Estas dificultades son infinitamente mayores cuando un extranjero tropieza con un empleado, por modesto que sea, pues la primera idea de estos golillas es sospechar algo malo y negarse a todo. «No», suele ser siempre la primera respuesta, y aun cuando se lleve un permiso especial, no puede tenerse la certeza de ser bien recibido. Es menester conquistar al guardián, que aquí, como en todas partes, considera como de su propiedad y fuente de propinas los objetos confiados a su custodia: muchas veces, después de haber recorrido una buena distancia sufriendo el calor y el polvo para ver una iglesia, un museo, una biblioteca, y de llamar y esperar durante largo tiempo, le dicen a uno secamente que está cerrado, que no se puede ver, que no es día de visita, que hay que volver al día siguiente; y si es el día indicado, le dirán que no es la hora, que es muy temprano o demasiado tarde; y es posible que la mujer diga que su marido ha salido a misa o a la plaza, o que está comiendo o durmiendo la siesta; o si no ocurre nada de esto, y el marido está en casa y despierto, el buen hombre jurará que su mujer ha perdido la llave, «como siempre hace». Y si con estas u otras excusas no consigue nada, y uno insiste, le asegurarán que allí no hay nada digno de verse, o le preguntarán qué interés tiene en verlo. Por regla general nadie debe dejarse convencer de no visitar cualquier cosa que sea, porque un español de la clase alta le dé su opinión de que no vale la pena, pues tratará de convencerle a uno de que Toledo, Cuenca y otras poblaciones que no tienen igual en toda la Cristiandad, son feas y odiosas ciudades viejas; se avergüenza de ellas a causa de sus calles tortuosas y estrechas, que no están tiradas a cordel, como Pall Mall y la rue de Rivoli. En realidad, su única idea de una ciudad civilizada es un vulgar grupo de anchas calles rectangulares, construídas y pintadas uniformemente, como soldados en parada, adoquinadas y alumbradas con gas, por las cuales se paseasen los españoles, vestidos lo mismo que los ingleses, y las españolas, como las francesas; maravillas todas que cualquier extranjero puede contemplar en su propia casa sin tomarse la molestia de ir tan lejos y que no merecen seguramente la pena, pues, cuando más, llegan a ser una imitación vulgar, sin gracia, historia, nacionalidad, color ni carácter, salvo el de una utilitaria comodidad o vulgar conveniencia, buena para políticos y contratistas, pero mortal y destructora para el hombre del lápiz y el cuaderno.
Para conseguir visitar las cosas dignas de verse en España, conviene observar algunas escasas y sencillas reglas que casi nunca fallan: primera, ser perseverante; no retroceder nunca; no recibir nunca una respuesta si es negativa; no perder nunca la calma ni los modales corteses; y, por último, hacer oír el tintineo del dinero; si el jefe o personaje es inexorable, indagar privadamente quién es el infeliz subordinado que guarda la llave, o la vieja que barre el cuarto, y entonces enviar un discreto mensajero diciendo que se pagará el servicio, sin decir «nada a nadie». Así se podrá siempre ver lo que se quiere, aun donde con una orden oficial no se consiga. Cuando fuimos por primera vez a Madrid, novatos aún en las cosas de España, tuvimos especial empeño en visitar a diario una galería real que no estaba abierta al público más que ciertos días de la semana. Consultamos nuestro grave dilema a un sensato y experimentado diplomático, y la respuesta del oráculo fué la siguiente: «Sin duda, si usted lo desea, me dirigiré al señor Salmon (ministro de la Gobernación en aquella época), pidiéndole el permiso como un favor personal a mí. Pero vamos a ver, ¿cuánto tiempo piensa usted permanecer aquí?» «Tres o cuatro semanas». «Bueno, pues entonces, cuando ya haga un buen mes que usted se haya marchado, recibiré una cortés y prolija epístola de Su Excelencia lamentando profundamente no haber encontrado en los archivos de su Ministerio un caso en que se haya concedido una petición de esa índole y el verse obligado a responder negativamente, ante el temor de sentar un precedente. Lo que le aconsejo a usted es que le dé un duro al conserje y que repita la suerte siempre que los goznes de la puerta parezca que vayan a enmohecerse y necesiten aceite». El consejo fué tomado, igual que la propina, y las puertas prohibidas se abrieron, tan regularmente, que, al final, hasta conocían el ruido de nuestros pasos. El oro es el sésamo español. Mediante él penetró Soult en Badajoz; por su fuerza, Luis Felipe echó a Espartero e impuso a Montpensier. El oro, el brillante oro rojo, es el remedio soberano que en España resuelve casi todas las dificultades, incluso algunas que resistieron a la fuerza, pues allí las cabezas tercas pueden ser guiadas por una paja de oro, pero no forzadas por una barra de hierro. La mágica influencia de una propina se extiende por el país, donde todo es venal, hasta la misma justicia. Aquí, todo el que tiene algún asunto que sacar adelante empieza a trabajarlo por la base y no por la cúspide, como hacemos en Inglaterra. Para asegurar el éxito hay que engrasar todas las ruedas de la maquinaria oficial. Un pretendiente sensato y discreto soborna desde el portero hasta el ministro, sin olvidar ninguno de los secretarios, según su orden y regulando la cantidad según la categoría e influencia de cada uno. Si olvidáis al portero, éste no pasará vuestra tarjeta, o dirá que el señor Mon está fuera, o que volváis mañana, el tópico eterno; si es el escribiente el que no está interesado, dará carpetazo a vuestra petición o influirá con su jefe en contra de ella. En negocios de gran importancia política, el soberano, él o ella, tiene su parte, y por esto fué Calomarde tanto tiempo el que manejó al amado Fernando y a sus consejeros. Era el ministro que entregaba a la corona más dinero: «Señor, con economía y honradez he conseguido ahorrar 50.000 libras, de las cantidades cobradas en mi departamento, las cuales tengo el honor de poner a la disposición de V. M.»—«Muy bien, mi bueno y leal ministro, toma un cigarro.» Este Calomarde que empezó su carrera como lacayo, contrabandeó en el timo cristinista, por medio del cual Isabel lleva ahora la corona de Don Carlos. El tunante fué recompensado concediéndosele el título de conde de Santa Isabel, que luego ha sido conferido al hijo de monsieur Bresson, como delicada recompensa por los trabajos de Su Señoría en la transmisión de dicha corona a Luis Felipe; pero los españoles son unos ásperos humoristas.
En Oriente, el ejemplo del Sultán y del Visir es seguido por cada uno de los pachás, y hasta por el último animal que tenga la más pequeña autoridad; la enfermedad del picor en la palma de la mano es endémica y epidémica; todos, altos y bajos, necesitan dinero y no quieren pasar por la vergüenza de mendigarlo ni exponerse a los peligros del salteador de caminos. La pobreza pública es el azote del país, y todos los empleados se excusan con la terrible necesidad, viejo argumento de quien no tiene respeto a la ley. Sin embargo, hay que perdonar en parte esta rapacidad que, con muy pocas excepciones, prevalece, teniendo en cuenta que los sueldos, casi siempre cortos, se pagan generalmente con retraso, y que los servidores públicos, por lo común, pobres diablos, aseguran que se ven obligados a cobrarse, poniéndose de acuerdo para defraudar al Gobierno, en lo que no sienten escrúpulos, pues todos saben que es injusto y que puede soportarlo; y como todos son igualmente culpables, difícilmente se admite que haya en eso delito. Cuando el robo y el agio están a la orden del día, los pícaros se protegen unos a otros, como ocurre en Suiza entre los que tienen bocio. Un hombre que no hace su agosto cuando está empleado, no se le cree honrado, sino tonto; es preciso que cada uno coma de su oficio, y como el sueldo es pequeño y poco seguro, no se desperdicia tiempo ni ocasión de llenar la bolsa; así la pobreza y la voluntad aunan sus esfuerzos.
