La verdadera ópera de España está en la tienda del barbero o en el patio de la venta; en realidad, la buena música, sea armoniosa o científica, vocal o instrumental, rara vez se oye en esta tierra, a pesar del eterno cantar y del arañar de guitarra en que allí se está. Las mismas misas, tal como se cantan en las catedrales, desde la introducción del piano y del violín, tienen carácter muy poco solemne y devoto. El violín desilusiona, pues el mismo Murillo cuando planta las tripas de un violín bajo el mentón de un querubín en las nubes estropea el sentimiento angélico. Pero que nadie desprecie las canciones e instrumentos típicos de la Península, pues la excelencia en música es multiforme, y mucha de ella, tanto en nombre como en substancia, es convencional. Prueba de ello es una melancólica balada cantada por un coro de sin trabajo ante las entusiasmadas masas callejeras de la vieja Inglaterra, o un aire de gaita, tocado en el Ross-shire, que encanta a los montañeses de Escocia, que repiten a gritos la melodía, pero espanta a los milanos. Déjese, también, a los españoles disfrutar de lo que ellos llaman música, aunque los extranjeros melindrosos la condenen como ibérica y oriental. A ellos les gusta así y la quieren a su manera, con su compás y su tonada, a despecho de Rossini y de Paganini. Ellos—no los italianos—son escuchados por una encantada audiencia semi-mora, con atención profundamente oriental y melancólica. Como su amor, su música, que es su sustento, son asuntos serios; a pesar de lo cual, la canción melancólica, la guitarra y el baile, son, en este momento, la alegría de la pobreza indolente, el reposo del que trabaja bajo un sol abrasador. El pobre olvida sus fatigas, sans six sous et sans souci; y hasta llega a olvidarse de comer, como Claro, el amigo de Plinio, que perdió su cena—aceitunas y gazpacho—por correr tras una bailarina gaditana.
En las ventas y en los patios, a pesar de la ruda labor del día y de la escasa comida, en cuanto se oye el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, parece como si la gente sintiera nueva vida correr por sus venas. Lejos de notar la fatiga pasada, la del baile parece que les refresca, y muchos cansados viajeros lamentarán los nocturnos retozos de sus ruidosos y saltarines compañeros de pupilaje. Apenas terminada la cena, cuando après la panse la danse, algún musculoso ejecutante masculino, verdadera antítesis de Farinelli, vocea sus coplas, chillando sus prosaicos versos con toda la fuerza de sus pulmones, o arrastrando melancólicamente su balada como el zumbido de una gaita del Lincolnshire, y tanto en uno como en otro caso, con inminente peligro para su tráquea y para todos los órganos acústicos no españoles. Porque, verdaderamente, repitiendo la áspera crítica que hace Gray de la Gran Opera francesa, diremos que consiste sólo en des miaulements et des hurlements effroyables, mêlés avec un tintamare du diable. Pero, lo mismo que en París, también aquí, en España, el auditorio está enajenado, los oídos de todos los hombres se ponen a tono, como si hubiesen tragado coplas, y todos hacen coro al final de cada verso; esta «banda particular», como entre los de sangre azul, suple la falta de conversación y convierte un silencio estúpido en atención científica—ainsi les extrêmes se touchant. En toda reunión de españoles—militares, paisanos, arrieros o ministros—siempre hay alguno que sepa tocar la guitarra, mejor o peor, como Luis XIV, a quien, según Voltaire, sólo le habían enseñado esto y bailar. Godoy, el Príncipe de la Paz, uno de los peores de la multitud de ministros malos que han desgobernado España, cautivó primero a la real Mesalina por su habilidad en el rasgueo de la guitarra; así, González Bravo, editor de El Guirigay, de Madrid, llegó a la Presidencia del Consejo y se atrajo a la virtuosa Cristina, que, apaciguada por la dulce música de este averiado Anfión, olvidó sus libelos contra ella y el señor Muñoz. Puede predecirse de las Españas, que cuando estos rasgueos enmudezcan todo habrá acabado, pues la expresión hebrea por la nec plus ultra desolación de una ciudad oriental es «la cesación de la alegría de la guitarra y del pandero».
En España, en donde quiera y como quiera que se oyen los tentadores acordes, en seguida se reúne un grupo de todos sexos y edades, al que atrae la musiquilla como a un enjambre de abejas. La guitarra forma parte integrante del español y de sus canciones; se la echa a la espalda con una cinta, lo mismo que se ve en las pinturas egipcias de hace cuatro mil años. Los ejecutantes, casi nunca son músicos expertos: se contentan con tañer la guitarra, rasgueando las cuerdas con toda la mano, o floreando, y golpeando la caja con el pulgar, en lo cual son muy expertos. Alguna vez, en las ciudades, surge un individuo que domina más este ingrato instrumento, pero el intento resulta mal.
