El día en que el español sea un violinista científico, o un buen fabricante de hilados, perderá todo su encanto; por lo tanto debe cerrar los oídos a los moralistas y a los sociólogos que tratan de abolir la guitarra, por que pretenden que ella ha causado más males a España que el pedrisco o la sequía, por haber fomentado prodigiosamente la pereza y los amoríos, con lo cual han mandado a su tierra el azote de una mayor cantidad de expósitos que de hombres acaudalados; pero, ¿cómo pueden evitarse estas calamidades, si el diablo cuelga de un clavo en todas las casas ese fatal instrumento? Nuestros inarmónicos labradores y sosegados artesanos son presentados por los misioneros de Manchester como ejemplo de laboriosidad ante los ojos de los majos y manolas de España: «Ved cómo trabajan doce y catorce horas diarias», les dicen. Pero estos filántropos deben recordar que son muy distintas las circunstancias, pues nuestros obreros no tienen ninguna distracción, fuera de la taberna o capilla, y, por lo tanto, no saben qué hacerse cuando están ociosos, situación que para la mayor parte de los españoles es un goce anticipado de la bienaventuranza celestial, mientras que el trabajo, que se piensa en Inglaterra que es la felicidad, es para ellos como una condena a trabajos forzados. Ni puede negarse que la facilidad que hay en la Península de andar de francachela, y las uvas, la guitarra, los cánticos, bailes y demás facilidades para divertirse que proporciona el hermoso clima, conspiran contra la laboriosidad tenaz, resuelta y violenta de que dan ejemplo en el mundo nuestros obreros en todo lo que emprenden, si se exceptúa el baile y la música.

Capítulo XXIV

PERO esté en los toros o en el teatro, sea clérigo o seglar, todo español que tiene medios para ello se consuela constantemente con un cigarro, exceptuando solamente las horas de sueño, no de cama. Este es su placer soporífico, que como el Souchong, calma pero no embriaga; es para él su: Te veniente die et te decedente.

La fabricación de cigarros es lo que mejor se lleva en la Península. Los edificios dedicados a ella son palacios; ejemplo los de Sevilla, Málaga y Valencia. Como quiera que el cigarro es una cosa sin la cual no se concibe la boca de un español, pues de otro modo se parecería a una casa o a un vapor sin chimenea, es preciso dedicarle algunas páginas en todo libro que trate de España, pues como uno de los más ilustrados autores del país decía: «Quizá se me trate de pesado en mis detalles sobre el tabaco, pero estoy seguro de que a la gran mayoría de los lectores les satisfará más esto que si les hiciera una descripción de las mejores pinturas del mundo». Todos ellos opinan que un buen cigarro (cosa difícil de encontrar en este país de la contradicción) proporciona a un hidalgo cristiano más fresco en verano y más calor en invierno que su mujer y su capa; y en todos los tiempos y estaciones ahuyenta las penas y duplica las alegrías, como en la Gran Bretaña ocurre a los hombres con sus medias naranjas».

«El hecho es, señor—dice Sam Slick—, que en el momento en que un hombre coge su pipa se convierte en filósofo; es el amigo del pobre; calma la imaginación, suaviza los nervios y hace a un hombre paciente ante la adversidad». ¿Puede extrañarnos que los pueblos orientales y el español se acojan a este consuelo de los desprecios y azotes que sufren de sus malos gobiernos, o que ahoguen en dulce y somnoliento olvido su miseria excitada e irritada por el espectáculo de sus vacías despensas, sus viciosas instituciones políticas y un clima demasiado cálido? Piensan que el tabaco amortigua su sobreexcitada imaginación y aplaca su demasiado exquisita sensibilidad nerviosa; están de acuerdo con Molière, aun cuando no le hayan leído nunca: Quoi que l’on puisse dire, Aristote et toute la philosophie, il n’y a rien d’égal au tabac. El divino Isaac Barrow acudía a esta panacea cuando quería recoger sus pensamientos; sir Walter Raleigh, el defensor de Virginia, fumó una pipa momentos antes de dirigirse al suplicio, de lo cual mucha gente sensata se escandalizó; «pero—añade Aubrey—yo creo que lo hizo precisamente para levantar el espíritu». El pedante Jacobo, que condenaba a Raleigh y al tabaco, decía que la lista de los platos que daría en un banquete a su Satánica Majestad, sería: «un cerdo, una cabeza de bacalao y mostaza, más una pipa de tabaco para ayudar la digestión.» Tan cierto es que «lo que a un hombre le alimenta al otro le envenena»; pero en todo caso, en la hambrienta España es a la vez comida y bebida, y la mayor parte del humo relacionado con las cosas de la bucólica, puede asegurarse que sale de las chimeneas de los labios, y no de las de las casas.

