Mucho se tardará, sin embargo, en conocer esta verdad, pues para ello tendrían que contradecirse muchos de los que escriben y contribuyen a hacer el gusto del público, los cuales tendrían que comerse sus propias palabras y ver sus opiniones debilitadas y combatidas, y esto es tan poco agradable como tener que volver a la escuela cuando ya uno está crecido, como ocurre cuando se estudia la Historia Romana, de Niebuhr, y encontrarse con que hay que empezar de nuevo a estudiar el alfabeto, porque todo lo que nos enseñaron como cierto está equivocado. España se ve desde lejos con un telescopio, atribuyéndola riquezas y bondades exageradas, de las que hay que rebajar mucho, pues como dice el refrán de dineros y bondad se ha de quitar la mitad, o aumentando los peligros y dificultades a un punto extremo. Un mal nombre dado a un perro o a un país es una cosa muy pegadiza y que todo el mundo repite. «Il y a des choses—dice Montesquieu—; que tout le monde dit, parce qu’elles ont été dites une fois»; y en castellano se dice: ovejas y bobas, donde va una van todas. Consecuencia de esto es que el error corre y llega a tener más crédito que la verdad misma.
Es cosa tan admitida, al escribir sobre la romántica España, que se prescinda del sentido común y los escritores se remonten a las nubes y hablen a la manera de Cambises, que, a los que descienden a la humilde prosa y se limitan a pintar las cosas como son, se les tacha no solamente de antiestéticos, prosaicos y faltos de inventiva, sino también de inverosímiles y pocos observadores. El espíritu del país, al hablar de sus propias cosas, es muy dado a decir lo que no es, y guiándose por los datos que se recojan sobre el terreno hay mucho adelantado para formar un concepto erróneo. Las leguas interminables de llanuras y montañas solitarias, donde las aves de rapiñas tienen su nido y en las que los sombríos buitres cruzan con pesado vuelo el claro cielo, son muy a propósito para que una imaginación volcánica las pueble con ejemplares igualmente rapaces de la especie de bípedos sin plumas de Platón. Los desfiladeros entre rocas, que parecen especialmente preparados para las emboscadas, las enmarañadas cañadas cubiertas de maleza, a pesar de toda su hermosura, que atrae al artista, no pueden menos de sugerir la idea de una cueva de culebras y de ladrones. Contribuyen a ello las frecuentes cruces colocadas sobre los clásicos montoncitos de piedras, en recuerdo de algún individuo asesinado, que tienen por único y conmovedor epitafio el nombre del muerto y la fecha de la desgracia, e implora del viajero, que se encuentra en igual situación que el muerto y que hasta puede serlo en un instante, que rece una oración por su alma en pena. La sombra de la muerte parece cernirse en tales lugares, y el extranjero se sume más y más en sus pensamientos, que desde mucho antes están en armonía con lo que tiene ante sus ojos. Y no será ciertamente aquella cruz, con sus brazos extendidos, muchas veces adornada de flores, lo que haga a nadie pensar en burlarse de la muerte; ni hay sermón más elocuente que una de estas piedras silenciosas con sus sobrias palabras. A los españoles les impresionan menos que a los extranjeros, pues están habituados a ver cruces y sangrientos crucifijos en las iglesias y fuera de ellas; además, saben de sobra que la mayoría de estos pequeños monumentos se han erigido para recordar asesinatos que no han sido perpetrados por malhechores, sino que son resultas de alguna pelea o de alguna venganza, y de diez veces, nueve tienen por causa el vino o una mujer. De todos modos, son lo bastante para que un valiente inglés no se encuentre muy tranquilo a su vista, aun cuando no sirve para nada asustarse cuando ya se está en el sitio: el mejor modo de defenderse es afrontar el peligro y seguir el camino. Así, pues, querido lector, cierra el oído a todas las historias espeluznantes que te contarán por esos pueblos apartados, los crédulos y tímidos habitantes. Como a nosotros nos ha ocurrido con frecuencia, te congratularás de haber pasado tal o cual bosque y tendrás la seguridad de que infaliblemente serás robado en tal o cual lugar, unas leguas más adelante, pues siempre hemos experimentado que este fuego fatuo, de igual manera que el horizonte, retrocede conforme avanzamos, y el sitio peligroso está siempre un poco detrás o un poco delante del lugar en que nos encontramos, y se desvanece, como ocurre en la mayor parte de las dificultades cuando valientemente nos acercamos a ellas para empuñarlas.
