Hacer referencia a médicos españoles sin tener que apuntar alguna muerte, sería tan raro como una cacería con buenos sabuesos en la que no se cobrara ninguna pieza, bien que en el momento crítico no gusten los médicos de estar presentes, al contrario de lo que les ocurre a los cazadores. El médico, en el momento en que las terribles Parcas se mezclan en el asunto, escurre el bulto dejando el campo libre al cura; de aquí el dicho español: «cuando empieza el cura, acaba el médico». En el Quijote se dice que tan pronto como el barbero tomó el pulso al pobre caballero, le advirtió que atendiera a su alma y enviara por el confesor; y hoy, cuando un hidalgo castellano se mete en la cama, sus amigos le persiguen con la misma tonada, y a menudo no se hace esperar la catástrofe. Lord Bacon, grande en sabios ejemplos y sentencias, pedía que su muerte le viniese de España, porque así tardaría en el viaje; pero no sabía que el caballero vestido de negro era una excepción en las proverbiales lentitud y tardanza, característica de sus compatriotas. Como los enfermos se mueren pronto, la ley del país[16] condena a la multa de diez mil maravedises al médico que no dispone en su primera visita que el paciente se confiese, pues el principal objeto en la enfermedad es, como dice el preámbulo, curar el alma; y así ocurre en Italia, donde Gregorio XVI publicó en 1845 tres decretos, uno condenando los ferrocarriles, otro prohibiendo las reuniones científicas, y un tercero ordenando a todos los médicos abandonar la asistencia de los enfermos que no hubieran enviado a buscar al cura y comulgado después de su tercera visita. En España, la primera pregunta que en nuestro tiempo se dirigía a un enfermo no era si, realmente, se arrepentía de sus pecados, sino si había adquirido la bula; y si la respuesta era negativa o si su vieja nodriza se había olvidado de comprar una, se le negaban los últimos sacramentos al infeliz moribundo.

Digamos una palabra sobre esta maravillosa bula, que desarma a la muerte de su aguijón, y que, aun cuando la mayoría de nuestros lectores no tengan la menor noticia de ella, juega un papel más importante en la vida española que el toro en la plaza. En ninguna parte se observa el ayuno con más rigor que aquí, donde la Cuaresma representa el Ramadán del mahometano. Para evitar contravenciones, los creyentes de buen apetito acudieron a la paternal indulgencia de su Santo Padre en Roma, que en consideración a que era necesario que los cruzados españoles estuviesen lo bastante aguerridos para aplastar más eficazmente a los infieles, concedió a San Fernando el permiso para que sus ejércitos pudieran comer carne durante la Cuaresma, con tal de que hubiese alguna, pues dicho sea en honor de la administración militar española en general, pocas tropas hay que ayunen más regular y religiosamente. El día feliz en que se proclama la llegada de esta grata bula que anuncia la comida, se celebra con repique de campanas, como si se tratara de una boda. En provincias, los alcaldes y las corporaciones van a la Catedral con toda solemnidad, asombrando a la multitud y divirtiendo a los señores con la resurrección de las carrozas, las mazas y atavíos antiguos y abigarrados, con los que estas sombras de un antiguo poder y dignidad tienen la esperanza de subrayar su insignificancia individual y colectiva. Una copia de esta preciosa bula no puede, naturalmente, conseguirse de balde, y como hay que pagarla, y al contado, constituye una de las rentas públicas más saneadas. Aun cuando lo que se recauda por este concepto debería ser aplicado a las cruzadas, Fernando VII, el rey católico y único soberano poseedor de una renta semejante, nunca contribuyó con un ochavo para ayudar a los griegos cristianos en su reciente lucha con los infieles turcos.