Podemos presentar como ejemplo un individuo que ejercía un alto cargo en una de las principales ciudades de Andalucía. En una ocasión en que entramos en su despacho, acertaba a salir de él una persona envuelta en su capa; la mesa del gran hombre estaba llena de onzas de oro, que él trasladaba a un cajón con gran complacencia, deleitándose en la hermosa redada: «¡Cuántas onzas, Excelencia!—le dijimos». «Sí, amigo mío—replicó—no quiero comer más patatas». Este caballero, que había estado cesante durante la constitución de Riego, las había pasado muy duras, y aprovechaba el tiempo tomando prudentes precauciones para evitar en lo futuro parecidas calamidades. Su sistema era perfectamente conocido en toda la ciudad, en donde la gente decía con la mayor sencillez: «está atesorando», cosa que hubieran hecho todos si se hubiesen encontrado en las mismas afortunadas circunstancias. Los ricos y honestos ingleses no deben, por tanto, juzgar con demasiada dureza estas malas mañas y a estos extraños camaradas con quienes los españoles, más pobres, tienen que convivir: «Donde no hay abundancia no hay observancia, y honra y provecho no cabe en mi saco o techo»; y allí la virtud sucumbe muchas veces a manos de la pobreza, empujados a ello por más de medio siglo de desgobierno, con la ruina y desolación de la invasión francesa y las discordias civiles por añadidura.
Pero volvamos a las cosas dignas de verse en España. Feliz podía considerarse en nuestro tiempo el viajero que, incluso dispuesto a dar propinas abundantes, tropezase con un bibliotecario que supiese qué libros había en la biblioteca, o con un cura que pudiese darle cuenta de los cuadros que había en su iglesia: si se le preguntaba por el cuadro de Murillo respondía encogiéndose de hombros o con un seco no hay; de haber preguntado por el «bendito Santo Tomás», quizá le hubiese señalado, por ser el asunto y no el pintor lo que había que saber para el servicio del culto. Este beatífico estado de ignorancia es tan agradable para el cerebro español como el dolce far niente lo es para el cuerpo. Todo lo que supone molestia, turba la felicidad suprema que consiste en ahorrar esfuerzo. Podríamos llenar un capítulo entero con ejemplos que, de no habernos ocurrido a nosotros mismos, creeríamos que eran burdas invenciones. El no responder a las preguntas más sencillas o no dar datos de las cosas más comunes, es tan corriente, que al principio creíamos que era por miedo a la cárcel o por un resto de reserva inquisitorial, más bien que por una ignorancia satisfecha y de buena fe; pero un largo trato y experiencia nos hizo convencernos de que poca gente es más comunicativa que las clases bajas españolas, especialmente con un inglés, al que revelan sus secretos privados y familiares: su falta de conocimiento se aplica más bien a las cosas que a las personas.
Si se va a visitar a un español y, no encontrándole en casa, se pregunta al criado o criada por el número de la casa para escribirle, seguramente la contestación es: «Yo no sé, señor, nunca me lo han preguntado, ni lo he mirado. Vamos afuera y lo veremos. ¡Ah!, es el número 36.» Una vez queríamos enviar un encargo de Mérida a Madrid, y preguntamos al ventero, barrigón, de negras patillas: «¿Qué día sale su galera para la Corte?» «Todos los miércoles; pierda el señor cuidado»—contestó—. «¡Qué disparate!—replicó su trigueña y ojialegre mujer—, por qué le dices esa mentira a ese caballero? La galera sale los viernes, señor».—Durante la disputa de esta pareja tan bien avenida, quiso mi buena suerte que acertase a llegar el mayoral, el cual nos dijo que los días de viaje eran los jueves, y por fin supimos a qué atenernos. Esto ocurrió en provincias, pero también se puede presentar un ejemplo de algo semejante ocurrido en la capital, cerebro y corazón de las Castillas. «Señor, tenga usted la bondad—dijimos una vez a un grave y pomposo burócrata que despachaba los billetes para la diligencia a Toledo—tenga la bondad de reservarme un billete para el lunes siete». «Creo que se equivoca usted de fecha—respondió muy cortésmente porque habíamos empezado prudentemente el negocio regalándole un buen habano—: el lunes es ocho del mes corriente». Como