Los bailes de sociedad de las clases elevadas de España se diferencian muy poco de los de otros países, y ninguno de los dos sexos se distingue por su gracia especial en ellos, aun cuando les tienen gran afición. Sin embargo, todavía no se piensa que sea una prueba de buen tono el bailar tan mal como sea posible y con un gran aire de aburrimiento que parece apéndice obligado del llamado mundo alegre. Como de estos bailes se excluye todo lo que tiene carácter nacional, carecen del más mínimo interés para los que no sean los actores. Un baile improvisado viene a ser el obligado remate de las tertulias de invierno, en el cual no se da gran importancia ni a la música, ni al traje, ni a la medida exacta de los pasos. Aquí los bailes populares ingleses, los rigodones franceses y los valses alemanes están a la orden de la noche; todo lo español brilla por su ausencia, exceptuando, naturalmente, la «abundante falta» de buena música, luz, vestido y comida, cosas que nunca preocupan a la concurrencia, pues los frugales y parcos españoles, fáciles de contentar, gozan con corazón de estudiantes de la realidad de día de fiesta, que siendo ya por sí mismo un placer suficiente, no necesita de artificiales encarecimientos.
El bailar es para las mujeres españolas una novedad, introducida por los Borbones; antes se consideraba degradante, lo mismo que ocurría entre los romanos y los moros. Las bailarinas se alquilaban para divertir a los moradores del harén cristiano y no había que pensar que se mezclaran ni dieran la mano a ningún hombre; en la actualidad, tampoco las mujeres españolas dan la mano a los hombres: el choque es demasiado eléctrico; sólo se las dan con sus corazones, y para siempre.
Las clases humildes, que son un poquito menos escrupulosas, y para las cuales, por bendición de Santiago, el maestro de baile extranjero no está fuera del país, son partidarias de los primitivos bailes y tonadas de sus orientales antepasados. Sus acompañamientos son el «arpa y tamboril», la guitarra, el pandero y las castañuelas. La esencia de estos instrumentos es que produzca un sonido cuando se les golpea. Tan sencillo como puede parecer el tocar las últimas, sólo puede conseguirse con un oído muy fino, unos dedos muy ágiles y una gran práctica. Estas delicias de las gentes están siempre en sus manos; la práctica les hace perfectos, y muchos de los ejecutantes, moreno como un moro, rivaliza aún con los «palillos» de un etíope; se ponen a ello antes que al alfabeto, pues aun los golfillos de la calle empiezan a aprender castañeteando los dedos, o sonando una contra otra dos conchas o pedazos de pizarra, al son de la cual danzan; pues en realidad, después del ruido, parece cosa esencial las piruetas como válvulas de seguridad ilustrativas de lo que Cervantes describe como el brincar del alma, explosión de risa, inquietud del cuerpo y azogue de los cinco sentidos. Es el rudo deporte de la gente que baila por necesidad de movimiento, la satisfacción de la juventud, la salud y la alegría de aquellos para quienes la vida constituye por sí misma una bendición, y que, como cabritos retozones, dan así salida a la ligereza de su corazón y de sus miembros. Sancho, manchego legítimo, después de contemplar las extrañas tumbas y zapatetas que daba su señor en traje de baile algo incorrecto, confiesa su ignorancia de tan complicada danza, pero sostiene que para un zapateo no hay quien pueda vencerle. Tan inmutables como los instrumentos son las aficiones bailatorias de los españoles; hace tres mil años, dicen los historiadores, todas las noches cantaban y bailaban, o más bien gritaban y saltaban, y lejos de constituír eso una fatiga para ellos, bailaban toda la noche a manera de descanso.
Los gallegos y asturianos conservan, entre muchas de sus danzas y tonadas aborígenes, una salvaje y pírrica cabriola, que bailan con palos en las manos, igual que los bailes célticos, y que es la mismísima danza guerrera que Aníbal ejecutó en los solemnes funerales de Graco. Los pasos de esta contradanza son intrincados y belicosos, y requieren, como se decía de las representaciones ibéricas, mucha soltura de piernas, cosa en que los flacos, fibrosos y activos españoles son todavía notables. Estas son las danzas morris importadas de Galicia por nuestro John of Gaunt, que las creía moriscas (moorish). Aun las bailan los aldeanos con sus trajes domingueros y al son de las castañuelas, la gaita y el pandero. Generalmente están dirigidos por un maestro de ceremonias, o lo que es equivalente, un bufón vestido de colores, Μωρος, que puede ser la etimología de la palabra morris.
Estas comparsas de campesinos fueron las que se pagaron en Vitoria para que diesen la bienvenida a los hijos de Luis Felipe; son las mismas que a menudo hemos nosotros presenciado gratis y formadas por ocho hombres que tocaban las castañuelas al compás de un pífano y un tamboril, mientras que un bastonero, o director de la banda, vestido de colores charros, como un arlequín, dirigía la rústica danza; alrededor se agrupaban payesas y aldeanas vestidas con ajustados corpiños, pañuelos en la cabeza, el cabello colgando en trenzas y el cuello cubierto con cuentas azules y de coral; los hombres llevaban recogidos los largos rizos con pañuelos encarnados y bailaban en camisa, con las mangas arremangadas y sujetas con cintas de colores, que cruzaban por el pecho y la espalda, mezcladas con escapularios y pequeñas estampas de santos; llevaban calzones blancos, anchos como las bragas de los valencianos, y como éstos, iban calzados con alpargatas o sandalias de cáñamo sujetas a la pierna con cintas azules; las figuras de la danza eran muy intrincadas y consisten en círculos, vueltas y saltos, y a cada cambio se acompañan con gritos de ¡viva! Estas comparsas son indudablemente una reminiscencia de los originales espectáculos iberos, en los cuales, como en los espartanos y en los de los indios salvajes, siempre se conserva, aun en los recreos, el principio guerrero. Los bailarines llevaban el compás chocando las espadas con los escudos; y cuando uno de los campeones quería mostrar su menosprecio hacia los romanos, ejecutaba ante ellos una irrisoria pirueta. ¿Se acordaron de esto en el baile de que hablamos en Vitoria?
Pero en España a cada momento se encuentra uno transportado a la antigüedad, y así tenemos que en las mismas orillas del Betis se ven aún aquellas bailarinas de la libertina Gades, que se exportaban a la antigua Roma, con el atún en escabeche, para delicia de los malvados epicúreos y horror de los buenos padres de la Iglesia primitiva, que las comparaban, y quizá con justicia, con las cabriolas ejecutadas por la hija de Herodías. Sus danzas fueron prohibidas por Teodosio, porque, según San Crisóstomo, en ellas nunca le faltaba al diablo una pareja. La conocida estatua del museo de Nápoles llamada la Venus Calípiga, es la representación de Telethusa o alguna otra danzarina de Cádiz.
Sevilla es hoy en esto lo que en la antigüedad fué Gades; nunca falta allí alguna venerable bruja gitana que prepare una función como se llama a estos bonitos espectáculos, tomando la palabra de las ceremonias pontificales, pues en tiempos, Italia era la que ponía la moda en España, como hoy la impone Francia. Estas fiestas son de pago, pues la raza gitanesca, como dice Cervantes, sólo vino a este mundo para ser anzuelo de bolsas. Las callis de jóvenes son muy bonitas, y además son muy zalameras y trafican en negocios muy apetitosos, pues profetizan oro a los hombres y maridos a las mujeres.
