Por esto hay que excusar en cierto modo a las autoridades españolas, particularmente en los sitios poco frecuentados, cuando se inquietan al ver a un extranjero que fisgonea. Su primera impresión, como ocurre en Oriente, es que puede ser un francés, y de aquí su escama, su temor y su intranquilidad. En Sevilla, en Granada y en otros lugares donde hay abundancia de artistas extranjeros, se les suele permitir tomar apuntes, aunque mirándoles con cierto menosprecio; pero en las comarcas aisladas, aun el que sólo contempla las estrellas, es objeto de una vigilancia extremada por el elemento oficial. El seguramente estará tan ajeno de los ominosos sentimientos y siniestros temores que despierta, como el inocente cuervo lo estaba de la significación que los romanos augures atribuían a su vuelo; y pocos antiguos augures podían rivalizar con los alcaldes españoles de hoy en cuanto a rápidas sospechas y a percepción del mal, sobre todo cuando no hay mal ninguno.

Los que hayan leído la admirable obra The Bible in Spain[27], recordarán que su autor Borrow estuvo a punto de ser fusilado por haberle tomado por Don Carlos, evitándolo la milagrosa intervención del alcalde de Corcubión, el cual, si todavía vive, debe de ser un ave fénix de los alcaldes, y evidentemente digno de observación, pues era un lector del «gran Baintham», o sea nuestro ilustre Jeremías Bentham, al que los reformistas españoles pidieron una constitución de papel, sin conocer a punto fijo el significado de la palabra o de la cosa, ni si estaba hecha de algodón o de pergamino. Otro de los que mejor han escrito acerca de la Península y sus curiosidades, lord Carnarvon, también estuvo expuesto a sufrir la misma suerte por confundirle con don Miguel; el capitán Widdrington, hombre amabilísimo y honorable por todos conceptos, fué detenido por suponerle agente de Espartero; y nuestra modesta persona ha tenido la suerte de ser llevada a un cuerpo de guardia por dibujar unas ruinas romanas, y el honor de ser tomado por Curius Dentatus, un caimán, o por Julio César, pues no hay absurdo ni ignorancia, por inconcebible que sea, demasiado grande para los golillas locales, que casi nunca se inclinan a nada que tenga sentido, y cuando dejan hablar al miedo, son tan sordos a los dictados del sentido común o de la humanidad como si fueran víboras o bereberes; y aquí como en Oriente, aun los mejor intencionados pueden ser tomados por espías y cortárseles las barbas, como se hizo con los emisarios del rey David. En todas las clases sociales está arraigado el odio al extranjero, y en vez de observarle razonablemente y tratar de averiguar lo que realmente sea, tergiversan sus actos y palabras más inocentes, dándoles el sentido que se amolda a sus absurdos prejuicios, hasta que cualquier nonada se convierte en sus cabezas en pruebas más firmes que el mismo Evangelio. Hay que reconocer, sin embargo, que cuando las autoridades se convencen de que el extranjero es un inglés con intenciones pacíficas, nadie les iguala en cortesía y amabilidad, y, sobre todo, si son de clase humilde, miran con curiosidad los dibujos; las clases más altas no prestan atención, en parte por cortesía y en parte por el principio oriental de nil admirari, que ocultando la inferioridad y la ignorancia, es prueba al mismo tiempo de buena crianza.

