CUANDO la fijada y tan deseada hora llega, la Reina o el corregidor ocupan el puesto de honor en un espléndido palco central, después de haber expulsado previamente a la chusma del redondel, operación que se llama el despejo y que resulta muy divertida, por la resistencia que el populacho ofrece a ser sacado de allí. Luego, a una señal convenida, comienza el espectáculo con un desfile de lidiadores, precedidos por alguaciles, o sea policías vestidos a la antigua usanza española y que son los encargados de detener a cualquiera que trate de infringir las severas leyes porque se rige el espectáculo. Detrás van los picadores, a caballo, con las picas. Sus originales sombreros de ala ancha van adornados con cintas de colores, y la chaquetilla, de seda con bordados, contrasta por su ligereza con la pesada protección de las piernas, forradas de hierro y cuero, que les da el desgarbado aspecto de un postillón francés; pero esa precaución es necesaria para defenderlas de los cuernos del toro. Siguen luego los chulos, ataviados como Fígaro en la ópera, y llevan además capas de seda de alegres colores. Los matadores van detrás de ellos, y, cerrando el cortejo, un tiro de mulas, ricamente enjaezadas, destinado a arrastrar a los toros muertos fuera del redondel. En cuanto a los toreros, al que muere en la plaza, si no puede confesarse, se le niega el entierro en sagrado. Como suelen proceder del populacho, son muy supersticiosos, y van cargados de reliquias, talismanes y otros amuletos papales. Un cura, sin embargo, está de guardia con los sacramentos, para el caso de que haya que dar Su Majestad a un torero herido mortalmente.
Después de saludar a las autoridades, se retiran todos y suena el clarín fatal; entonces el presidente echa la llave de la puerta por donde ha de entrar el toro, a uno de los alguaciles, que debe recogerla en el sombrero. Cuando la puerta se abre, el digno funcionario galopa todo lo que puede, entre los silbidos y gritos de la multitud, no porque monte como un ministril, sino por la instintiva enemistad con que la chusma distingue al servidor de la ley, igual que los pajarillos gustan de chillarle a un halcón; y más de mil amables corazones le desean que el toro le alcance y le cornee. Mientrastanto, el brillante ejército de lidiadores se derrama como una granada que revienta, y ocupa sus respectivos sitios, con la misma regularidad con que los hacen nuestros jugadores de cricket.
Y en este punto comienza el verdadero espectáculo, que consta de tres actos. Cuando se levanta el telón es un momento muy emocionante; todos los ojos están pendientes de la primera aparición del toro en este escenario, porque nadie puede decir cómo ha de comportarse. Al darle salida de su negra celda parece al principio pasmado de la novedad de su situación; arrancado de sus pastos, prisionero y expuesto al público, atolondrado por el ruido, mira un instante alrededor, a la muchedumbre, al resplandor y a los pañuelos que se agitan, ignorante del destino que inevitablemente le aguarda. En el morrillo lleva clavada una cinta, la divisa, que es la marca del ganadero, y el picador trata de arrancársela para ofrecérsela como trofeo a su novia. El toro está condenado a muerte sin remisión, ya se porte bien, ya se resista desesperadamente; toda la tragedia tiende y se precipita a este desenlace, que aunque obscuramente bosquejado de antemano, como en una tragedia griega, no disminuye el interés, puesto que todos los cambios y suertes intermedios son inciertos; de ahí la excitación sostenida porque la acción puede pasar, en un instante, de lo sublime a lo ridículo, de la tragedia a la farsa.
Apenas el toro recobra sus sentidos, cuando su furia espléndida, semejante a la de Aquiles, enciende todos sus miembros, y con cerrados ojos y abatidos cuernos se precipita contra el primero de los tres picadores, que están colocados a la izquierda, junto a las tablas, o sea, la barrera de madera que rodea el anillo. El jinete se mantiene sobre su tembloroso Rocinante, con la pica bajo el brazo derecho, tan firme y valiente como Don Quijote. Si el animal no es muy bravo, la afilada punta detiene su acometida, porque recuerda bien esta garrocha con que le han educado e impuesto disciplina los vaqueros, y un picador hábil aprovecha este momento para volver el caballo a la izquierda y librarse del bruto. Los toros, aun cuando irracionales, saben al momento si sus enemigos son valientes y diestros, y les disgustan particularmente las picas. Si huyen y no dan cara al picador, se les grita como a viles malhechores que quieren defraudar al público, y se les insulta llamándoles «cabras» o «vacas», cosa al parecer muy ofensiva para ellos; estos criminales son, además, fuertemente apaleados cuando pasan cerca de la barrera por bosques de palos que el populacho lleva ya a prevención; el que usan los majos para ir a los toros es especialmente típico y se llama la chivata; tiene de cuatro a cinco pies de largo y termina en un bulto o porra; la empuñadura es ahorquillaba, y en ella se mete el pulgar; va pelado o pintado, en anillos alternados, negros y blancos o rojos y amarillos. La gente baja se conforma con un vulgar garrote, pero prefiriendo siempre los que tienen un nudo al final, para que el golpe que con él se dé sea más eficaz. Este instrumento se llama porro, por ser pesado y grueso.
