El toro es el héroe del espectáculo, pero como Satán en el Paraíso perdido, está predestinado: nada puede salvarle del destino que le aguarda, sea bravo o sea cobarde. Los pobres bichos tratan en vano algunas veces de escapar, y tienen refugios favoritos a los que escapan, o bien saltan la barrera, entre los espectadores, originando una gran guasa y alboroto, derribando a aguadores y elegantes, poniendo en fuga a guardias y a viejas y proporcionando un infinito deleite a los que se sientan tranquilamente en los palcos, porque, como dice Bacon: «es un placer estar en la ventana de un castillo y ver una batalla y sus riesgos allá abajo». Los toros que demuestran esta cobarde actividad son insultados: suenan gritos de fuego y perros, y son condenados a que les lancen los perros. Como los perros españoles no son ni con mucho tan denodados como los agresores ingleses de toros, tardan más en su cometido y muchos de ellos son destrozados.

«Up to the stars the growling mastiffs fly
And add new monsters to the frighted sky[36]

Cuando, por fin, el pobre bruto es vencido se le hiere en el espinazo, como si sólo fuera bueno para el matadero, por ser un buey paisano y no un toro militar. Todos estos procedimientos son considerados como mortales insultos; y cuando más de un toro muestra esta condición cobarde, frustrando más altas expectativas, se levanta entonces al grito de: ¡Cabestros a la plaza!, lo cual es una mortal afrenta para la empresa, pues supone que ha presentado animales más propios del arado que del circo. La indignación del populacho es terrible, pues si queda defraudado en su deseo de ver correr la sangre de los toros, querrá lamer la de los hombres.

Algunas veces el toro es molestado con figurones rellenos de paja con los pies emplomados, que se levantan cada vez que los derriba. Un autor antiguo dice que en tiempo de Felipe IV «algunas veces se montaba a un villano sobre un penco exponiéndole así a la muerte». Otras veces, para divertir al populacho, se saca al ruedo un mono atado a una pértiga. Este arte de atormentar ingeniosamente es considerado por ciertos enérgicos filosimios extranjeros como un homicidio injustificable; y lo cierto es que todos estos episodios son despreciados como irregulares hors d’œuvres por la verdadera afición.

Al cabo termina el primer acto, cuya duración varía mucho. Algunas veces es de lo más brillante, pues ha salido toro que ha matado una docena de caballos y ha limpiado la plaza. Entonces se le adora, y conforme anda de un lado para otro, dando resoplidos, dueño y señor por donde quiera que pisa, es el único objeto de adoración de diez mil aficionados. A la señal del presidente y sonido de una trompeta, comienza el segundo acto con las habilidades del chulo, palabra que en árabe significa un chaval, un tíovivo, como en nuestras ferias. El deber de esta división ligera, de estos guerrilleros, es apartar al toro del picador cuando estos están en peligro, cosa que hacen con sus capotes de colores; su destreza y agilidad son sorprendentes, pues se deslizan sobre la arena como relucientes colibríes, sin tocar apenas la tierra. Van vestidos con calzón corto y sin polainas, como Fígaro en la ópera del Barbero de Sevilla. Llevan el cabello recogido por detrás en un moño y metido en la antiguamente universal redecilla—el mismo reticulum—de que tantos ejemplos se ven en los viejos vasos etruscos. Ningún torero llega al final de su carrera sin haber antes sobresalido en su aprendizaje; entonces aprenden cómo atraerse al toro, la manera cómo éste embiste y cómo se dan los quites. El momento más peligroso es cuando los chulos se aventuran hasta el medio de la plaza y el toro les persigue hasta la barrera. Tiene ésta un pequeño estribo sobre el cual apoyan el pie para saltar al otro lado, y ya dentro de la barrera hay una estrecha abertura por la que se escurren. Es maravilloso cómo escapan y se libran por un pelo; a veces van seguidos tan de cerca por el toro, que parece verdaderamente como si los cuernos de éste le ayudasen a saltar la barrera. En la segunda parte, los chulos son los únicos actores; su papel consiste en colocar a cada lado del cuello del animal unos dardos puntiagudos que se llaman banderillas, y están adornados con papel cortado de diferentes colores; alegre ornato que oculta su crueldad. Los banderilleros van derechos al toro cogiendo las flechas por el mango y dirigiendo las puntas al toro; y justamente cuando el animal se agacha para cornear a sus enemigos se las clavan en el cuello y se escapan a un lado. Esta suerte parece más peligrosa de lo que es en realidad, pero requiere mucha vista y pies y manos muy ligeros. Las banderillas deben ponerse justamente en el mismo sitio a cada lado del cuello. Cuando están bien puestas dicen los españoles que son buenos pares, y los franceses con su instinto peluquero llaman a esto coiffer le taureau.

Algunas veces los dardos van provistos de petardos, que, merced a una pólvora detonante, explotan en el momento que se clavan en el cuello; por eso se les llama banderillas de fuego. El sufrimiento del tostado y torturado animal le hace saltar y brincar como un cordero juguetón, con gran alegría del populacho, mientras que el fuego, el olor del pelo chamuscado y de la carne asada, que nuestros gastronómicos vecinos llamarían un bifsteck à l’espagnole, les recuerda débilmente a muchos morenos y ceñudos curas las altas atracciones de su antiguo anfiteatro, el auto de fe.

Por fin suena la última trompeta, la plaza se despeja y el matador, el ejecutor, el hombre de la muerte, queda solo con su víctima: al aparecer dirige un discurso al presidente y tira la montera al suelo. En la mano derecha lleva un estoque toledano; en la izquierda flamea la muleta o engaño, que no debe ser (así se lo oímos decir a Romero) ni tan grande como el estandarte de una hermandad, ni tan pequeño como el pañuelo de una señora, sino que debe tener, aproximadamente, una vara en cuadro. Es siempre encarnada, porque es el color que más excita al toro y disimula la sangre. Siempre hay un matador de reserva, para caso de accidente, cosa que puede suceder en la corrida de toros mejor organizada.

Al quedarse solo el matador concentra sobre sí toda la atención de la multitud, que antes compartía con los demás combatientes, como ocurría con los antiguos espectáculos de gladiadores en Roma. Se adelanta hacia el toro con objeto de atraerle hacia él o, hablando en buenos términos técnicos, para citarlo a la jurisdicción del engaño; en buen inglés, emplazarlo, o, como en nuestros partidos se diría, «meter la cabeza en el Supremo»[37]. Y este juicio es casi tan horrible, pues el matador está en careo con su enemigo, en presencia de testigos inexorables, curia y jueces, que preferirían ver al toro matarle dos veces, que no que él matase al toro contrariamente a las reglas y prácticas de los precedentes judiciales y taurómacos. En estos breves, pero penosos momentos, el matador aparece generalmente pálido y ansioso, y no es para menos, pues su vida pende de un hilo, pero presenta una fina imagen de firme voluntad y de concentración de energía moral. Séneca dijo muy bien que el mundo ha visto tantos ejemplos de valor en los gladiadores como en los Catones y Escipiones.

El matador procura darse cuenta rápidamente del carácter del animal, y examina con ojo más perspicaz que Spurzheim sus protuberancias de combatividad, destructividad y otros órganos amables, y no tiene mucho tiempo que perder en esta investigación, en la cual un error sería fatal, pues uno de los dos ha de morir, y puede suceder que ambos. Aquí, como dice Falstaff, no hay azotes, excepto en la cabeza. A menudo, aun el bruto parece comprender que ha llegado el último momento, y se detiene al verse cara a cara en mortal duelo con un solo adversario. Como quiera que sea, el contraste es sorprendente. El matador va vestido con un traje propio para un baile, sin más escudo que su habilidad, y como si aquello fuera un entretenimiento. En él todo es sangre fría; en el animal, todo furia; y hay que aprovechar el tiempo, porque entonces el conocimiento es poder, y si el bruto pudiera razonar, el hombre escaparía difícilmente. Mientras tanto, los espectadores se hallan poseídos de más furor aún que el pobre toro, que ha sufrido una larga tortura y se ha visto excitado continuamente. En este instante, es un magnífico modelo para Paul Potter; los ojos echando fuego, las hinchadas narices rugiendo furiosamente, el cuerpo cubierto de sudor y de espuma o cubierto de un sangriento barniz que brota de sus abiertas heridas. ¡Mira qué hermoso cuerpo lleno de sangre!—exclamaba la digna vieja, que, como antes dijimos, era lo bastante amable para hacer resaltar ante nuestra vista inexperta los más escogidos trozos del festín, las perlas de mayor precio.

Hay varias clases de toros, cuyo carácter varía casi tanto como el de los hombres: unos son bravos y codiciosos; otros, tardos y pesados; otros, recelosos y cobardes. El matador juega y entretiene al toro hasta que descubre su disposición. El principio fundamental consiste en la manera de atacar del bruto, en cómo agacha la cabeza y cierra los ojos antes de cornear; el secreto para dominarle está en distinguir si toma la ofensiva o si está a la defensiva. Los que no tienen miedo y se lanzan al trapo de repente, cerrando los ojos, son los más fáciles de matar; los que son marrulleros y casi nunca atacan rectamente, sino que se paran, escurren el cuerpo, y se tiran al bulto y no a la muleta, son los más peligrosos. El interés de los espectadores es más vivo cuanto mayor es el peligro.