no era así, sacamos un almanaque que por casualidad llevábamos en el bolsillo y se lo enseñamos para que se convenciera: «Es verdad, señor—dijo el hombre tranquilamente, después de examinarlo con atención—, bien sabía yo que llevaba razón; este almanaque está impreso en Sevilla—lo cual era verdad—, pero aquí estamos en Madrid, y eso es otra cosa». En esta idea de la diferencia solar y de la preeminencia de la Corte, debe recordarse que el sol, al ser creado, lució primeramente sobre la vecina ciudad adonde iba la diligencia, y que aún en el siglo pasado se consideraba una herejía en Salamanca decir que no giraba alrededor de España. Desgraciadamente se ha pasado allí más tiempo que en las metáforas o en las conferencias astronómicas. España no es un país para los hombres de cálculo; aquí lo que debe ocurrir, y lo que ocurrirá seguramente en otras partes, según Cocker y la doctrina de las probabilidades, es precisamente lo que no sucederá nunca. Sólo puede uno fiarse de un hecho aritmético si lleva consigo una mediana certeza: representando los sucesos por números, puede tenerse la seguridad de que dos y dos darán por resultado tres unas veces, y quizá cinco otras, y siempre hay una diferencia de uno con respecto de cuatro, cuando dos y dos deben de ser siempre cuatro. Hay otra regla cierta con respecto a los números oficiales españoles; por ejemplo, si se dice: «cinco mil muertos y heridos» o «se entregarán cinco mil duros», deben rebajarse dos ceros y a veces hasta tres si se quiere tener el número aproximado.
Como decía el perspicaz y práctico duque de Wéllington, es muy difícil conocer a fondo a los españoles: allí, ni las mujeres, ni los hombres, ni los soles, ni los relojes marchan nunca al unísono; allí, como en un concierto holandés, cada cual elige su tono y su diapasón, y cada uno de los que forman la orquesta trata de ser el primer violín. Todo esto es cosa tanto más corriente cuanto que los españoles, como los irlandeses, toman a broma las equivocaciones, tonterías, faltas de puntualidad, informalidades e inconsecuencias con las que los puntuales hombres de negocios ingleses y alemanes se vuelven locos. Formados de contradicciones y viviendo en el pays de l’imprévu, donde la excepción es la regla, donde las fuerzas motoras son el accidente y el impulso momentáneo, las gentes se dejan llevar buenamente, y, sobre todo en colectividad, obran como mujeres y niños. Una chispa, una nimiedad, pone en acción a las impresionables masas y nadie puede prever el suceso más sencillo, ni hay un español que intente mirar más allá del momento, de la situación actual, ni pueda predecir lo que traerá el mañana, cosas que deja para el extranjero que no le entiende a él. Paciencia y barajar es su lema, y «pacientemente» esperan lo que salga de las vueltas de la baraja.
Una cosa hay, sin embargo, que todos saben con exactitud, una pregunta a la que todos pueden responder, y providencialmente se refiere al asunto más digno de observación para cualquier extranjero: ¿Cuándo y a qué hora son los toros? Y esto siempre se sabe, a pesar del aviso que aparece en los carteles: «si el tiempo no lo impide», pues aun cuando este espectáculo suele ser en verano, época en que la lluvia y las nubes son un mito, las prudentes autoridades desconfían hasta del bendito sol y sospechan de sus procedimientos como si estuvieran irregulados por un relojero castellano.
Capítulo XXI
HACE ya largo tiempo que nuestros honrados John Bulls sienten más predilección por sus homónimos españoles, que por los perpetrados por el Papa o los que hacen en la Verde Erin[28]; ver una corrida de toros ha sido el enérgico objeto de la curiosidad ilustrada desde que nuestros viajeros han tomado y publicado dibujos españoles. Tan pronto como el príncipe Carlos I perdió su corazón en Madrid, su presunto suegro obsequió a él y a su hermosa adorada con uno de estos encantadores espectáculos; acontecimiento que sería para la posteridad de feliz recordación—pensaban los historiógrafos de entonces—, ya que hubo en él gran carnicería de hombres y de animales; los anales de aquel suceso serán siempre las joyas de cualquier biblioteca taurómaca que aspire a ser completa.