Sacar dibujos de una población fortificada está terminantemente prohibido en España. Hay tal ignorancia en todo lo referente a artes gráficas, que no saben distinguir entre un apunte artístico y un plano; todo lo consideran dibujo y, como tal, pecaminoso. Un cuartel o un fuerte sólo se puede observar muy a la ligera, y, naturalmente, no hay que hablar de aventurarse a esbozar el más ligero apunte de él o sus cercanías; y si alguno se arriesga a ello, incluso siendo una señora, se expone a ser arrestado o a ser tratado groseramente. Por lo tanto, bueno será que nadie, sea o no artista, muestre la menor curiosidad por las cosas o los edificios militares, ya que, por otra parte, no merecen la pena y no se pierde nada con ello. En nuestra época, las tropas estaban perfectamente desorganizadas: si tenían zapatos carecían de calcetines; si disponían de fusiles, no abundaban los pedernales; si se les daba pólvora, faltaban las balas; en suma, nada había conforme a los reglamentos. Ni siquiera los botones del uniforme de los oficiales estaban nunca en fila; y en cuanto a los números, unos los llevaban hacia arriba, otros hacia abajo y otros de lado; bien es cierto que la uniformidad es una cosa europea, pero no oriental. En estos momentos, en que la Iglesia se muere de hambre, en que las viudedades no se pagan y la bancarrota reina en el país, al que se esquilma para sostener al ejército, cuyas espadas son las que apoyan a la burocracia odiada, las fuerzas de la Guardia Real y las bandas pretorianas no saben marcar el paso ni guardar la fila. Aun cuando todas estas cosas sean muy tristes para los ordenancistas, pensando en artista no podemos menos de lamentar la dificultad de obtener apuntes de estos fuertes medio hundidos y de las ciudadelas desmanteladas, en donde cada bisoño merece figurar en un cuadro con más derecho que el comandante del castillo de Windsor, emparejado con su querida de barquiña corta, digna por entero del pincel de Murillo.

El mejor medio para quien quiera estudiar y publicar sus observaciones en España, es procurarse un pasaporte o salvoconducto, en el cual se especifique claramente el objeto de sus investigaciones. Dirigiéndose al embajador inglés en Madrid se obtiene sin dificultad alguna, y si se trata de una persona conocida no tiene necesidad de acudir tan lejos; el capitán general de la región se los proporcionará, seguramente. Como estos salvoconductos están escritos en español, todos, altos y bajos, los pueden leer, y así no habrá las dificultades que surgen con los expedidos por nuestros embajadores y aun por nuestro Ministerio de Estado, que, para honra de sí mismos y de la nación, dan a los ingleses pasaportes escritos en francés, de donde nace entre españoles la sospecha de que el portador es un gabacho, cosa poco agradable en España. Entre los recuerdos que aun conservamos de nuestra estancia en la Península, figura un pasaporte firmado por nuestro amable protector el temible conde de España, refrendado por los no menos temidos Quesada y Sarsfield, en el cual se disponía, en claro y escogido castellano, que todas las autoridades mayores y menores, civiles o militares, ayudaran o facilitaran al portador el estudio de las curiosidades y monumentos de España.

Estos autócratas se hacían obedecer más que el mismo Fernando, en sus respectivos distritos, lo cual nos hace recordar a los pachás de Oriente, que son las verdaderas autoridades, tanto civiles como militares, en las comarcas que tienen a sus órdenes; y como no sólo administran la ley, sino que la ajustan a sus propias comodidades, de hecho resulta que ellos la hacen y la conculcan, y todos los que bajo ellos tienen alguna autoridad imitan a sus superiores en todo lo que pueden. Estas cosas de España se llevan con una gravedad verdaderamente oriental, lo mismo por parte de los superiores que por la resignación de los gobernados; los pasaportes firmados por estos grandes hombres eran obedecidos por todas las autoridades subordinadas, tan ciegamente como un firmán oriental; el solo hecho de que un extranjero tenga un salvoconducto del capitán general, pronto es conocido por todo el mundo, y, para usar una frase oriental, «hace que su cara se emblanquezca»; sirve como carta de recomendación y, en realidad, es la mejor de todas, puesto que va dirigida a las autoridades de cada pueblo o ciudad, que, como verdaderos jeques, son mirados por todos sus inferiores con la misma deferencia con que ellos miran a los que están por encima de ellos. La importancia de la persona recomendada se estima por la de la persona que la recomienda: tal recomendación, tal recomendado. Y para completar este cuadro de la oriental España, estos tres déspotas omnipotentes, que desafiaban las leyes divinas y humanas, que hacían dados de los huesos de sus enemigos y copas de sus cráneos, han sido todos asesinados y enviados a dar cuenta de todos los pecados que pesaban sobre su alma. En las monarquías no absolutas, los ministros que se exceden pierden sus puestos; en España y Turquía, las cabezas; y, sin duda, los primeros son los más severamente castigados.