Estas bulas o, mejor dicho, esta clase de papel moneda se preparan con el mayor cuidado, y constituían uno de los artículos más provechosos de manufactura española. Se temía una guerra marítima con Inglaterra, no tanto por atención a las ayunadoras almas trasatlánticas, como por el temor a perder, como ha demostrado el doctor Robertson, los varios millones de dólares y de plata enviados desde América a cambio de estos tesoros espirituales. Se imprimían en Sevilla, en el convento de dominicos de Porta Cœli; pero Soult, que ahora parece que está volviéndose beato, quemó esta puerta del cielo con sus pasaportes y sus imprentas. Las bulas sólo sirven para el año en que se expenden; doce meses después, quedan anticuadas e inútiles. Hay, entonces, dice exactamente Blanco White, porque muchas veces lo hemos visto, «una prodigiosa prisa de comprar las nuevas por todos los que quieren la felicidad de sus almas y no descuidan la holgura y satisfacción de sus estómagos». Todos los años hay que tomar una nueva, como si se tratase de una licencia de caza, antes de que los españoles se aventuren a recrearse con ave o cuadrúpedo, y con razón pueden estar contentos de que no les cueste tres libras y pico, como las licencias, pues por la suma de dos reales, hombre, mujer y niño, pueden obtener la gracia del clero y de la cocina; pero al cazador furtivo puede acontecerle grandes males, pues la cadena perpetua es una broma al lado de la perdición que aguarda a su alma. Este certificado es pedido por el confesor o guardador de conciencia cuando le coge en la trampa de la enfermedad, y si no la tiene, el fallo es seguro, pues no puede alegar ignorancia de la ley, ya que hay fijada una postdata y requisitos en todas las noticias de jubileos, indulgencias y demás ventajas para el purgatorio, que están fijadas en las puertas de las iglesias; y su lenguaje es tan cortés y perentorio como el de nuestros papeles de contribuciones: Se ha de tener la bula si se espera conseguir algún alivio mitigando las penas del purgatorio, cosa que la mayor parte de los españoles muy vivamente desean; de aquí viene la frase corriente usada por cualquiera al cometer un pecadillo en otras materias: tengo mi bula para todo. La posesión de este documento actúa sobre todas las comodidades corporales como la soda en la indigestión, pues, realmente, lo neutraliza todo, excepto la herejía.

Como es barata, un vecino protestante, aunque no crea por completo en sus salvadoras cualidades, hará bien en comprar una en obsequio a la tranquilidad de conciencia de sus débiles hermanos, pues en esta religión de formas y de prácticas externas se siente más horror por los rígidos españoles al ver comer carne a un inglés durante un día de vigilia, que si hubiera quebrantado los diez mandamientos. La cantidad que la nación cobra por estas bulas es muy importante, aun cuando quedan muy mermadas antes de que al final se paguen a la Hacienda, pues algo de la miel libada por tantas abejas se le pega a las alas. Y el puesto de jefe encargado de la bula es más productivo que el de aduanas o impuestos de los países infieles.

Pero volvamos al moribundo: si tiene la bula se le da el viático con toda solemnidad. Se conduce al Señor en procesión, con gran acompañamiento de personas que llevan luces, cruces, campanillas e incienso, y, como la casa queda abierta al público, se unen a la comitiva todos los desocupados que la encuentran al paso. El espectáculo es siempre imponente, como debe ser, considerando que se cree que el mismo Dios está presente. Y es particularmente llamativo el Domingo de Resurrección, cuando se lleva el Sagrado Viático a todos los enfermos que no han podido ir a comulgar a la parroquia. Este día el sacerdote va bajo un vistoso palio y en el mejor carruaje de la ciudad; y mientras todos, al pasar él, se arrodillan ante la hostia que conduce, él sonríe interiormente, pensando en el dominio que tiene sobre sus prosternados vasallos; las calles se adornan como para el paso triunfal de un rey vencedor; las ventanas se cuelgan con terciopelo y tapices, y los balcones están ocupados por el bello sexo, adornado con sus mejores galas, que arroja bellas flores al paso de la procesión y más bellas sonrisas durante todo el resto de la mañana a sus adoradores de la calle, cuya múltiple adoración está embargada por las divinidades femeninas.