La guitarra no se presta bien a las palabras italianas y a las melodías primorosas, que nunca hacen felices ni a los oídos ni a los corazones españoles; pues a semejanza de la lira de Anacreonte, por muy a menudo que cambie la cuerda, el amor, el dulce amor, es su único tema. La gente ajusta la tonada a la canción, que muchas veces son improvisadas tanto la una como la otra. Balbucean la cadencia, por no decir los versos; pero su espléndido idioma se presta a una gran prodigalidad de palabras, trátese de verso o prosa, y ni uno ni otro son muy difíciles, ya que el sentido común no es un expediente necesario para su composición; de manera que el lenguaje ayuda al fértil ingenio de los indígenas; las rimas se pasan por alto a voluntad o se mezclan caprichosamente con asonantes, que sólo consisten en la repetición de las mismas vocales, sin cuidar de las consonantes, y aún eso, que difícilmente contenta a un oído extranjero, no siempre se observa; un cambio de entonación o unos golpecitos de más o de menos en la caja, hacen el avío, vencen todas las dificultades, constituyen una ruda prosodia e inducen a la música, del mismo modo que los ademanes llevan al baile y a las coplas que se cantan bailando, y que cuando se oyen inspiran recíprocamente el deseo de castañetear los dedos y de bailar el zapateado, como si se tuviera el mal de San Vito; y no nos dejarán mentir los que aun tengan en los oídos las habas verdes, de León, o la cachucha, de Cádiz.
Las letras destinadas a poner toda esta zambra en movimiento no están escritas para los fríos críticos británicos. Lo mismo que los sermones, sólo son para hablados, y nunca debe sometérselas a la desencantadora prueba de la letra de molde; y aun las que son francamente serias, y no sólo para pretexto del baile, son escuchadas por los presentes, acordándolas a lo que les pide el oído, anticipándose al asunto y respondiéndole, e influídos en todo momento por sus prejuicios. Lo mismo ocurre con un público británico alucinado por la ópera, que, siendo sensible para otras cosas, tolera, no obstante, los dislates que en ella se dicen:
Where rhyme with reason does dispense,
And sound has right to govern sense[42].
Para poder sentir todo el encanto de la guitarra y de las canciones españolas han de oírse a una vivaracha andaluza, esté o no adoctrinada en el arte; ellas manejan el instrumento como la mantilla o el abanico; dijérase que forma parte integrante de su sér y que tiene vida, pues realmente todo ello requiere una gracia y un abandono que no es fácil hallar en las mujeres de climas del Norte o de zonas más encorsetadas. Así no es extraño que uno de los padres de la Iglesia dijera que prefiriría oír cantar a un basilisco que a una de estas mujeres. En cambio, no tienen gracia ninguna para el piano, que muy pocas españolas tocan ni medianamente, y lo mismo les ocurre con el canto: cuando se lanzan con Adelaida u otra cosa sublime, bella y seria, el fracaso es absoluto, mientras que si no salen de su terreno triunfan por completo; las palabras de sus coplas se les ocurren, como a Teodoro Hook[43], en un santiamén y aluden a incidentes y a personas presentes; algunas veces están llenas de intención y double entendre; y a menudo cantan lo que no debe hablarse, y por los oídos roban los corazones, como las sirenas, o como Cervantes dice: cuando cantan, encantan. Otras veces sus canciones son poco más que aleluyas sin sentido, con las cuales los oyentes también quedan tan satisfechos, pues como Fígaro dice: ce qui ne vaut pas la peine d’être dit, on le chante. Es muy raro encontrar una buena voz, lo que los italianos llaman novantanove, noventa y nueve por ciento; nada hay que haga peor impresión al viajero que las voces chillonas de las mujeres; pero, a pesar de eso, estas canciones, desde la más remota antigüedad, han sido el encanto del pueblo, han templado el despotismo de la Iglesia y del Estado y han mantenido la resistencia nacional contra las agresiones extranjeras.
En España hay muy poca música impresa; casi todas las tonadillas y coplas se venden manuscritas. A veces, para los más ignorantes, las notas se representan por números, que corresponden al número de las cuerdas.
Las mejores guitarras del mundo son las hechas en Cádiz por la familia Pajez, padre e hijo. Como es natural, un instrumento tan en boga ha sido siempre en la bella Bética objeto de la más grande atención; en el siglo XVII las guitarras sevillanas se hacían de la forma del pecho humano, pues decían los arzobispos que las cuerdas correspondían a las pulsaciones del corazón: a corde. Los instrumentos de los mozos andaluces estaban encordados según esas significativas fibras cardiarias; Zariab reformó la guitarra añadiéndole una quinta cuerda de brillante rojo, que representaba sangre, mientras que la prima era amarilla, para representar la bilis; y hoy en día, en las orillas del Guadalquivir, cuando el manto de la noche atrae al embozado galán, el carmíneo corazón femenino se liquida con más seguridad que si estuviera puesto a la parrilla, y si la serenata se alarga no hay marido que no trague bilis.
Sea ello como quiera, las melancólicas armonías de estas orientales cantinelas producen aún efecto, a pesar de su antigüedad, y es que ciertos sonidos tienen una misteriosa aptitud para expresar ciertos estados de ánimo, en relación con cierta simpatía inexplicada que existe entre los órganos sensitivos y los intelectuales, y cuanto más sencillos son esos sonidos puede afirmarse que son más antiguos. Las melodías aderezadas son una invención italiana moderna, y aun cuando en países de mayor tráfico y melindrería lo convencional haya arrinconado a lo nacional, en España la moda no ha hecho desaparecer las viejas tonadillas. Estas no las enseñan las orquestas, sino que, lo mismo que el canto de los pájaros, se aprenden en la cuna. Los españoles son músicos sin tener idea de la armonía, del mismo modo que son guerreros sin ser militares, y bailarines sin ser garbosos; son la primera materia de hombre producida por la naturaleza y se tratan a sí mismos como tratan a los productos en bruto de su suelo, dejando al extranjero el cuidado de pulirlos y darles forma artística.