«When I am dead, good wench,
Let me be used with honour; strew me o’er
With maiden flowers, that all the world may know
I was a chaste wife to my grave»[18].
En estos entierros se abre la caja al ir a ponerla en la sepultura, para satisfacer la indecorosa curiosidad de la gente, y luego, por toda la ciudad, se habla del modo cómo iba vestido el cadáver, y se discute si el entierro fué o no muy lucido. El sitio reservado para los niños que mueren antes de los siete años está aparte del de las personas mayores. Su temprana muerte debe mirarse en España más bien como una alegría que como una pena, pues los amados de los dioses mueren jóvenes, y los epitafios son una mezcla de dolor y de satisfacción. El párvulo fué arrebatado a la gloria:
«There is beyond the sky a heaven of joy and love,
And holy children, when they die, go to that world above»[19].
Pero como la naturaleza es en todas partes la misma, hemos visto a más de una madre sollozando junto a la tumba de su hijito, y adornándola con rosas y limpiándola de los hierbajos que crecieron en ella. El cuerpo de los pequeñuelos suele ser llevado al cementerio por niños de la misma edad del muerto, vestidos de blanco, y se arrojan sobre el cadáver flores, bellas como ellos, y que, también como ellos, se marchitan y mueren pronto. Los padres vuelven a casa suspirando por el hijo perdido, su cuna queda vacía, no se oye más su llanto, sus juguetes están donde él los dejara, y todo recuerda el cruel vacío que el dolor no puede llenar aunque
«Stuffs out its vacant garments whith its form»[20].
Los cadáveres de la gente pobre, vestidos con los trajes que usaron en vida, son llevados al cementerio en angarillas, a hombros de cuatro individuos, en la manera que describía Marcial: «no van encerrados en inútiles ataúdes», sino que los conducen como al hijo de la viuda de Nain. Algunas veces hemos visto las horribles angarillas a la puerta de una casa, y tenían en la madera la huella de un cuerpo humano, impresa seguramente por los cientos de cargas que se habrían llevado anteriormente. Estos cadáveres son sepultados en la fosa como los de los perros, y muchas veces, desnudos, pues los supervivientes o sepultureros les despojan de sus andrajos. Aquellas gentes tan pobres que no pueden pagar ni los derechos más baratos, cuando pierden un hijo suelen colocarlo en un cesto a la puerta del cementerio. Una vez vimos a un español embozado que paseaba tristemente por el camposanto de Sevilla, y, cuando abrieron la fosa común, sacó de debajo de su andrajosa capa el cadáver de un niño, lo echó al hoyo y desapareció. Y así, medio mundo vive sin saber cómo muere el otro medio.
En las clases acomodadas la verdadera ceremonia del entierro comienza después de dar tierra al cuerpo. El primer paso es hacer una visita para dar el pésame dentro de los tres días de ocurrida la desgracia. La familia está reunida en la mejor habitación de la casa y sentados en sillas, colocadas al fondo de ella, a un lado los hombres y a otro las mujeres. Cuando entran una señora y un caballero, aquélla da la mano a todas las otras señoras, una tras otra, y después se sienta junto a ellas en la silla vacante más próxima; el caballero se inclina ante cada uno de los hombres presentes, los cuales se levantan de su asiento y le devuelven la cortesía con gran gravedad y dando muestras de profunda aflicción. Al saludar a los más interesados en la desgracia, cada uno de los visitantes le saluda con esta frase: Acompaño a usted en su sentimiento, y, mientras tanto, todo el mundo permanece silencioso como si fuera una reunión de enterradores. Después de estar sentados con ellos el tiempo adecuado, se retiran cada uno en la misma forma en que han entrado.
A los pocos días se envía una esquela, en nombre de todos los parientes, participando la muerte a los amigos de la familia y rogando la asistencia a los funerales; estas invitaciones van encabezadas con una cruz, que se llama El Cristus. Antes de la invasión francesa, que no sólo derribó los muros de los conventos, sino que también atacó a las creencias religiosas, se imprimían muchos libros y se escribían muchas cartas encabezadas con este signo. En nuestra época, muchos médicos de Sevilla lo ponían en sus recetas, pues el Cardenal Arzobispo había concedido un cierto número de años de indulgencias a todo los que santificaran con esta señal sus recetas, aunque fueran de sena y ruibarbo. En las esquelas mortuorias, debajo de la cruz, se ponen las letras R. I. P. A., que significan «Requiescat in pace. Amén». El día indicado, y a la hora precisa, se reunen las personas que acuden al duelo en la casa mortuoria, y, desde allí, se dirigen a la iglesia. Todos van vestidos de riguroso luto, y antes de los progresos de la civilización y de los paletos, no llevaban capas; y como esto les hacía estar a todos más incómodos que a San Bartolomé sin la piel, era considerado como una prueba de verdadero dolor a los manes del difunto. El quitarse la capa en España es una muestra de respeto, equivalente a quitarse el sombrero entre ingleses. Cuando la comitiva llega a la iglesia es recibida por los sacerdotes, y se celebra la ceremonia con toda solemnidad ante un catafalco cubierto con un paño mortuorio, colocado ante el altar y rodeado de candelabros con velas de cera. Cuando termina el oficio, todos los concurrentes saludan al duelo, que está siempre colocado en sitio aparte, y así termina la tragedia. Los padres no llevan luto por los hijos pequeños, lo cual es una reminiscencia de la superioridad patriarcal romana del cabeza de familia, al cual, si muere, se le rinden todas las muestras de respeto imaginables. La forma y el tiempo del luto están escrupulosamente prescritos y son observados rigurosamente, incluso por los parientes lejanos, que se retraen de toda clase de diversiones:
«None bear about the mockery of woe
To public dances or to private show»[21].
Recuerdo la muerte de una amable y venerable marquesa en Sevilla, precisamente días antes del Carnaval, cuya principal preocupación en sus últimos momentos era el pensar en las muchas jóvenes de su familia que se verían privadas de asistir a los bailes y mascaradas, y ellos, por su parte, estaban interesadísimos en su salud y rogaban ansiosamente a la Virgen que prolongase la vida de la señora siquiera sólo fuese por unas pocas semanas.