Un amigo de la verdad.»
Es un poquito molesto el verse así acusado por nuestro cortés corresponsal de haber inventado estos alarmantes hechos, números y «falacias», puesto que los verdaderos, completos y exactos detalles pueden encontrarse en las páginas 85 y 89 de las Tarifas comerciales de España, de Mr. Macgregor, presentadas ante las dos Cámaras legislativas en 1844 por orden de Su Majestad. Y como había alguna discordancia en las cantidades, el autor citó las sumas hechas por otros, y habló dudosamente y por aproximación, poco deseoso de tener que ver ni que cargar con nada relacionado con deudas españolas. No tiene el menor interés en estos asuntos, pues no tiene la fortuna de poseer ni un céntimo ni de fondos españoles ni de ferrocarriles ingleses. Tan amigo de la verdad como su amable amonestador, solamente deseaba prevenir a sus bellas lectoras, que pudieran de otro modo invertir de mala manera (erróneamente, al parecer, él se lo figuraba) los ahorros de su dinerillo para alfileres. Si sin querer ha declarado lo que no es, sólo puede renunciar a sus citas, sentirlo muchísimo y administrar el antídoto de sus errores. Desea sinceramente que todas y cada una de las bellas fantasías de su anónimo amigo se realicen. Si él mismo, ¡lo que el Cielo no permita!, hubiese sido enviado a descubrir si los ministros madrileños estaban o no fabricados de materiales concusionarios, considerando que Astrea aun no ha devuelto a España, con los buenos Gobiernos, la edad de oro, ni aún un arancel, su primer paso hubiera sido engrasar las ruedas con ungüento de peluconas; y con objeto de que los ministros y cajeros no le dijeran que volviese mañana, abriría el negocio ofreciendo a cualquiera el veinte por ciento de cada duro efectivo que se pagase; así es posible que se economizasen esfuerzo y tiempo, y que se evitasen algunos pequeños contratiempos.
FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO
A D V E R T E N C I A D E L E D I T O R
EL editor de esta traducción viene sintiéndose inclinado a dar a conocer al público de lengua española los relatos que los extranjeros distinguidos han escrito sobre España. Asistido desde el primer momento (al editar La Biblia en España, de Borrow) por el favor del público, se anima a publicar nuevas narraciones, que ya tiene anunciadas en sus catálogos.
Busca en ellas no sólo lo que alaba, sino lo que vitupera, y aun aquellos conceptos equivocados, clave de ciertas preocupaciones del autor, que llevan a éste a errar en sus juicios; así, creyéndolo más ejemplar e instructivo, no omite frase ni palabra, por duras u ofensivas que puedan sonar en oídos españoles. Sin contar con que siempre debe esto exigirse de la probidad del editor.
El de este libro recuerda unas palabras (discretísimas, como suyas) escritas por Azorín tratando de la famosa Guía o Manual para viajeros en España, de Ricardo Ford—de la que, como es sabido, están entresacados los temas de que trata Cosas de España—, y se honra haciéndolas suyas: