¡Felices cien veces aquellos que han perdido las telillas de los ojos y que, en lugar de mirar puerilmente, han aprendido realmente a ver! Para ellos brota limpia, pura y abundante, una fuente de placeres desconocidos, según la proporción en que comprendan las formas, bellezas y colores infinitos con que la Naturaleza adorna cada una de sus obras, aunque sus más puros goces se revelan a los iniciados como premio reservado a los que se dirigen a su altar con sencillez de espíritu y se entregan a su adoración con toda su alma, su corazón y su entendimiento.

Con estas caritativas intenciones fué con las que nuestro buen amigo John Murray ideó primero las Guías, y luego las escribió él mismo, enseñando a los demás cómo mojar la pluma para escribir esos libros rojos, que enseñan a hombres, mujeres y niños lo que han de observar para acabar con los laquais de place, y anular a los autores de excursiones de verano. Pocos señores de los que publican notas de sus rápidos viajes por la Península mejoran sus superficiales diarios con estudios profundos de los que suelen tratar las Guías; resbalando, como golondrinas, por la superficie y persiguiendo insectos, ni atienden, ni distinguen las joyas que se esconden allá abajo, en el fondo; ven toda la paja y la escoria que flota en la superficie y apuntan en sus cuadernos todo lo que está podrido en España. De aquí la semejanza de algunas de sus obras; libros y bandidos se parecen unos a otros, llegando así los escritores y los lectores a encontrarse encerrados dentro de un círculo vicioso. Nada molesta tanto a los españoles como ver volúmenes y volúmenes acerca de ellos y de su país escritos por extranjeros que sólo han echado una rápida ojeada sobre un aspecto del asunto, y ése, precisamente, el que más avergüenza a los españoles, y lo consideran menos digno de atención. Este entrometimiento continuo en los defectos de la tierra, para hablar luego de ellos, ha aumentado el desagrado que sienten hacia la tribu del Curioso impertinente. Bien conocen ellos, y bastante lo sienten, la decadencia de su país; pero, igual que los hidalgos pobres, que sólo pueden enorgullecerse del pasado, ocultan con ansiedad estos secretos de familia hasta a sí mismos, y mucho más a la curiosidad de aquellos que casualmente son superiores a ellos, si no por la sangre, por las riquezas materiales. El temor de ser descubiertos agudiza su innata suspicacia, cuando un extranjero desea «observar» y examinar sus defectuosos arsenales e instituciones, confundiendo lo bueno y lo malo y anotándolo todo como Pablo Fisgón[24].

If there’s a hole in a’your coats,
I rede ye tent it;
A chiel’s amang ye, taking notes
And faith! he’ll prent it[25].

Cuanto menos se observe y se diga acerca de las cosas de España, de los pingajos que ahora cuelgan de su antes altiva bandera, en la que nunca se pone el sol, más fácilmente, piensan ellos, se zurcirán porque: «Sanan cuchilladas, mas no malas palabras».

Y que ningún autor se imagine que por imparciales que sean sus observaciones, presentando a España tal cual es, y sin decir nada maliciosamente, pueda nunca complacer a un español; su orgullo y amor propio son tan grandes como la presunción y vulgar fachenda del americano: ambos son morbosamente sensibles y susceptibles y les perturba la idea de pensar que el mundo entero, que no se cuida para nada de ellos, no piensa en otra cosa y que conspiran conjuntamente contra ellos por envidia, celos o ignorancia; «veo que no nos entienden ustedes». La verdad, a no ser que tenga la forma de un cumplido, se la considera como una enorme calumnia y se la persigue como un embuste y una falsedad, desde el Estrecho hasta el Bidasoa; y un buen ejemplo es la historia de Napier. El español, que difícilmente se acostumbra a una prensa libre, o, más bien, licenciosa, y a la propensión de escarabajo con que en Inglaterra y en América hurga esa prensa en las cloacas de la vida privada y en las gangrenas de la pública, se disgusta de que se cuenten pormenores y le parece que los extranjeros no responden a la hospitalidad con que son recibidos. Considera, y con justicia, que no es prueba de buena crianza, de corazón o de inteligencia, el buscar defectos más bien que bellezas, y setas venenosas más bien que violetas; y desprecia a esos cicateros que ven motas más bien que luces en los bellos ojos de Andalucía. Las producciones de los extranjeros, sobre todo las de aquellos que viajan y escriben de prisa, tienen que adolecerse de la celeridad y de las fuentes de que han salido. Los que no conocen bien el idioma ni están en relación con la buena sociedad española, tienen necesariamente que ponerse en contacto con la vida y las costumbres de la clase más baja, y así resulta que sus informaciones son las que les proporcionan los postillones, posaderos y demás gentualla, que pueden ser divertidas para los que gusten de eso, pero que proporcionan opiniones bien pobres para discurrir sobre lo que más honre a un país, y datos poco sólidos para juzgar de su situación efectiva. ¿Cómo podía a nosotros gustarnos que los españoles se guiaran para juzgar a Inglaterra y los ingleses por los calendarios de Newgate, las narraciones de los cocheros o los anales de las cervecerías?

