Conviene hacer constar, para los efectos de la Historia, que en la época en que España estaba, o se decía que estaba, plagada de rateros y bandidos, había, como es natural, remedio para ello, pues, según dicen los españoles, todo tiene arreglo menos la muerte; y claro está que, como el mal era muy grande, es natural que existiesen igualmente medios para combatirlo. Si las cosas hubieran llegado al extremo que puede deducirse de algunos exagerados relatos, hubiese sido imposible toda clase de tráfico de mercancías y viajeros en la Península. Las diligencias, protegidas por el Gobierno, eran atacadas muy rara vez, y los que se valían de otros medios de comunicación, y lo pedían a las autoridades, rara vez dejaban de llevar la suficiente escolta. Había un cuerpo organizado para este objeto que se llamaba de Miqueletes, derivado, según se dice, de un Miguel de Prats, satélite armado del famoso o infame César Borgia. En Cataluña se les llama Mozos de Escuadra, y son la moderna Hermandad que constituían la antigua policía rural armada de España. Se componía de jóvenes escogidos y activos, que hacían el servicio a pie, a las órdenes de los poderes militares, e iban ataviados con un traje entreverado de militar y de majo. Llevaban polainas negras, en vez de amarillas, y chaquetas azules ribeteadas de rojo. Iban bien armados, con escopeta, y una canana a la cintura donde llevaban las municiones (cosa mucho más práctica que nuestra caja de cartuchos); una espada, una cuerda para poder atar a los presos y una pistola, que llevaban en la espalda, metida en la faja. Este cuerpo hacía perfecta pareja con los ladrones, entre los cuales se escogían algunos de sus individuos, pues la condición usual para obtener el indulto es alistarse a fin de extirpar a sus antiguos compañeros: poner a un ladrón para coger a otro ladrón; y así los renegados, en unión de los Miqueletes honrados, perseguían a la mala gente, como los guardabosques a los cazadores furtivos. Los ladrones los temían y respetaban: una escolta de diez o doce Miqueletes podía aventurarse a resistir no importa qué número de bandidos, quienes, por otra parte, rara vez atacan cuando saben que han de resistirles; y al atravesar lugares sospechosos, estas escoltas tomaban, con arte especial, todo género de precauciones, enviando destacados individuos al frente y a los flancos. Ocupaban al marchar un buen trecho de terreno, teniendo cuidado de no ir nunca más de dos juntos, y no alejándose unos de otros a mayor distancia de un tiro de fusil; regla que bueno será que recuerde todo el que viaje, para obligar a observarla en caso de sospecha. Los raros ejemplos en que ingleses, especialmente oficiales de la guarnición de Gibraltar, han sido víctimas de robos, han tenido por causa el olvido de esta precaución. Si todo el grupo camina unido, es mucho más fácil sorprenderlo y cogerlo como en una red.
Hay que advertir que los ladrones españoles han sido muy tímidos para atacar a los viajeros ingleses, sobre todo si han visto que estaban prevenidos. Los bandidos no gustan de luchar, y mucho menos sin ventaja; pues como tienen la cabeza poco segura, odian el peligro que puede conducirles a mal lugar; no tienen valor caballeresco, ni más nociones abstractas de lo que es una lucha leal que las que pueda tener un turco o un tigre, que son bastante poco civilizados para desperdiciar una ocasión. Por lo tanto, no se aventuran si suponen que su enemigo ha de defenderse, como suele ocurrir con los ingleses. Aborrecen con especialidad los fusiles y la pólvora ingleses, que, sin disputa, son infinitamente superiores a los españoles. Aun cuando tres o cuatro ingleses no tuvieran, en realidad, nada que temer, yendo una señora era mejor llevar una escolta de Miqueletes, que tenían mucha vista y conocían, por las huellas de los caballos y otras señales que escapan a los observadores superficiales, la presencia del peligro.
Además eran infatigables, y marchaban junto a un carruaje día y noche, desafiando el frío y el calor, el hambre y la sed. Como estaban pagados por el Gobierno no tenían derecho, en rigor, a ninguna remuneración de parte de los viajeros a quienes escoltaban; pero era costumbre dar a cada uno un par de pesetas diarias y un duro al que hacía de jefe. Se les regalaban algunas fruslerías, como unos cuantos cigarros, una bota o dos de vino, un poco de arroz y bacalao para la cena; el ejercicio avivaba su apetito, y ellos estaban siempre dispuestos a hacer honor a sus amos, bebiendo a su salud y a su bolsa, y protegiendo ambas.
Aquellas personas indígenas o extranjeras que no podían conseguir o permitirse los gastos de una escolta, podían aprovechar alguna oportunidad para unirse a otros viajeros que la llevaran. Es admirable la rapidez con que corría la noticia de que había una escolta para una partida, y cómo se engrosaba ésta con individuos sueltos que aprovechaban la ocasión. Como todos iban armados, cuanto más numeroso era el grupo, era a la vez más fuerte y, por lo tanto, los riesgos menores. Si no se tropezaba con nadie que viajase escoltado, entonces se aguardaba el paso de tropas que protegían los envíos que hacía el Gobierno, de dinero, tabaco o cosas semejantes. Si no se presentaba ninguna de estas oportunidades, se unían todos los que pensaban viajar, formando verdaderas caravanas, costumbre muy oriental y que tomó carta de naturaleza en España, con tanta más facilidad cuanto que era y es casi imposible viajar solo, pues los otros se unen a uno: los grupos pequeños se unen a los mayores y más fuertes, que siguen el mismo camino sin consultarles y sin preocuparse de que les parezca bien o mal. Los arrieros son los más sociables y aficionados a la compañía y no tienen inconveniente incluso en variar de itinerario, con tal de ir en unión de unos o de otros. La caravana va engrosando como una bola de nieve, aun cuando suele ser siempre considerable en el momento de partir, pues los arrieros y dueños de coches, conocidos todos, se comunican unos a otros el número de los que han de ir con cada uno de ellos.
Viajar por caminos extraviados en un coche de colleras, y especialmente si se lleva un carro con equipajes, es cosa muy expuesta a los robos. Cuando la caravana llega a los pueblos pequeños, en seguida corre la voz, y si se dice que van extranjeros, suponen que van cargados con el oro y el moro.
La llegada de un convoy de esta naturaleza es un acontecimiento cuya noticia se extiende como la pólvora, y congrega a toda la «gente maleante», holgazanes y vagabundos, que ejercen de espías y están al habla con sus cofrades; además, la balumba del equipaje, el ruido de las colleras y el charlar de los hombres, se ven y se oyen desde lejos, y no se escapa a los ladrones, si los hay, que estarán escondidos en alturas o escondrijos, bien provistos de anteojos y de largas y finas narices, que, como dice Gil Blas, huelen las monedas en los bolsillos de los viajeros, mientras que la lenta marcha y la imposibilidad de la fuga hacen de un convoy semejante una fácil presa para jinetes bien montados.
Todo lo anteriormente dicho respecto a los peligros reales o imaginarios se refiere, naturalmente, a viajes por caminos de herradura, o a través de provincias poco visitadas y por las cuales no cruzaban los coches del servicio público. Sin embargo, siendo tales comarcas reputadas como las peores, tenían la ventaja de verse libre de las partidas organizadas, por la misma razón de que era poca la gente que pasaba por ellas, y, por lo tanto, no iban a estar ocupadas por bandidos, los cuales son como las arañas, que sólo tienden sus telas donde hay una buena provisión de moscas. La masa de la gente humilde en España se preocupa poco de los bandoleros ni de los revolucionarios, pues tienen poco que perder y pasan inadvertidos, tanto para los unos como para los otros. Sus andrajos son su salvaguardia: un hermoso clima los cobija, un fértil suelo los alimenta; dormitan tranquilamente en medio de su pobreza (la mejor protección que siempre hubo en España), o rasguean la guitarra entonando coplas en alabanza de la bolsa vacía. Los mejor acomodados tienen que mirar por sí mismos; pues como la ley es insuficiente, han de protegerse a sí o sus propiedades, o administrar la justicia por su mano para obtener satisfacción de entuertos, lo cual, en castellano neto, se llama vengarse. Un propietario irlandés arma a sus servidores y levanta altas paredes que rodeen su demesne—un señor inglés emplea guardas para proteger a sus faisanes—; del mismo modo, en las comarcas sospechosas, un hidalgo español protege su persona alquilando hombres armados, que se llaman escopeteros, nombre que puede aplicarse a casi todos los españoles. Esta costumbre de ir armado en el campo y de trabar conocimiento con el fusil desde muy pronto, es la razón principal de que a la menor alarma se formen con toda facilidad numerosas agrupaciones de hombres, que los españoles llaman soldados: en todas partes se encuentra la materia prima: un hombre con un mosquete. Bagajes, comisariado, pagos, raciones, uniforme y disciplina, cosas más bien europeas que orientales, podrán encontrarse en cualquier ejército mejor que en el español. Esto explica la facilidad con que la nación española se levanta tan magnánimamente en armas y que, después de ataques aislados y una lucha de guerrillas, desaparezcan de pronto al experimentar un revés: cada hombre en su casa como es tradicional que ocurra en Oriente, y eso con o sin proclama previa. Estos escopeteros, ladrones en ocasiones también, viven del robo o de evitarlo, porque también hay su honor entre los bandidos; los lobos no se comen unos a otros, como no estén muy a la cuarta pregunta. Estos individuos, naturalmente, tratan de alarmar a los viajeros en exagerados relatos de peligro, y de ogros y de antros, con objeto de que no prescindan de sus servicios. Y no faltan inocentes que se traguen todas las invenciones, y anoten, como cosa verídica, los mil embustes que les cuentan mientras los presentes se burlan de ellos a sus espaldas; pero, como dice el refrán, en luengas vías, luengas mentiras.
Como estamos haciendo historia, habremos de añadir que los grandes bandidos, como José María, facilitan pasaportes en muchas ocasiones. Este verdadero soldado de la raza de Deloraine estaba mal avenido con las letras, pero, aun cuando apenas sabía poner su nombre, rubricaba[6] como cualquier otro español que ejerciera algún mando, o el mismo Fernando VII. Su rúbrica, verdadero salvoconducto, era una colección de garrapatos que hubiera podido dar crédito a Alí Pachá. Un íntimo amigo nuestro, alegre gastrónomo y dignidad de Sevilla, que se dirigía a los baños de Carratraca para reponerse del abuso de las ricas ollas y del valdepeñas, y que no tenía maldita la gana, como el abad gotoso de Bocaccio, de verse sometido al régimen médico bandolero, se procuró un pase de José María y tomó uno de sus secuaces para que le sirviese de escolta, y nos le describía como su santito, como su ángel guardián.
A propósito de esta creencia en la protección espiritual y sobrenatural, diremos que casi todo el mundo usa, con gran fe, alguna reliquia, un rosario, un escapulario o una medalla de la Virgen. La duquesa de Abrantes, no hace mucho tiempo, colgó del cuello de su torero favorito una medalla de la Virgen del Pilar, escapando aquél, por tanto, ileso. Pocos son los soldados españoles que van a la guerra sin llevar amuletos de esta clase, a los que suponen el poder de detener las balas y desviar el fuego como un pararrayos, y quizá lleven razón, en vista de los pocos que mueren en el campo de batalla. En los tiempos románticos de España no se podía verificar un duelo o un torneo sin que precediese una declaración de los combatientes de que no llevaban encima reliquia ni amuleto alguno. Nuestro amigo José María atribuía su constante buena suerte a una imagen de la Virgen de los Dolores de Córdoba que llevaba siempre junto al peludo pecho. Entre la clase baja de España puede ser frecuentemente conocido el pueblo de origen de cada uno por los adornos piadosos que lleva consigo. Escogen sus amuletos entre los santos o reliquias más venerados en la comarca y que se estiman más milagrosos. Así, tenemos que la imagen del «Santo Rostro», de Jaén, se usa en todo el reino de Granada, así como en toda Murcia, la Cruz de Caravaca; y el rosario de la Virgen es común a toda España. La siguiente prueba milagrosa de sus salvadoras virtudes estaba frecuentemente pintada en los conventos: Un ladrón fué muerto por un viajero y enterrado en el campo mismo; algún tiempo después, pasando sus compañeros por aquel sitio, oyeron una voz que les llamaba; abrieron la fosa y, con gran sorpresa, lo encontraron vivo y sano. Y era que, al ser muerto, llevaba un rosario colgado al cuello, y, entonces, Santo Domingo (fundador de esta devoción) intercedió con la Virgen para que lo salvara. Esta confianza en la Virgen no es sólo española; los bandidos italianos llevan siempre un pequeño corazón de plata de la Madonna, y esta extraña mezcla de ferocidad y superstición es uno de los rasgos más terribles de su carácter. San Nicolás, el inglés «Old Nick», es en todos los países el patrón de los estudiantes, ladrones, o como Shakespeare los llama, «escribanos de San Nicolás». «Guarda tu cuello del verdugo, pues sé que adoras a San Nicolás como lo haría un hombre falso»; y como el Santu Diavolu, Santu Diavoluni, que es el santo apropiado para los bandidos sicilianos.
San Dimas, «el buen ladrón», es un santo muy conocido en Andalucía, donde, según dicen, tiene muchos discípulos. Una escultura muy célebre de Montañés, en Sevilla, es la llamada El Cristo del Buen Ladrón, de Sevilla, en cuyo título se subordina al Salvador. Los ladrones españoles han sido siempre muy buenos católicos. En Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, cuyo Monipodio parece haber servido de modelo a Boz para Fagin, se coloca un platillo delante de una imagen de la Virgen, en el que cada ladrón va depositando su óbolo, y uno de ellos dice que «roba para servir a Dios y a los hombres honrados». Sus mendicantes confesores de las montañas, animados de un piadoso amor a los duros cuando han de ser gastados en misas expiatorias, consideran el acto de pagarles en buenos doblones como una devolución tan loable, un arrepentimiento tan sincero, que dan derecho al contrito culpable a una amplia absolución, a la indulgencia plenaria y a toda la protección de la Santa Iglesia. A pesar de lo cual se sabe que estos desagradecidos «buenos ladrones» no tienen el menor escrúpulo en desvalijar a sus directores espirituales si los encuentran en un camino.