El tabaco, que es un anodino para la irritabilidad de la razón humana, está gravado, como las bebidas espirituosas que la ponen enferma, con grandes derechos en toda la sociedad civilizada. En España, la dinastía de Borbón (como en otras partes), es la estanquera general hereditaria, y el privilegio de venta se arrienda generalmente a algún contratista; así es que la ganga de tener un buen cigarro casero es difícil de conseguir, ni por amor ni por dinero, en la Península. Más fácil le sería a Diógenes encontrar un hombre honrado en cualquiera de los ministerios. Como no hay camino real para la ciencia de hacer los cigarros, el artículo está mal elaborado, con malos materiales, y, para colmo de desdichas, se vende a precios exorbitantes. Con objeto de beneficiar a la isla de Cuba, está prohibido en la Península el cultivo del tabaco, que se da muy bien, sobre todo en la provincia de Málaga; pues el experimento se hizo, y habiendo salido perfectamente, el cultivo fué prohibido inmediatamente. La maldad y carestía del tabaco real hace la fortuna del bien intencionado contrabandista, que siendo aquí, como en todas partes, el gran enmendador de los desatinados ministros de Hacienda, proporciona tabaco mejor y más barato de Gibraltar.

La mejor prueba de la extensión de los negocios de contrabando se dió en 1828, cuando hubo que aumentar en muchos miles de obreros las fábricas de Sevilla y de Granada, para responder al aumento de demanda ocasionado por la imposibilidad de proveerse de Gibraltar, a consecuencia de la fiebre amarilla que se desarrollaba intensamente allí. No hay delito que se castigue más terriblemente en España que el contrabando de tabaco, que ataca al bolsillo de la reina. A los demás robos no se les da importancia, pues sólo sufren de ellos sus vasallos.

El estímulo que se preste a la manufactura y contrabando de cigarros en Gibraltar es inagotable manantial de encono y ojeriza entre los gobiernos españoles e ingleses. Este serio daño es contrario a todos los tratados igualmente injuriosos para España e Inglaterra y sólo beneficia a extranjeros de la peor especie, que son la verdadera plaga y úlcera de Gibraltar. Los americanos y otras naciones importan su tabaco, bueno, malo y regular, en la fortaleza libre de aduanas, sin comprar en cambio productos ingleses. Lo convierten en cigarros los genoveses, lo pasan de contrabando a España los extranjeros, en barcos que llevan el pabellón británico, al que se afrenta con ese tráfico y se le expone a ser insultado por los guardacostas españoles, sin que en justicia se pueda pedir satisfacción. Los españoles hubiesen hecho la vista gorda para la introducción de ferretería y algodones ingleses, objetos necesarios y que no tienen relación alguna con ésta, que es su principal manufactura y uno de los más productivos monopolios reales. Hay una gran diferencia entre fomentar el verdadero comercio británico y este contrabando de cigarros extranjeros, y no se pretenderá que España observe los tratados que con nosotros tiene, cuando nosotros los infringimos tan escandalosa e inútilmente por nuestra parte.

Muchos epicúreos del tabaco, que fuman regularmente su docena o dos de puros, colocan el daño suficiente para el día entre hojas frescas de lechuga que humedecen la hoja externa del artículo y corrige sus efectos narcóticos; nota: el interior, las tripas, como lo llaman los españoles, debe conservarse completamente seco. El desordenado interior de los reales cigarros está disfrazado por una buena hoja que le sirve de envoltura, del mismo modo que los harapos españoles van cubiertos de una decente capa, pero l’habit ne fait pas le cigare. Salvo los ricos, muy pocos pueden permitirse el lujo de fumar buenos cigarros. Fernando VII, a diferencia de su antecesor Luis XIV, qui—dice La Beaumelle—haïssoit le tabac singulièrement, quoiqu’un de ses meilleurs revenus, no sólo era un gran productor, sino también consumidor. Se permitía el real derroche de fumar unos enormes cigarros hechos expresamente en la Habana para su gracioso uso, pues era demasiado perito en la materia para fumarlos de su propia manufactura. Y aún de éstos, rara vez se fumaba más de la mitad; las colillas eran un gran gaje, como las bujías de nuestros palacios[44]. El cigarro era una de las señales de su amor u odio: cuando estaba de buenhumor daba alguno a sus favoritos; y, a menudo, cuando meditaba un golpe traicionero, despedía a su inconsciente víctima dándole un regio puro; y cuando el feliz mortal llegaba a su casa para fumárselo, era recibido por un alguacil que le intimaba la orden de salir de Madrid en veinticuatro horas. La «inocente» Isabel, que no fuma, los sustituye por confites; le ofreció a Olózaga ese dulce regalo, cuando le estaba «rematando», por mandato de la camarilla cristina. Parece como si los Borbones españoles, cuando no son idiotas, son criaturas hechas de astucia y de cobardía. Pero «los que no pueden disimular no sirven para reinar», era el axioma de su ilustre antecesor Luis XI.