La escena del baile es generalmente el barrio de Triana, que viene a ser el Transtevere de la ciudad y cueva de toreros, contrabandistas, pilletes y gitanos, cuyas mujeres son las premières danseuses en estas ocasiones, en las que los hombres nunca intervienen. La casa elegida es usualmente una mansión medio árabe que es un verdadero cuadro donde la ruina, la pobreza y la miseria se mezclan con columnas de mármol, higueras, fuentes y parras; la compañía se reúne en algún soberbio salón, cuyo dorado artesonado árabe—salvado del saqueo—descansa sobre paredes blanqueadas; hay en el recinto algunos, pocos, bancos de madera, en donde se sientan las dueñas e invitados, en los cuales se atiende más a la cantidad que a la calidad; probablemente ni el público ni sus trajes serían admisibles en Mansion House[41]; pero aquí el pasado triunfa sobre el presente; el baile, que es muy semejante al ghowasee de los egipcios, y al nautch de los indios, se llama el olé entre los españoles y el romalís entre sus gitanos; el alma y la esencia de él consiste en la expresión de cierto sentimiento, que no es ciertamente de carácter muy sentimental o correcto. Las mujeres, que parecen no tener huesos, resuelven el problema del movimiento continuo, disfrutando sus pies relativamente de un privilegio, pues todo el cuerpo toma parte en la pantomima y tiembla como la hoja del álamo; la flexibilidad y la figura de Terpsícore de una joven andaluza, sea gitana o no, ha sido designada, según dicen los entendidos, por la naturaleza como el marco adecuado para su voluptuosa imaginación.
Sea ello como quiera, el comentador clásico y erudito citará a cada momento a Marcial, etc., al contemplar el inalterable balanceo de los brazos, levantados en alto como para recoger una lluvia de rosas, el taconeo y los movimientos serpentinos y tremolantes. Una excitación contagiosa embarga a los espectadores, que, como los orientales, llevan con medida cadencia el compás con las manos, y, en las pausas, aplauden con gritos y palmoteos. Las damiselas, animadas con los aplausos, continúan sus violentos movimientos hasta que tienen que suspenderlo completamente rendidas; entonces se reparte vino, anisado y alpisteras, y la fiesta, que dura hasta la madrugada, muchas veces termina con alguna cabeza rota, que se llama aquí «la cuenta del gitano». Estas danzas, para muchos de los habitantes del frío Norte son más notables por la energía que por la gracia, y no tienen en ellas menos trabajo las piernas que todo el cuerpo, las caderas y los brazos. La vista de este inalterable pasatiempo de la antigüedad, que excita a los españoles hasta el frenesí, producen más bien disgusto a un espectador inglés, probablemente por alguna mala organización nacional, pues como Molière dice: L’Angleterre a produit des grands hommes dans les sciences et les beaux arts, mais pas un grand danseur—allez lire l’histoire.—Aun cuando estas danzas puedan parecer indecentes, las ejecutantes son inviolablemente castas, y por lo menos, en cuanto toca a los huéspedes no gitanos, son más frías que el granizo; y estas muchachas bailan ante los aprobadores ojos de sus padres y hermanos, que estarían dispuestos a matar a quien atentase contra la virtud de sus hermanas.
En los intermedios lúcidos entre el baile y el anisado, la caña, que es la verdadera gaunía o canción árabe, se administra como un calmante por algún hirsuto artista, sin faralaes, botonaduras, diamantes o guantes de cabritilla, cuyas coplas, tristes y melancólicas, siempre empiezan y terminan con un ¡ay!, un suspiro o grito en tono muy elevado. Estas melodías morunas, reminiscencias de otros tiempos, se conservan mejor en pueblos serranos de cerca de Ronda, donde no hay caminos para los miembros del conservatorio napolitano de la Reina Cristina; pues donde quiera que la Academia impone su autoridad e impera la ópera italiana, ¡adiós canciones populares! Hoy en día, la ópera exótica se cultiva en España por la clase alta, porque como está de moda en París y Londres, se mira como una muestra de la civilización de 1846. Aunque el público, en el fondo de su honrado corazón, se aburra en la ópera más que en otro sitio, la cosa se da por maravillosa, por ser tan cara, tan selecta y tan fuera del alcance del vulgo. Evitadla, sin embargo, en España, bellas lectoras, pues estos cantantes de segundo orden no son dignos de sostener la partitura a los de vuestro querido Haymarket.