Morir sin sacramentos es la mayor calamidad que puede suceder a un español, puesto que no puede salvarse mientras que se le enseña que hay en esos actos una propia virtud protectora independiente de ninguna diligencia por parte suya. El viático se suele dar cuando se han perdido ya todas las esperanzas humanas, y la excitación, el calor, el ruido y la confusión, rara vez dejan de matar al ya exhausto paciente. Después, cuando la vida ha salido perezosamente con la última boqueada, se coloca el cuerpo en la capilla ardiente, que es un cuarto dispuesto como una capilla, y despojado de todos los adornos y muebles. Cuando se trata de una familia rica, se habilita para este momento una habitación del cuarto bajo, y en ella se coloca un altar y varias filas de candelabros con velas alrededor del féretro. Entonces se permite entrar a la gente en la cámara mortuoria, aun cuando se trate del rey: así vimos a Fernando VII, en su lecho de muerte, completamente vestido, con el sombrero puesto y el bastón en la mano. Esta exposición pública es una especie de pesquisa judicial; antes, como hemos podido observar en varias ocasiones, se vestía al difunto con un hábito de fraile, con los pies descalzos y las manos cruzadas sobre el pecho; la sombra sepulcral que la capucha daba a las muertas y plácidas facciones, producía casi siempre un solemne e indefinible sentimiento en el corazón de los espectadores, y era como si hablasen a los vivos un lenguaje que no podía ser incomprendido.

Los hábitos de lana de las órdenes mendicantes eran los más populares, por la idea que había de que si eran viejos, estaban demasiado saturados de olor de santidad para las viles narices del demonio; y como uno andrajoso valía a menudo al fraile más de media docena nuevos, la venta de los hábitos viejos era negocio para el piadoso vendedor y comprador; los de San Francisco eran siempre los preferidos, porque en las visitas trienales de este santo al purgatorio, conocía su enseña y se llevaba al cielo a los que lo ostentaban. Por una idea semejante pobló Milton su sombrío limbo con lobos cubiertos con pieles de oveja:

«Who to be sure of Paradise,
Dying put on the robes of Dominick,
or in Franciscan think to pase unseen»[17].

A las mujeres, en nuestra época, las vestían de monjas, llevando también el escapulario de la Virgen del Carmen, que ella dió a Simón Stock, asegurándole que ninguno que muriese con él podría nunca sufrir las penas eternas. Estas graves costumbres, tan generalizadas en España, indujeron a un extranjero de espíritu muy exacto a observar que no moría en España nadie más que los frailes y las monjas. En este cálido país, el entierro sigue inmediatamente a la muerte, y no puede ser de otro modo, pues la descomposición de los cadáveres es muy rápida. Los oficios de difuntos se suelen hacer de una manera un poco indecorosa. Antes se enterraba en las iglesias o en los patios anejos a ellos; pero esta costumbre se suprimió por razones de higiene. Entonces se edificaron unos cementerios públicos, que producen, por lo menos, un cuatro por ciento de interés, en las afueras de las ciudades, donde se ven largas filas de sepulturas abiertas ansiosamente para los que pueden comprarlas, y una fosa grande para los pobres. En este camposanto, la muerte nivela a todos, cosa que no deja de ser dura para los que han construído y dotado capillas, con objeto de asegurarse una sepultura entre sus antepasados. Y, sin embargo, no protestaron de la medida ni se preocuparon gran cosa de los sepulcros arruinados y de las rotas efigies de sus «abuelos tallados en alabastro»; la verdadera oposición la hicieron los curas, que perdían ingresos, y, en consecuencia, aseguraron a su grey que no había resurrección posible para unos cuerpos enterrados en esos nuevos depósitos.

Sea ello como quiera, el cuerpo es conducido en un ligero féretro, acompañado de sus amistades masculinas y colocado luego su nicho sin ninguna otra oración o ceremonia. Las mujeres que mueren poco tiempo después de su boda y antes de que las horas nupciales hayan terminado su danza, suelen ser enterradas con el vestido de novia y cubiertas de flores, como en las recomendaciones que para la hora de su muerte daba la reina Catalina de Aragón a su doncella, en la obra de Shakespeare El rey Enrique VIII: