UNA vez presenciada una corrida de toros, el espectáculo de España, los que sólo deseen pasar el tiempo agradablemente pueden hacer refrendar sus pasaportes para Nápoles. En España, una agradable vida de campo, según nosotros la entendemos, no es una cosa posible, y lo que la sustituye es una existencia provisional de beduíno, que si es divertida para corto tiempo, es insoportable a la larga. No es mucho mejor la vida en las provincias; las del interior tienen un aspecto de convento, muerto y anticuado, que deja helada a una persona briosa y viva. Los mismos artistas, después de tomar sus apuntes, se sienten inclinados al suicidio para ahuyentar al aburrimiento, el dios de la localidad. Madrid mismo es una ciudad poco sociable, de segundo orden e inhospitalaria; una vez visto el Museo, ido al teatro y dadas unas vueltas por el eterno Prado, cuanto más pronto sacuda el viajero el polvo de sus zapatos, mejor para él. Los puertos de Levante, como son más frecuentados por los extranjeros, resultan un poco más cosmopolitas, alegres y divertidos; pero, hablando en términos generales, las diversiones públicas son cosa casi desconocida en este país medio moro. La tranquila contemplación del humo del cigarro, y el dolce far niente de una tranquila indolencia, acompañada de calmoso palique, les basta. Mientras para otras naciones el carecer de placeres es una desgracia, para el español es un placer no tener la desgracia de hacer esfuerzo alguno; la existencia es la mayor felicidad para él, y, en cuanto a trabajar, sólo desea hacer hoy lo mismo que hizo ayer y lo que hará mañana, es decir, nada. Así se pasa la vida en una soñolienta y negligente rutina, con la sola seria excepción de los asuntos de amor; dejadle, dejadle tranquilo y fumando. Cuando despierta, la alameda, la iglesia, los toros y las citas son sus principales diversiones, y éstas se gozan más que en ninguna parte, en las provincias del sur, la tierra también del cante y del baile, de los soles y los ojos brillantes y de las mujeres de pie pequeño.

El teatro, que en otras partes constituye un medio tan importante para que el forastero pase la noche, está en una gran decadencia en España, a pesar de que, como nadie hace nada, ni está cansado de negociar y de ganar dinero durante el día, parece que debería ser, precisamente, lo que hiciera falta; pero es demasiado caro para la pobreza general. Además, los que durante cuarenta años han tenido verdaderas tragedias en su casa, les falta esa superabundancia de felicidad que está dispuesta a pagarse el lujo de ver las penas ficticias de los demás.

Verdaderamente, el drama en España, como otras muchas cosas, fué creación accidental de un período; protegido por Felipe IV, tan amigo de diversiones, floreció al calor de su sonrisa, languideció al verse privado de ella, y luego no tuvo fuerza para resistir la firme hostilidad del clero, que se opuso a este rival de sus propios espectáculos religiosos y melodramas eclesiásticos, de los que había nacido el teatro enemigo. No son aún raros los primitivos misterios medievales, pues los hemos visto representar en Pascua de Resurrección; de vez en cuando los sagrados asuntos gravemente profanados para ojos protestantes, son contemplados complacidamente por los naturales con fe demasiado sincera y sencilla para permitir ni siquiera una sospecha del gran absurdo; pero en todas partes de España ha sido materializado lo espiritual, y lo divino rebajado hasta lo humano en las iglesias y fuera de ellas; el clero atacó a la escena, negando, al morir, el entierro en sagrado a los actores, a los que, durante su vida, no les permitía llamarse «don», el amado título de todos los españoles. Naturalmente, como en esta nación en que tanto se estima a sí propio la gente, nadie es capaz de abrazar una profesión menospreciada, si puede evitarlo, pocos han querido ser declarados oficialmente vagabundos, y tampoco ha salido de entre ellos ningún Garrick ni Siddons capaz de acabar con los prejuicios por sus virtudes públicas y privadas.

Todavía en este mismo siglo XIX había confesores de familias que prohibían a las mujeres y a los niños aun el pasar por las calles donde están enclavados «estos templos de Satanás». Y los frailes mendicantes se colocaban por la noche a las puertas de los teatros para advertir a los temerarios el insondable abismo a que se dirigían, del mismo modo que nuestros metodistas distribuyen el día del Derby, en las barreras, folletos contra las carreras. En 1823, los frailes de Córdoba consiguieron que se cerrara un teatro porque las monjas de un convento frontero decían que veían al diablo y sus secuaces bailar fandangos en el tejado. Aunque, a su vez, los frailes han sido arrojados de las tablas españolas, el drama nacional ha hecho su salida casi al mismo tiempo que ellos. El teatro antiguo y clásico fué el espejo de la naturaleza española y en él se reflejaron sus usos y costumbres. Su objeto era más bien divertir que instruír, y como la literatura, su hermana en la exposición de la nacionalidad existente, ponía en acción lo que las novelas picarescas describían detalladamente. En ambas, el vanidoso hidalgo era el héroe; envuelto en su capa, con sus largos bigotes y ceñida la espada, taconeaba en el escenario, galanteaba y peleaba como correspondía a un viejo castellano, de los que Carlos V había hecho el terror y el modelo de Europa. Entonces España, lo mismo que una belleza afortunada, tenía un orgulloso placer en mirarse al espejo; pero hoy, que las cosas han cambiado, se avergüenza al contemplar la imagen de sus arrugas y cabellos blancos; su bandera es un andrajo, sus vestidos están rotos y se estremece con la humillación de la verdad. Si aparece en el teatro es para revivir días pasados, para resucitar al Cid, al Gran Capitán, a Pizarro; así, eludiendo el presente y rememorando el ayer glorioso, abriga la esperanza de un porvenir brillante. Así, pues, las comedias que representan cosas y costumbres modernas son rechazadas por el patio y la cazuela como vulgares y fuera de tono; es más, aun a Lope de Vega sólo se le conoce ahora de nombre; sus comedias son relegadas de las tablas a los estantes de las librerías; y eso, en su mayor parte, fuera de España. Ha pagado el pecado evidente de su localismo nacional y de haber pintado a los hombres como una variedad española, más bien que como una especie universal. Reinó en la escena, pero su hora ha pasado; mientras que su contemporáneo, el bardo de Avon, que representó a la humanidad y a la naturaleza humana, la misma en todos los momentos y en todas partes, vive en el corazón humano tan inmortal como el principio en que se basa su influencia.

En las antiguas comedias españolas, las escenas imaginarias estaban tan llenas de intrigas como la vida real; el honor era entonces el punto principal, las mujeres estaban encerradas celosamente en verdaderos harenes y el llegar hasta ellas, cosa fácil hoy, constituía la dificultad para los amantes. La curiosidad de los espectadores estaba como sobre ascuas para ver cómo los amantes podrían encontrarse y salir del consiguiente embrollo. Estos enredos y laberintos eran los más propios para un pays de l’imprévu, donde las cosas suceden siempre al revés y contra todo cálculo lógico. La acción del drama español estaba tan llena de acción y de energía como el francés de monótonas descripciones y declamaciones. Los Borbones, que acabaron con las corridas de toros típicas, arruinaron también el drama nacional; una inundación de unidades, de reglas, de altisonantes contrasentidos y convencionalismos se desbordó sobre los asombrados y asustados Pirineos, y el teatro, como la plaza de toros, empezó a ser víctima de los que, en su idea unilateral de la civilización, sólo reconocían un género de bondad, que era la que veían a través de los gemelos del Palais Royal. Calderón fué calificado de ser tan bárbaro como Shakespeare, y los que les condenaban no entendían una palabra de ninguno de los dos. Y ahora, de nuevo, con esta segunda irrupción de los Borbones, Francia ha llegado a ser el modelo de esa misma nación, de la que sus Corneilles y Molières hurtaron muchas plumas que les ayudaron a remontarse a la fama dramática. Ahora España se ve reducida al triste recurso de copiar a su discípula de ayer las mismas artes que ella antaño enseñara, y sus mejores comedias y farsas no son sino pobres versiones de Monsieur Scribe y otros escritores de vaudeville. Su teatro, como todo lo demás, ha caído en una pálida copia de su dominante vecina, y está igualmente desprovisto de originalidad, de interés y de nacionalidad.

De España también copió Europa la distribución del nuevo teatro; los primeros eran sencillamente patios cubiertos a la usanza de los clásicos de Thespis. El patio se convirtió en la platea, donde no se permitía la entrada a las mujeres. Los ricos tomaban asiento en las ventanas de las casas que daban a él, y, como casi todos en España tienen rejas de hierro, de aquí vino la frase francesa loge grillé que se aplicaba a un palco particular. En el centro de la casa, sobre el patio, se levantaba una especie de galería ancha y baja que se llamaba la tertulia, nombre que en aquel tiempo se solía dar al sitio de reunión de los eruditos, entre los cuales en aquel tiempo estaba de moda citar a Tertuliano. Las mujeres, excluídas del patio, tenían un sitio reservado para ellas, en el cual no podían entrar los hombres, costumbre basada en la separación de sexos gótico-árabe. Este lugar, reservado al elemento femenino, se llamaba la cazuela o la olla, sin duda por la mezcla o bodrio de clases, y también solían decirle la jaula de las mujeres o el gallinero. Todas iban allí vestidas de negro y con mantilla, lo mismo que a la iglesia. A primera vista aquel obscuro conjunto de negras trenzas, lustroso cabello y más negros ojos, parecía como la galería de un convento de monjas; aquello era, sin embargo, un símil de disimilitud, porque, apenas había en la representación escénica un momento de pausa, se levantaba tal arrullar y graznar en aquel enjambre de tórtolas, tales ojeadas, tal revoloteo de mantillas, crujir de sedas, telegráficas señales de abanicos y eléctrica comunicación con los señores de abajo, que contemplaban con ansiosas miradas el moreno racimo de aquella viña tan inasequiblemente colocada allá arriba fuera de su alcance, que de hecho rechazaba toda idea de reclusión, de tristeza o de mortificación. Esta cazuela, única y pintoresca, acaba de desaparecer ahora en Madrid, porque como no se usa en Covent Garden ni en Le Français, podía parecer anticuada y antieuropea.

Los teatros de España son muy pequeños, aun cuando se les llama coliseos, y mal dispuestos; el guardarropa y los adornos son tan escasos como los de los espectadores, sin exceptuar siquiera a Madrid. Cuando están llenos, los olores son ultracontinentales, y se parecen a los que predominan en París cuando el pueblo acude a una representación gratuita; y en los teatros españoles no se usa un incienso neutralizador, como hace el prudente clero en sus iglesias. Si se analizara la atmósfera por Faraday, se encontrarían en la misma proporción el humo de tabaco añejo y el tufo de ajo fresco. El alumbrado, excepto en las raras ocasiones en que el teatro, según dicen, se ilumina, está justamente proyectado para hacer la obscuridad visible, y no había manera de ver en el gallinero, hacia al que en vano se alzaban los ojos y anteojos de los zorros del patio.

La tragedia española, incluso cuando declama el Cid, es pesada; su lenguaje altisonante; la declamación campanuda, francesa y afectada, y la pasión queda hecha andrajos. Los sainetes o farsas son burdos, aunque divertidos, y están perfectamente representados; los verdaderamente nacionales van desapareciendo, pero los que aun se ven están llenos de sarcasmo, sátira, intriga, chispa e ingenio, a que tan aficionados son los españoles; como que no hay pueblo tan profundamente dramático y serio en la venta, en la plaza, en la iglesia y en todas partes. Los actores, al representar estas farsas, dejan de ser cómicos y la escena resulta una de la vida real; generalmente hay un gracioso, favorito del público, de la especie de los Liston y de los Keeley, que está en excelentes términos con el patio, que hace y dice lo que quiere, que mete en el diálogo sus propios chistes y que provoca una carcajada apenas se presenta.

La orquesta no tiene importancia ninguna; los españoles son muy aficionados a lo que ellos llaman música, lo mismo vocal que instrumental; pero que es oriental y muy distinta de las exquisitas melodías y representaciones de Italia o Alemania. Del mismo modo, aunque ellos han bailado sus rudas canciones desde tiempo inmemorial, no tienen la menor idea de la gracia y elegancia del baile francés, y en cuanto se atreven con él, resultan ridículos, pues son malos imitadores de sus vecinos, lo mismo en cocina que en idioma o que en trajes; en realidad, un español deja de ser un español en la misma proporción en que es un afrancesado; imitan al saltamontes en sus saltos y chirridos y tienen un genio natural para la jota y el bolero. El mayor encanto de los teatros españoles es el baile nacional, incomparable, inimitable y único, y sólo para ser bailado por andaluces. Es la salsa de la comedia, la esencia, la crema, la sauce piquante de los espectáculos nocturnos; se intenta describirlo en todos los libros de viajes—porque ¿quién puede describir el sonido o el movimiento?—, pero es preciso verlo. Por aburrido que esté el teatro, por seria que sea la comedia o divertida la tragedia, el sonido de las castañuelas despierta al más indiferente; el agudo e inquietante repiqueteo se oye entre bastidores y el efecto es instantáneo: resucita a un muerto; paraliza las lenguas de innúmeras mujeres; on n’écoute que le ballet. Se levanta el telón y la brincadora pareja aparece por opuestos lados, como dos amantes separados que, después de larga busca, se vuelven a encontrar, y parece como si el público no existiera para ellos y sólo vivieran el uno para el otro. El brillo del fino traje del Majo y la Maja parece inventado para este baile: el centelleo del oro y de la filigrana prestan más ligereza a sus movimientos; la saya trasparente y que dibuja la forma de la mujer, realza el encanto de la línea armónica que gustosamente ocultaría, y no tiene cruel corsé que aprisione su serpentina flexibilidad. Se detienen, se inclinan un momento hacia adelante, probando la flexibilidad de sus miembros y de sus brazos; rompe la música, vuélvense tiernamente el uno hacia el otro y despiertan a la vida. ¿Qué ejercicio puede hacer resaltar mejor los siempre variables encantos femeninos, y los perfiles de las formas varoniles, que este baile fascinador? El acompañamiento de las castañuelas da ocupación a los levantados brazos. Los franceses dicen: C’est la pantomime de l’amour. El enamorado joven persigue a la esquiva y coqueta moza; ¿quién describirá sus requerimientos, la tímida retirada de ella, su ávida persecución, como Apolo, tratando de alcanzar a Dafne? Ya se miran uno a otro, ya dirigen la vista al suelo; tan pronto es todo vida, amor, movimiento, como después sigue una pausa y se quedan inmóviles y como clavados en tierra. Este baile triunfa de todo, pues lleva consigo una verdad que venga a cualquier descontentadizo. ¡Lejos, pues, la estudiada gracia de la danseuse francesa, bella, pero artificial, fría y egoísta, como el aleteo de su amor, comparada con el apasionado abandono de las hijas del sur! En este baile no hay nada indecente; nadie se cansa de verle, o tanto peor para él, y, si algún defecto se le encuentra, es el ser demasiado corto, porque, como Molière dice: «Un ballet ne saurait être trop long, pourvu que la morale soit bonne, et la métaphysique bien entendue». A pesar de esta profundísima observación, el clero toledano, por un exceso de celo, quería abolir el bolero, pretendiendo que era inmoral. Se permitió que a manera de testimonio, los bailarines diesen «una representación» ante el tribunal: cuando empezaron a bailar, los señores magistrados mostraron síntomas de intranquilidad, y, por último, desechando togas e informes, se lanzaron, como si les hubiera picado la tarántula, a hacer una cabriola, absolviendo a los acusados, pero condenándoles a pagar las costas.

Este baile nacional, aunque es adorado por los extranjeros, empieza ¡ay! a ser despreciado por esas mal aconsejadas señoras que van a los palcos con sombreros franceses en vez de mantillas españolas. Se supone que el baile no es europeo o civilizado, y el mejor albur para su supervivencia, es que está positivamente de moda en los escenarios de Londres y París. Entre la gente del pueblo, sin embargo, todos los bailes nacionales están muy arraigados. Las diferentes provincias, del mismo modo que tienen lenguaje y costumbres diferentes, tienen también sus peculiares danzas locales, que, del mismo modo que sus vinos, bellas artes, reliquias, santos y salsas, sólo pueden ser verdaderamente saboreados en sus propios sitios de origen.