En España, la mayoría de sus infelices súbditos, no pueden soportar, o el gasto de tabaco, que les cuesta caro, o la ganancia de tiempo, que es muy barato, fumándose el cigarro entero de una vez, y hacen que uno les produzca ocupación y recreo durante media hora. Aunque hay pocos españoles que se arruinen en las librerías, no hay uno que no tenga cierto librito de papel no impreso, que se fabrica en Alcoy, Valencia. En un momento cualquiera de parada todos dicen a la vez: ¡Vamos, señores; echaremos un cigarrito!, y todos se ponen seriamente a la obra. Cada uno, además de ese librito, va armado de una cajita con un pedernal, un eslabón y un trozo de yesca. El hacer un cigarrillo de papel, lo mismo que el ponerse la capa, es una operación mucho más difícil de lo que parece, aunque todos los españoles, que apenas si han hecho otra cosa desde su niñez, realicen las dos con extremada limpieza y facilidad. Se hace de esta manera: se saca la petaca (del árabe butak, o pequeño estuche finamente trabajado con la teñida fibra de la pita, en donde se guarda la provisión de cigarros), arranca del librillo una hoja, que se coge con los labios o colgando del reverso de la mano, entre el dedo índice y el medio de la mano izquierda; se pica una tercera parte del cigarro y se estrega lentamente en la palma de la mano hasta reducirla a polvo; se echa entonces en la hojita de papel, que se arrolla en forma de tubito, doblándole las puntas, una de las cuales se muerde y se escupe, y la otra se enciende. El cigarrillo se fuma lentamente; la última chupada es la bonne bouche, la pechuga. Las colillas se tiran, y son verdaderamente pequeñas, porque el pulgar e índice de los españoles están requemados e insensibles, aunque algunos refinados exquisitos usan argénteas tenacillas; esas colillas son recogidas por los golfos, que transforman en nuevos cigarros las sobras de miles de bocas. No falta el fuego en España; por todas partes, los que nosotros llamaríamos «hacheros» andan de un lado para otro con una cuerda que arde lentamente para beneficio del público. En muchos de los cobertizos donde se vende agua y limonada, una de las cuerdas, enroscada alrededor de un poste como una serpiente, y encendida, está puesta como la mecha de un artillero sitiado; mientras que en las casas opulentas hay, generalmente, sobre una mesa, un pequeño anafe de plata con carbón de leña encendido. Mr. Henningsen cuenta que disponiéndose Zumalacárregui a fusilar a algunos cristinos en Villafranca observó que uno de ellos (un maestro de escuela) miraba a su alrededor, como Raleigh, buscando lumbre para su última chupada en esta vida, y entonces el general se quitó el cigarro de la boca y se lo alargó al prisionero. El maestro encendió su cigarro, devolvió el otro con respetuosa reverencia y se alejó fumando y reconciliado con su suerte. Esta urgente necesidad nivela todos los rangos, y es cosa permitida parar a cualquier persona para pedirle fuego; lo cual prueba la práctica igualdad de todas las clases, y el democrático despotismo que existe en la fumadora España como en el tórrido Oriente. El cigarro es un lazo de unión, un istmo de comunicación entre los más heterogéneos contrastes. Es el habeas corpus de las libertades españolas. El soldado toma fuego en la boca del cañón y la obscura faz del humilde labrador se emblanquece por el reflejo del cigarro del holgazán noble. Las clases más bajas tienen un tosco rollo o cuerda de tabaco, con el que consuelan sus penas, y que es su calumet de paz. Se dice que algunas personas del bello sexo se permiten fumar a escondidas un cigarrillo, una pajita, una reina, pero el recurrir a estos placeres prohibidos no está bien visto en una señora o en una persona de costumbres impecables, pues, como dice el proverbio, quien hace un cesto hace ciento.