Otra fuente era, por no decir es, Gibraltar, este foco de contrabando y cuna del contrabandista, que es la prima materia del ladrón y el asesino. La absoluta ignorancia financiera de los gobiernos españoles les llama para corregir los errores del ministro de Hacienda: trovata la legge, trovato l’inganno. Los reglamentos fiscales son tan ingeniosamente absurdos, complicados y vejatorios, que el honrado comerciante encuentra molestias y entorpecimientos allí donde el estafador halla mil facilidades. Los excesivos derechos sobre las cosas necesarias a la gente puede compararse, en el caso del tabaco en Andalucía, con lo que ocurre con éste y otros artículos en las costas de Kent y de Sussex; en ambos países el azote del fisco conduce a perturbaciones de orden público, perjuicios al comerciante honrado y pérdida de renta al Tesoro, haciendo al mismo tiempo perezosos, feroces y rateros a campesinos que, con otro sistema más prudente, serían trabajadores y virtuosos. En España el eludir estas leyes se considera como un engaño a quienes tratan de engañar a la gente; los campesinos favorecen con toda su alma al contrabandista, como hacen en Inglaterra con el cazador furtivo. Hay curas montañeses cuyos rebaños son todos de esa casta, que en sus sermones hablan del contrabando como un crimen convencional, no moral, y, como otras personas, decoran las rinconeras de sus casas con una figura de barro pintada del pecador con un traje completo de majo. El mismo contrabandista, lejos de considerarse rebajado, goza de la reputación que corresponde al éxito en las aventuras personales ante un público orgulloso de las proezas individuales: es el héroe del escenario español, y cuando aparece vistiendo todas sus galas y trabuco al brazo cantando la conocida romanza Yo, que soy contrabandista..., causa las delicias de todos los espectadores, desde el Estrecho al Bidasoa, sin exceptuar a los mismos empleados de Aduana.
El prestigio de tales representaciones teatrales, al igual de Los Bandidos, de Schiller, es bastante para que todos los estudiantes de Salamanca deseen echarse al camino. El contrabandista es el Turpin, el Macheath de la realidad y algo semejante a aquellos héroes de las viejas baladas y teatros ingleses, que han desaparecido a causa de los cercados, las comunicaciones rápidas y el empedrado (pues nada más odioso para un salteador de caminos que el gas y las barreras de portazgo) más que por miedo a la cárcel. Los escritos de Smollet y los relatos de los peligros corridos por muchos que aun viven en Hounslow Heath y Finchley Common, pintan costumbres que hace poco han desaparecido de entre nosotros y que en España se han modificado más recientemente aún. El verdadero contrabandista es bien recibido en todos los pueblos; es como el noticiero y el medio de entenderse unos con otros: lleva té y charla para el cura, cigarros y dinero para el juez, cintas e hilos para las mujeres; va vestido espléndidamente, lo cual es siempre un atractivo para los ojos moroiberos; es valiente y resuelto—«nadie más que el bravo merece la hermosa»—; buen jinete y tirador; conoce palmo a palmo los rincones del país, tanto los bosques como los ríos, los montes como las llanuras; en una palabra, está admirablemente educado para andar por los caminos, para hacer la vida que Froissart llamaba, hablando del celebrado Amerigot Tetenoire, «hermosa y santa», y para él no es mucho más difícil quitarle la bolsa a un individuo en medio de la carretera que robar las rentas del rey.
Muchas son las circunstancias que concurren a hacer popular esta profesión entre las clases bajas. El atractivo del poder, la demostración de osadía y valor, la idea de llegar a hacerse rico fácilmente, tan sugestiva siempre para las naciones medio civilizadas, que prefieren exponer su vida una hora para obtener alguna ganancia que trabajar penosamente durante años; el aparato, el lujo, las canciones, las francachelas, las sonrisas de las bellas y todo el encanto de la vida de libertad y de camaradería son cosas que tienen un encanto irresistible para los pueblos enérgicos, luchadores y de rica imaginación.
El contrabando fué el origen de la profesión de José María, que llegó a los más altos puestos en ella, ni más ni menos que «Napoléon le Grand» y «Jonathan Wild the Great» en las suyas respectivas, y, principalmente, como dice Fielding de su héroe, por su capacidad para el mal y por creer que la honradez es una corrupción de honosty, las cualidades de un asno (ονος). Pero es un gran error creer que hay siempre hombres capaces de ser capitanes de una cuadrilla formidable: la naturaleza no es pródiga en la producción de tales ejemplares de peligrosa grandeza. Y así como pueden pasar siglos antes de que caiga sobre el mundo el azote de otro Alarico, Buonaparte o Wild, también pueden pasar años antes de que España tenga otro José María.
El ladrón en grande es un aristócrata de primer orden en su clase: es el capitán de una cuadrilla metódicamente organizada, de ocho o catorce hombres, bien armados y montados en buenos caballos, que le siguen y obedecen sin discutir. El mando y la disciplina son formidables, y como son fuertes y rara vez atacan si no están seguros de su superioridad, y con emboscada y por sorpresa, cuando tienen todo en su favor, es inútil generalmente la resistencia, que sólo conduce a resultados fatales. Nunca se debe, por salvar un maletín, correr el riesgo de ser enviado al Erebo; por lo tanto, lo mejor es someterse desde luego y de buen talante a la intimación, que no admite negativa, de abajo, boca a tierra. Los que puedan disponer de una veintena de duros, cuya pérdida no arruina a nadie, rara vez serán maltratados; la entrega franca y de buen grado previene los malos tratos y hasta asegura ciertas consideraciones durante la desagradable operación; porque, después de todo, como solía decir míster Cribb, las pistolas y los sables son poca defensa comparados con las buenas palabras. El español, por naturaleza bien educado y caballero, responde siempre al llamamiento de cualidades que él cree son el orgullo de su nación; respeta la sangre fría, con la cual los valientes, aun cuando sean bandidos, siempre simpatizan. ¿Y por qué un hombre ha de perder su presencia de ánimo y quizá la vida a causa de unos cuantos duros? Estas grandes figuras del bandidaje no dejan de tener cierta magnanimidad, como sabía perfectamente Cervantes; prueba de ello, su pintura de Roque Guinart, cuya conducta con sus víctimas y su proceder con sus camaradas cuadra perfectamente, como sabemos con certeza, con la observada por José María, y era completamente análogo a los mismos rasgos de carácter del bandido italiano Ghino de Tacco, inmortalizado por Dante, así como los de nuestro Robin Hood y los guardabosques de Diana. Como eran fuertes podían permitirse el lujo de ser generosos y compasivos.
No obstante estas seguridades morales, y aun cuando sólo sea para una mayor seguridad, un inglés, cuando viaje por comarcas expuestas, hará bien en llevar una provisión decente de duros que llenen una buena bolsa, que pese bien en la mano, y que es la suma aproximada que el bandido español piensa que un natural de nuestro proverbialmente rico país debe llevar consigo en sus viajes.
Es admirable la facilidad que tienen para calcular por el equipaje y el aspecto del individuo el dinero que puede llevar encima el que viaja. Si la suma no es tan crecida como suponen, se ofenden grandemente, al verse robados de los gajes regulares a que se consideran con derecho, según tradicionales costumbres de los caminos. A la persona que va completamente sin dinero se hace, generalmente, en ella un buen escarmiento, pour encourager les autres, dándole una buena paliza o dejándole completamente en cueros, según la antigua costumbre de los ladrones de Jericó. El viajero tiene que llevar algún reloj; uno con una brillante cadena dorada y colgantes es lo más indicado; y no llevarlo, le expone a más indignidades que la bolsa vacía, porque el dinero puede haberlo gastado, pero la ausencia del reloj supone la intención premeditada de que no se lo roben, y esto es para el ladrón la más injustificable tentativa para defraudarle de sus derechos.
Los ladrones españoles van armados por lo general con un trabuco que cuelgan del arzón de la silla, de perilla muy alta, que lleva una cubierta de lana azul o blanca, como un símbolo de su deseo de esquilar al prójimo. Quizá se haya concedido la orden del Toisón de Oro a algunos extranjeros como recompensa a haber aliviado a España del peso de su independencia y de algunos Murillos. El traje que usan la mayoría de ellos es muy rico y de lo más fantástico que puede imaginarse; por la indumentaria son la envidia y el modelo de las clases bajas, que van ataviadas a la moda de los contrabandistas o de los toreros; en una palabra, como el majo o elegante de Andalucía, región que es la cuna y asiento de todo el que aspira a ejercer alguna de las profesiones indicadas. La segunda clase de bandidos—omitiendo otras menos importantes, como los salteadores, que se reúnen en grupos de tres o cuatro para acometer de improviso al viajero desprevenido—son los rateros. No están especialmente instruídos en la profesión, ni organizados de modo regular, sino que aprovechan las ocasiones que se les presentan para dar un golpe; y como la ocasión hace al ladrón, después de haber realizado alguna ratería vuelven tranquilamente a la ocupación u oficio que antes ejercieran.
El raterillo es un salteador en pequeño que nunca ataca más que al individuo que va solo y sin defensa, y el cual, después de todo, si le roban, debe culparse a sí propio, pues no se debe nunca hacer caer a un español en la tentación de realizar una hazaña de esta clase. El pastor que guarda un rebaño, el labrador que va arando la tierra, el viñador en su viña, todos llevan su escopeta, al parecer para protegerse a sí mismos, la cual les proporciona medios sobrados de ataque contra los que no llevan más defensa que sus piernas y su buena fe. Estos ladronzuelos de ocasión son extremadamente corteses con los viajeros que van armados y apercibidos: les saludan quitándose el sombrero con mucho respeto y los obsequian con un «Buenos días tenga su merced», o «Vaya usted con Dios», tan sencillo e inocente como podría oírse en una bucólica, en un bailable de ópera o en cualquier otra exacta representación de la vida rural. Estos rateros son despreciados profundamente por los ladrones de alta categoría, como ocurría con los políticos de su clase antes de que los partidos fuesen traicionados por los tránsfugas que, con colas o sin ellas, desertaban al campo enemigo. El ladrón en grande desprecia a su vil competidor de igual manera que un doctor en Medicina y miembro del Colegio de médicos desprecia a un curandero que se atreve a cobrar honorarios y a matar sin licencia. Aun cuando despreciables, estos rateros son muy peligrosos, pues, careciendo de la nobleza de sentimientos que llevan consigo el poder y la fuerza, tienen la cobardía y la crueldad de los débiles, y de aquí que muchas veces asesinan a sus víctimas, porque los muertos no hablan.
La diferencia entre estos bribones de alta y baja estofa se puede comprender mejor comparando al Napoleón de la guerra con el Napoleón de la paz. El Corso era el ladrón en grande: guerreó con la Humanidad, permitió a sus secuaces el pillaje y el saqueo, haciendo la cueva y el almacén de todos los bienes del continente; pero lo hizo abierta y valerosamente, ganándolo con su brazo y con su espada, y el valor y la audacia son cualidades demasiado bellas y raras para no inspirar admiración, siquiera en algunas ocasiones no está bien aplicada. Luis Felipe es un ratero que, escondiendo sus intenciones con el disfraz de la amistad y la buena fe, trabaja callada y astutamente para conseguir sus avarientos y ambiciosos fines, y valiéndose de malas artes, mientras besa a la reina, la saca del bolsillo una corona.