Siendo como son muchas las cosas dignas de estudio en España, no pocas de las cuales sólo allí pueden verse, bueno será advertir las que no han de encontrarse, pues no hay cosa que haga perder más tiempo que el darse uno cuenta de eso por sí mismo después de perder el tiempo y el esfuerzo. Los que quieran ver arsenales bien provistos, librerías, restaurantes, instituciones literarias o de caridad, canales, ferrocarriles, túneles, puentes colgantes, maquinaria, ómnibus, fábricas, politécnicos, cervecerías y semejantes instrumentos y pertenencias de un alto estado de civilización política, social y comercial, harán bien en no moverse de su casa. En España no hay administración de peajes, ni tribunales trimestrales, ni tribunales de justicia, de acuerdo con la significación real de la palabra, ni ruedas de castigo, ni consejos parroquiales, ni presidentes, directores, jueces extraordinarios del tribunal de cancillería, ni comisarios de beneficencia, ni mítines contra el tabaco y el alcohol, ni sociedades para ayudar a los misioneros, ni para ayudar a las paridas y reciénnacidos; nada, en suma, que valga la pena de atraer la atención de un curial algo distinguido, a menos que sienta cierta predilección por el estudio de la ley de quiebras. España no es país para el economista político, salvo como un ejemplo de la decadencia de la riqueza de las naciones, y como un buen tema para estudiar los errores que deben evitarse, así como para teorías experimentales y planes de reforma y mejora. En España impera la Naturaleza, que la ha dotado pródigamente con su suelo y su clima magníficos, dones que los españoles parece como que han tratado de inutilizar durante los últimos cuatro siglos con su culpable negligencia de discursos y banquetes agrícolas y no distribución de premios a los verracos y garañones más grandes y a los labradores con más familia.

El terrateniente de la Península es poco más que un hierbajo del suelo; nunca ha observado ni apenas permitido que otros observen el gran partido que podría y debería sacarse de las cosas; parece como si hubiera puesto a España en manos de la curia; tal es la general dilapidación. El país es casi una tierra incógnita para los geólogos, naturalistas y todas las demás ramas de ólogos y de alistas. Por todas partes es allí el material tan superabundante, como deficientes los braceros y artesanos. Todas estas interesantes ramas de investigación, sanas y agradables por ser estudios al aire libre, que ponen al aficionado en contacto directo con la naturaleza, ofrecen a los autores noveles deseosos de originalidad, asuntos más dignos que las viejas historias de bandidos, toreros y ojos negros. Los aficionados a lo romántico, lo poético, lo sentimental, lo artístico, lo arcaico, lo clásico, en una palabra, a las líneas bellas y sublimes, encontrarán tanto en el pasado como en el presente de España bastantes asuntos al recorrer con lápiz y cuaderno esta nación singular suspendida entre Europa y Africa, entre la civilización y la barbarie; este país de los verdes valles y las montañas peladas, de las inmensas llanuras y las quebradas sierras; aquellos jardines paradisíacos llenos de vides, olivos, naranjos y áloes; aquellos vastos eriales, silenciosos, sin caminos, sin cultivos, herencia de la abeja silvestre; y al huír de la insulsa uniformidad, de la pulida monotonía de Europa, la aromática frescura de este original e inmutable país, donde la antigüedad le pisa los talones al presente, donde el paganismo le disputa el altar al cristianismo, donde los excesos y el lujo reinan junto a las privaciones y la pobreza, donde la negación de todo sentimiento generoso y humanitario va de la mano con las más heroicas virtudes, donde las violentas pasiones africanas conviven y emparejan con la más fría crueldad, y donde la ignorancia y la erudición se presentan en violento y notable contraste.

«Allí—dice la «Guía» en un estilo que cualifica a su autor para escribir en el álbum más elegante y mejor editado—puede el anticuario escudriñar los conmovedores monumentos de miles de años, los vestigios de las empresas fenicias, de la magnificencia romana, de la elegancia árabe, en aquel depósito de costumbres antiguas, en aquel almacén de todo lo olvidado y desvanecido; allí puede admirar los monumentos clásicos, casi sin paralelo en Grecia o Italia, y aquellos mágicos palacios de Aladino, creación de la fantasía y el esplendor árabes, privilegio exclusivo de España, con el que encanta al insulso europeo. Allí el sentimental puede espaciarse en la poesía de su decadencia, que desarma a la envidia y que, perdido su alto puesto, conserva la dignidad de un monarca destronado que, sin queja, sabe respetarse a sí mismo, último consuelo del noble innato que no le arrancará la suerte adversa; allí el artista puede extasiarse ante las obras maestras del arte ideal italiano de Rafael y Ticiano, que se esforzaron en decorar los palacios de Carlos, el gran emperador contemporáneo de León X; podrá admirar a las criaturas de Velázquez y de Murillo, cuyos cuadros sólo en España pueden verse realmente; allí podrá el artista dibujar la traza ceñuda de los castillos, la pompa y magnificencia de las catedrales, donde se adora a Dios de manera tan digna de su gloria como puedan alcanzar las artes y riquezas del hombre mortal; allí puede gozar de la melancolía de los claustros góticos, de los torreones feudales, del inmenso Escorial, del pétreo alcázar de la imperial Toledo, de las soleadas torres de la soberbia Sevilla, de las eternas nieves y de la deliciosa vega de Granada; allí el geólogo podrá trepar por montañas de mármol y por sierras preñadas de minerales; el botánico podrá elegir, en los invernaderos naturales, infinidad de plantas desconocidas, sin rival en color y con el aroma del dulce melodía; allí todos, sabios e ignorantes, escucharán las típicas canciones, el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, o contemplarán el alegre fandango o la emocionante corrida de toros; todos podrán alternar con el alegre, amable y sobrio campesino, libre, varonil e independiente, al mismo tiempo que cortés y respetuoso; todos podrán convivir con el noble, digno, altivo y pundonoroso español, y disfrutar de su amable y cortés vanidad, admirando a sus mujeres, de ojos negros, tan francas y naturales, a las que la voz de todos los tiempos y de todos los pueblos ha concedido la palma de los atractivos y a las que Venus ha donado su mágico cinturón de gracia y de hechizos; allí... pero bastante es lo dicho para emprender un viaje en el que, como Don Quijote dijo, «ocasión tendremos, hermano Sancho, de meter manos hasta los codos en verdaderas aventuras».

Y no andaba equivocado el hidalgo manchego al atribuir un cierto carácter aventurero a los que buscan en España conocimientos útiles y agradables, pues los naturales acostumbran, y no sin razón, a compararse a sí mismos y a su país a tesoros escondidos; pero también les gusta invertir los términos y atacar a cualquier industrioso extranjero que los desentierre, como Le Sage hizo con el alma de Pedro García. No hay nada que en toda la extensión de la Península sea más sospechoso que un extranjero dibujando o tomando notas; todo el que lo ve sacando planos, mapeando el país—que esas son las expresiones que se usan al hablar del más sencillo dibujo al lápiz—supone que es un espía, o un ingeniero y, desde luego, que no está allí con buenas intenciones. Las clases bajas, a semejanza de los orientales, dan un sentido vago y misterioso a esta conducta, para ellos ininteligible; y en cuanto ven a alguien dedicado a los trabajos antedichos le conducen ante las autoridades civiles o militares, y, de hecho, en los sitios apartados, en cuanto llega un desconocido, es objeto de vigilancia por todo el mundo, dado lo raro de la ocurrencia. Una cosa parecida sucede en Oriente, donde se supone que los europeos son enviados por sus Gobiernos, pues ni ellos ni los españoles pueden comprender que una persona sufra molestias y gaste dinero, cosa que ningún natural del país hace, con el único objeto de conocer un país extraño, por instrucción o placer. Cuando se hace alguna pregunta o se demanda alguna información sobre cosas que, según ellos, no son dignas de estudio, puede tenerse la seguridad de que los datos que se obtengan serán falsos o, por lo menos, falseados por los que los proporcionen, que en todas partes sólo desean adular al que manda, sea civil o militar. Los españoles dan poca o ninguna importancia a los panoramas, las ruinas, la geología, las inscripciones, etc., etc.; están habituados a verlas a diario y, por tanto, no se explican que pueda tenerla para los extranjeros; juzgan a los demás por sí. En España es raro el individuo que dibuja, y el que lo hace es considerado como profesional y utilizado por los demás.

Una de las peores cosas que los franceses dejaron en España fué la desconfianza por el individuo que lleva lápiz y cuaderno. Antes de su invasión enviaron agentes y espías que, con el aspecto de viajeros, estudiaban el país, y después, despojándose de la piel de cordero, guiaron a los lobos al saqueo y a la destrucción. El anciano prior de la Merced de Sevilla nos decía, al enseñarnos los bastidores y los estuches de donde los Soult y Compañía «mudaron» los Murillos y los vasos sagrados: ¿Lo creerá usted?, entre los ladrones reconocí a un individuo, que se reía burlonamente de mí, al cual, algún tiempo antes de la llegada de los invasores, yo mismo había enseñado nuestros tesoros. «¡Tonto de mí, que tomé a aquel gabacho por un hombre honrado!» No obstante, este digno individuo estaba condecorado con la legión de honor de Bonaparte, el cual, lo primero que pensaba, según su libro de notas, hacer en Inglaterra, después de conquistarla, era llevarse el vaso de Warwick, según Denon[26], que también había desvalijado a los egipcios, le dijo a sir E. Tomason. Nosotros, los ingleses, que a pesar de los deseos de muchos reales folicularios no hemos recibido ninguna visita en nuestras «opulentas tiendas», no podemos comprender bien los sentimientos de los que aun tienen viva la herida y sufren las consecuencias de la expoliación. El gato castellano, que ya ha sido escaldado, huye aún del agua fría.