Los que deseen observar el hombre español, que, con la mujer española, constituyen el estudio verdaderamente humano, observarán que una clave para descifrar este singular pueblo, apenas es europea, pues esta Berbería cristiana es como un terreno neutral, colocado entre el sombrero y el turbante, y aun muchos de ellos afirman que el Africa comienza en los Pirineos. Sea como quiera, lo cierto es que España, civilizada primeramente por los fenicios, y largamente dominada por los moros, conserva rastros indelebles de ambas dominaciones. Midiéndola, pues, así como a sus hombres y mujeres, por un patrón oriental, se verá cómo se explican muchas cosas que extrañan y repugnan a los usos y costumbres europeas. Pero bueno será no dejar traslucir lo que se piensa a este respecto, pues es de lo que más les ofende. El bello sexo está dispuesto, para desvanecer esta opinión, a prescindir incluso de la clásica mantilla, así como los hidalgos a despojarse de la majestuosa capa romana, ofreciendo la antigua indumentaria como sacrificio en aras de la civilización y a la manía de presentarse igual que el mundo elegante en Hyde Park o en los Campos Elíseos.

Otro rasgo marcadamente oriental es el poco amor a las Bellas Artes y la sobra de Αφιλοχαλια que los antiguos atribuían a los verdaderos iberos. Esto se nota en la general indiferencia y abandono en que tienen las obras árabes, que, en lugar de destruírlas, debieran haberlas conservado bajo fanales, pues son atractivos privativos de la Península. La Alhambra, la perla y la piedra imán de Granada, es para ellos poco más que una casa de ratones, en lo cual casi han llegado a convertirla a fuerza de siglos de incuria. Pocos son los españoles que van a visitarla que comprendan el interés y devoción que despierta en los extranjeros; del mismo modo contempla el beduino las ruinas de Palmira, tan insensible a la belleza presente como a la poesía del pasado. Triste cosa es que los españoles no sepan apreciar la Alhambra, pero igual ocurre con los asiáticos, que no tienen otra preocupación que la del día en que viven y que no se cuidan poco ni mucho del pasado ni del futuro y sólo piensan en sí mismos y en el día de hoy; y así la gran masa de españoles que, aunque no use turbantes, carece de órganos para venerar y admirar nada que no tenga relación con la primera persona y el tiempo presente del verbo, conservan, además, en sus pechos un sedimento de odio hacia los moros y sus obras, y consideran casi como herética la preferencia que los extranjeros muestran hacia los trabajos de los infieles, en lugar de admirar los de los buenos católicos, opinión que pone de manifiesto su mal gusto por no saber apreciar las cosas y su vandalismo por esforzarse en mutilar lo que los moros se esforzaron en adornar. Los deliciosos cuentos de Wáshington Irving y la admiración de los peregrinos europeos han avergonzado últimamente a las autoridades, inspirándoles sentimientos más conservadores con respecto a la Alhambra, siendo este celo extemporáneo tan peligroso como el anterior abandono, pues como quieren «reparar y embellecer» con criterio de sacristán, se corre el mismo peligro con estas «restauraciones» que con las funestas limpiezas de los cuadros de Murillo y Ticiano, del Museo de Madrid, que están borrando sus más bellas líneas. Y aun este tardío aprecio es algo interesado. Así Mellado, en su última Guía, se lamenta de que no se haga caso de la Alhambra, de la cual habla sin gran entusiasmo, y sugiere la idea de que un libro describiéndola detalladamente, sería una segura especulación, pues los ingleses son muy aficionados a visitarla; convirtiendo de este modo la poesía del maravilloso palacio árabe en prosaica cuestión española de perras y de pesetas.

