los calomelanos. Este principio interruptivo, distinto de los remedios humanos, está admitido por la Iglesia en las rogativas por los enfermos; y donde la fe es sincera, aun las reliquias deben ofrecer un poderoso cordial médico-moral, obrando sobre la imaginación y prestando confianza al enfermo. Este consuelo le está negado al pobre protestante, ni aun a un recién convertido anglicano, porque, realmente, para creer en la eficacia de un hueso monjil, se necesita haber aprendido la lección en la misma cuna. Su substitutivo en los países luteranos in partibus infidelium se encuentra en el láudano, las novedades y la chismografía, siendo esta última el gran específico, por medio del cual sir Henry mantenía la vida de innumerables señoras, con gran desesperación de los hijos, que pagaban su pensión de viuda, desde marquesas hasta baronesas. ¡Y qué profundo agrado produce el amable cuchicheo! «No tiene idea Su Señoría del interés que Su Alteza Real la... se toma por la salud de Su Señoría». La forma del restaurativo moral puede variar según el clima, las creencias, las costumbres, etc., etc., pero sólo a la substancia es a lo que el médico filosófico debe mirar. Debe tocarse aquella cuerda, sea la que fuere, a la que el pulso del paciente responda; y si se consigue curarle, poco importan los medios que para ello se hayan empleado.
Una palabra sobre la obstetricia española. En este país no hay afición a los médicos para asistencias a partos, y la comadre trae generalmente al mundo a los españoles dejando obrar a la naturaleza, y con la ayuda de manteca de puerco, botadura muy apropiada para un niño, que, si sobrevive hasta la edad de la razón, gustará seguramente del tocino. Se envuelve luego al recién nacido como si fuera una momia egipcia y se tiene un cuidado especial en preservarlo del aire, del jabón y del agua; se le cuelga al cuello un amuleto contra el mal de ojo, o una medalla de la Virgen, para asegurar la buena suerte; y así, desde la cuna, se inculcan ideas en los niños sobre los errores que deben evitar y sobre las defensas en que debe resguardarse, que no olvidarán después en toda su vida. Sin entrar en más detalles acerca de los niños, puede decirse que este sistema de asistencia contribuye mucho a la escasa población de la Península. Los partos son también con frecuencia desgraciados. En casos normales la comadre sirve perfectamente, pero en cuanto surge la menor complicación pierde la cabeza y también a la parturienta; en estos difíciles momentos, como en las operaciones críticas de la cocina, es cuando un artista varón es preferible.
Las Reinas e Infantas de España gozan de especiales ventajas. El Paladio de la ciudad de Tortosa es la cinta que la Virgen, acompañada de San Pedro y San Pablo, trajo ella misma bajando del cielo a un sacerdote de la Catedral en 1178, acontecimiento en honor del cual se dice todavía una misa el segundo domingo de octubre. Este gracioso presente fué declarado auténtico en 1617, por Pablo V, y para justificar su infalibilidad, obra toda clase de milagros, principalmente en casos de obstetricia. También se saca para defender a la ciudad en cualquier momento de calamidad pública; pero no valió de nada cuando el ataque de Suchet. Esta cinta, más famosa que el ceñidor de Venus, fué llevada en 1822, en solemne procesión, a Aranjuez, por orden de Fernando VII, con objeto de facilitar el parto de las dos infantas; y así como Lucina, cuando se la invocaba debidamente, favorecía a las mujeres que estaban con los dolores de parto, Sus Altezas Reales fueron igualmente saliendo felizmente del caso, y uno de los niños que entonces nacieron es el marido de Isabel II. Para las mujeres humildes de Castilla, cuando estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos. La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres, solteras y casadas, lo tomaran muy a mal. Todas estas cosas de España tienen un sabor marcadamente oriental; hoy los moros tienen un cañón en Tánger, con el cual fué hundido un barco cristiano, y las mujeres deben pasar sobre este artefacto guerrero para salir bien del paso. En todas las edades y en todos los países en que la ciencia de la obstetricia no ha hecho mucho progreso, es natural que se recurra a medios espirituales para contrarrestar los peligros inevitables del momento del parto. En Italia la panacea era el cinturón de Santa Margarita, una cosa parecida a la cinta de Tortosa, que sacaban los frailes siempre que se presentaba un caso difícil. Y se suponía que beneficiaba al bello sexo, porque cuando el demonio quiso comerse a Santa Margarita, la Virgen le ató con su faja y se amansó como un cordero. Esta faja dió también a luz otras fajas, y en el siglo XVII se habían multiplicado tan extraordinariamente, que un viajero afirmaba que «si se uniesen todas unas a otras, llegarían hasta Londres»; pero la historia natural de las reliquias es demasiado conocida para que insistamos sobre ella.