Y en verdad que esta paliza no parece inmerecida, pues las cualidades que ennoblecen la tauromaquia son el valor, la destreza y la energía, y, cuando faltan, la carnicería con todos sus incidentes repugnantes resulta repulsiva para el extranjero; pero para él sólo, pues las emociones más suaves de piedad y compasión, que rara vez mitigan ningún asunto de la dura Iberia, están aquí completamente desterradas del corazón de los naturales; entonces sólo tienen ojos para las manifestaciones de destreza y de valor, y apenas si advierten esos crueles incidentes que embargan y horrorizan al extranjero, el cual, por su parte, también está ciego para aquellas excelencias que redimen el espectáculo y en las que sólo está puesta la atención de los espectadores. Ahora se ha vuelto la tortilla para el extranjero, cuya imaginación estética puede ver la poesía y belleza de los pintorescos harapos y las derruídas aldeas españolas, y está ciego para la pobreza, miseria y falta de civilización, que es lo único a que atiende el español de las clases cultas, en cuya alma exaltada resplandecen los futuros bienestares que le proporcionará el algodón.
Cuando el toro sale de la acometida del primer picador, pasa por los otros dos, que le reciben con la misma cordialidad. Si el animal es dominado por la destreza y valor de los picadores, se celebra la victoria del hombre con atronadores aplausos, y si, por el contrario, vence al jinete y al caballo, entonces—pues la distribución de elogios y censuras se hace con la más perfecta justicia—las aclamaciones son para el fiero señor de la arena y se grita con entusiasmo: ¡Bravo toro! ¡viva el toro!, deseándole una larga vida los miles de espectadores, que saben que ha de morir antes de veinte minutos.
Un animal valiente no se acobarda por una herida de una pulgada, sino que, acorneando al caballo en el flanco, se anima y cobra coraje con el «bautismo de sangre», progresando en su carrera de honor, de sangre y de gloria. Los picadores están muy mal montados por lo general, pues los caballos los proporciona al más bajo precio posible un contratista, el cual corre el riesgo, sean muchos o pocos los que se matan. Son, en realidad, la única cosa que se economiza en este lujoso espectáculo, y son unos pencos propios solamente para la perrera de un señor inglés o para el carruaje de un pair extranjero. Esta circunstancia aumenta el riesgo en que se halla el jinete, pues en los combates antiguos se utilizaban caballos sumamente ligeros y vivos que, rápidos como el relámpago, al menor contacto escapaban a la mortal acometida. Los pobres caballejos, que no verían tranquilos acercarse la muerte, llevan los ojos vendados como los criminales al dirigirse al lugar de la ejecución y no pueden ver la fatal acometida del cuerno que ha de acabar con su vida de miseria.
Los picadores sufren tremendas caídas: el toro, muchas veces, da en el suelo con caballo y jinete juntos, y cuando sus víctimas caen con estrépito al suelo, sacia su furia en sus postrados enemigos. El picador, siempre que puede, procura caer del lado contrario al en que esté el toro, y de este modo el caballo le sirve de barrera y de muralla entre él y el toro. Cuando ocurren estas mortales luchas en que la vida pende de un hilo, en todas las cabezas que pueblan el anfiteatro pueden verse reflejados la ansiedad, la impaciencia, el miedo, el horror y la satisfacción en los agresivos rostros: si la felicidad consiste en la cualidad, intensidad y concentración de sentimientos más que en la duración de ellos, y así es en efecto, estos momentos de excitación son mucho más preciosos que años enteros de plácido, insípido y uniforme estancamiento. Estos sentimientos alcanzan un grado máximo de excitación cuando el caballo, enloquecido por las heridas y el terror, sumergido en la lucha mortal, con sus rojas cicatrices veteando su cuerpo cubierto de espuma y de blancuzco sudor, huye del furioso toro, que sin cesar le persigue y acornea; en este punto es cuando se pone de relieve el valor, la presencia de ánimo y la maestría del diestro y sereno picador. Es realmente un lastimoso espectáculo el ver a los pobres y lacerados caballos pisoteándose las entrañas, y, sin embargo, sacando valientemente ilesos a sus jinetes. Pero, así como en los sacrificios paganos, los palpitantes intestinos, temblorosos de vida, eran los presagios más propicios (¿con qué no nos familiarizará un hábito precoz?), del mismo modo a los españoles no les afecta más la realidad que a los italianos el abstracto tanti palpiti, de Rossini.
Cuando el miserable caballo está muerto, es sacado a rastras, marcando su paso con un reguero de sangre en la arena, como los lechos de los ríos en las llanuras áridas de Berbería se señalan por una roja franja de floridas adelfas. En estos terribles momentos, todas las simpatías están de parte del picador: los hombres se ponen en pie, las mujeres gritan; pero pronto se tranquiliza todo; y el picador, si está herido, se le saca fuera y se le olvida, porque a muertos y a idos, no hay amigos; nadie le echa de menos; otro le reemplaza, la batalla sigue con encarnizamiento, las heridas y la muerte están a la orden del día, y como surgen nuevos incidentes, no hay lugar para la lástima ni para la reflexión. Recordamos haber visto en Granada a un matador terriblemente acorneado por un toro; le sacaron de la plaza como muerto e inmediatamente ocupó su puesto su hijo, con la misma sangre fría con que un vizconde hereda los estados y el título del conde, su padre. Carnerero, el músico, murió tocando el violín en un baile, en Madrid, el año 1838, y ni los demás músicos ni los bailarines se detuvieron un momento. El valor de los picadores es grande. Francisco Sevilla, en una ocasión, había sido derribado por el toro y se hallaba caído debajo de su caballo agonizante, y cuando el toro le embistió, agarró al bicho por las orejas, y volviéndose al público, se echó a reír; pero, en realidad, los largos cuernos del toro no le permiten fácilmente acornear a un hombre que está en el suelo; generalmente le olfatea y no permanece largo tiempo ocupado con su víctima, porque su atención es desviada por los brillantes capotes de los chulos, que acuden instantáneamente al quite. Con todo, puede asegurarse que pocos picadores, aunque sean de bronce, tiene una costilla sana en su cuerpo. Cuando uno es retirado aparentemente muerto, pero vuelve inmediatamente montado en un nuevo caballo, la atronadora ovación del público domina el mugido de mil toros. Pero si se diera el caso de que el herido no volviese, n’importe, pues por muy cortejado que esté fuera de la plaza, ahora se le considera como al gladiador entre los romanos, poco menos que a una bestia, o algo así como a un esclavo bajo la perfecta igualdad y derechos del hombre de la república modelo.
Al pobre caballo se le aprecia aún menos y es de todos los actores el que más vivo interés despierta a los ingleses, verdaderos aficionados y criadores del noble animal, y por mucho que esté habituado a las corridas de toros, nunca podrán reconciliarse con sus sufrimientos y malos tratos. Los corazones de los picadores están tan desprovistos de sentimiento como sus piernas forradas de hierro; sólo piensan en sí mismos y tienen un tacto exquisito para conocer cuándo es o no mortal una herida. Por consiguiente, si la cornada ha herido algún órgano vital, apenas el enemigo se dirige contra una nueva víctima, el picador experimentado desmonta tranquilamente, recoge la silla y las bridas, y, andando torpemente, se retira pidiendo como Ricardo otro caballo[35]. Cuando se despoja de estos avíos al pobre animal, tiene un aspecto de lo más derrotado, tambaleándose de aquí para allá como un borracho hasta que el toro le acomete de nuevo y le tumba; entonces queda moribundo e ignorado en la arena, o si se le presta atención, es sólo para servir de mofa al populacho; y al estremecerse su cola en las agonías de la muerte, se oye decir en tono de guasa: ¡Mira, mira qué cola! Estas palabras y esta escena las tenemos aún grabadas profundamente por ser las primeras que impresionaron nuestros inexperimentados ojos y oídos en la primera embestida del primer toro de nuestra primera corrida. Cuando estábamos contemplando la escena, totalmente abstraídos del mundo, sentimos que nos tiraban de los faldones de la levita, como un sollo voraz cuando pica en el anzuelo, y era que había pescado, o más bien me había pescado una venerable bruja cuya rápida percepción había adivinado en mí a un novato, a quien su benevolencia impulsaba a aleccionar, pues aun en las cenizas viven los fuegos habituales; un brillante y fiero ojo fulguraba lleno de vida en una cara arrugada y muerta, a la que las malas pasiones habían surcado como a las laderas agostadas por la lava de un volcán apagado, y desecada, como gato emparedado muerto de hambre, en huesos cubiertos de pellejo de la que, con perdón sea dicho, el sexo había desaparecido. Si la herida recibida por el caballo no es instantáneamente mortal, el sangriento boquete es taponado con estopa y la fuente de la vida atascada por unos minutos. Si la ijada sólo está parcialmente rota, se empujan para dentro los salientes intestinos—no hay operación de hernia que se realice la mitad de bien por los cirujanos españoles—y se cose la raja con una aguja y bramante. Así se prolonga la existencia para que sufra nuevas torturas y se ahorran unos cuantos duros para el contratista; pero ni la muerte ni las laceraciones excitan la menor piedad, al contrario, cuanto más sangriento y fatal es el espectáculo se le considera más brillante. Y es inútil protestar, o preguntar por qué los heridos pacientes no son piadosamente matados en seguida; el utilitario español no gusta de ver interrumpido el orden del espectáculo y estropeado por lo que considera como remilgos extranjeros y como simplezas. ¡Qué, eso no vale ná!; eso en el caso de que condescienda a responder a vuestros disparates con algo que no sea un encogimiento de cortés menosprecio. Pero los gustos nacionales son diferentes. «Señor—decía un regidor al doctor Johnson—, por pretender escuchar vuestros largos discursos y daros una breve respuesta me he tragado dos pedazos de tocino crudo sin tomarles el gusto. Os ruego, pues, que me dejéis gozar de mi actual felicidad en paz y en gracia de Dios.»