Conviene, sin embargo, que el viajero piense que muchas de las cosas que para él tienen los arrebatadores y tentadores encantos de la novedad, se miran por el apagado y saciado ojo del natural del país con una familiaridad que engendra menosprecio; están hastiados ¡oh, fatal aburrimiento! hasta de lo bello. «¡Ay!—decía el ermitaño de Montserrat a un extranjero que miraba extasiado por primera y última vez el panorama que desde allí se divisa—esto no tiene ningún atractivo para mí; hace veintinueve años que estoy viendo este mismo paisaje desde que sale el sol hasta que se pone». Pero sordent domestica, como dice Plinio: nada ni nadie es admirado debidamente en su propia casa, desde el día en que Mahoma, el verdadero profeta, no pudo convencer a su mujer y a su criado de que él estaba revestido de un poder sobrenatural. ¿Es de admirar, pues, que las ruinas y cosas viejas sean despreciadas por los moro-españoles o que sus guías (digámoslo así) extravíen y confundan al extranjero? Cosas son éstas imposibles de evitar, dado el caso de que pocos escritores viajan dentro de su país, y menos aún, fuera de él; y como carecen de términos de comparación, no pueden apreciar las diferencias, ni saber cuáles son los deseos y las necesidades de un extranjero; así es que paisajes, trajes, ruinas, usos y costumbres, ceremonias, etcétera, que han visto desde su niñez, son pasados por alto sin mencionar siquiera, siendo así que por su anacronismo para el extranjero, es exactamente lo que más desearía que se le señalara y explicase. Pero frecuentemente los naturales desprecian o se avergüenzan de esas mismas cosas que más interesan y encantan al extranjero, al cual muestran las cosas modernas más bien que las viejas, enseñando especialmente sus malas copias de Europa, con preferencia a sus cosas originales, tan ricas, y con tal aroma racial, haciéndolo nada más que con las costumbres y trajes de la gente baja, que felizmente aun no está contagiada del sarampión del pulimento francés; así, cuando desentierran alguna moneda antigua, la limpian el precioso moho dos veces milenario, porque imaginan que de esa manera la hacen más fácilmente vendible; pero ellos, en cambio, se dispensan de esa limpieza, tanto, que Carlos III, al fracasar en una de sus laudables tentativas para mejorarlos y modernizarlos, comparaba a sus amados súbditos a los chicos díscolos que lloran y patalean cuando la madre quiere lavarlos.

No hay país en el mundo que pueda rivalizar con España, cuyo seco clima, por lo menos, es conservador, en recuerdos de antaño, en torres y torreones, en casas señoriales, en balcones volados, tan viejos, que parece que van a desplomarse a las hondonadas o torrentes sobre los cuales cuelgan. Aquí pueden verse todas las formas y colores de la pobreza pintoresca; las enredaderas trepan por todas las grietas e irregularidades de los muros, mientras abajo las náyades chapotean bañando sus rojas y amarillas vestiduras en los dorados y gloriosos rayos del sol. ¡Qué cuadro para todo el que no sea natural del país! Pero éste no ve ninguna de las maravillas de la luz y la sombra, los reflejos, los colores y las líneas: es ciego a todas las bellezas, y sólo está atento a los andrajos y a los estragos del tiempo; casi sospecha que el dibujo que se haga o la admiración que se muestre por un contrabandista o un torero pueda ser un insulto, y que si se toman apuntes es sólo para mostrar luego en Inglaterra lo que monsieur Guizot llamaba (y nunca se le olvidará) las «brutales» cosas de España. Por lo tanto, mientras uno admira sinceramente encantado y con razón sus fajas y sus zamarras, ellos se esfuerzan en enseñarle su ridículo traje bulevardero; o cuando uno se sienta ante una ruinosa muralla romana, o ante un desmoronado arco árabe o un templete gótico, ellos le ruegan que deje aquellas vejeces y contemple el último flamante aborto de la Real Academia, fríamente correcto y clásicamente insípido, para poder admirar un ejemplar que acreditará a España de hacer las cosas como se estila en Charing Cross.

Sin que eso suponga que se haya de seguir el consejo de los españoles de mejor intención que gusto, nadie que quiera hacer averiguaciones debe despreciar la compañía de persona que pueda favorecer su objeto, aun cuando vaya provisto de un salvaconducto del Capitán General y de una roja guía Murray. Las informaciones orales que pueden obtenerse de los españoles, no son muy amplias que digamos; estos indolentes semi-orientales, miran siempre con recelo al extranjero, contestan con medias palabras a sus preguntas, le ponen mil dificultades, o, como tienen gran imaginación, ponderan o disminuyen el mérito de las cosas, según convenga a sus intenciones o a sus sospechas. Las expresiones nacionales: ¡Quién sabe! No se sabe, suelen ser el preludio de No se puede.