Al mismo tiempo, esta clase de sitios y de sucesos permiten que se luzca mucho la imaginación de los que han vuelto sanos y salvos de ellos, para no decir nada de la dignidad y heroicidad que supone el dar tales pruebas de valor durante un viaje de vacaciones. Además, los sombreros de medio queso, el escaparse por el canto de un duro de los cuchillos largos y de los bigotazos, el estar tumbado boca abajo en el suelo durante una hora, mordiendo el polvo, son pequeños entremeses, tan diametralmente opuestos a la civilización y a la aburrida y prosaica rutina de los libres ciudadanos británicos, que pagan contribuciones para caminos y para policías, que son tópicos casi irresistibles para la pluma de un escritor fácil. Tales animados incidentes tienen la seguridad de hallar mucho público en Inglaterra, donde existe gran afición a estos relatos auténticos de España, que les dan las más nuevas y mejor informadas noticias sobre ella y que tan bien casan con la idea que ellos tienen formada de antemano. De aquí que los más populares sean aquellos autores que ponen el amor propio de su lector en la mejor armonía con sus propios conocimientos. Y esto explica la frecuencia con que se habla en los apuntes peninsulares, en las narraciones personales, etc., de atracos y de robos, más fáciles de encontrar en sus páginas que en las llanuras de la Península. Los escritores saben que en el relato de un viaje por España se espera la aventura de bandidos lo mismo que en una novela de la señora Ratcliffe; estos efímeros libros están principalmente compuestos de «grandes acontecimientos», de manera que los autores ensartan todos los horrores tradicionales que circulan y que pueden amontonar sobre los caminos españoles, alimentando y manteniendo de esa manera la idea que existe en muchos condados de Inglaterra, de que la Península está totalmente poblada de bandidos. Y los que tal creen, no piensan que, si esto fuera cierto, sería imposible la vida de relación, y que si casi todos los que cuentan las aventuras han escapado de ellas por milagro, lo mismo les ocurrirá a otros.
Nuestros ingeniosos vecinos, cosa extraña en un pueblo tan valiente, tienen una verdadera bandidofobia, pues, según lo que se les dice en letras de molde a los papanatas de París, todo el temerario que piense tomar asiento en la diligencia española debería antes, a toda costa, hacer su testamento, como cuatro siglos atrás se hacía al salir en peregrinación para Jerusalén. Es muy posible que esto sea una idea de la diplomacia francesa, la cual siempre se ha distinguido por sus ocultas intenciones, y puede convenirle propalar ese rumor, como hacen los monederos falsos cuando corren la voz de que ciertos lugares están habitados por fantasmas, para evitar que otros vayan y asegurarse así una pacífica posesión. Es posible también que la superabundancia del esprit francés preste color y substancia a cosas insignificantes en sí mismas, como un pintor que esté pensando en las musarañas junto a la chimenea convierte las cenizas en castillos monstruos, y otros seres imaginarios; o también puede ser que, como la conciencia hace a todo el mundo cobarde, estos señores vean realmente un bandido en cada arbusto de España y esperen ver surgir de detrás de cada roca un ministro vengador que lleve en el bolsillo una lista de todos los vasos sagrados, Murillos, etc., que se echaron de menos después de la invasión de sus compatriotas. Sea como quiera, lo cierto es que, incluso un hombre tan avisado como monsieur Quinet, un verdadero doctor Sintaxis, llena páginas enteras de su libro Vacances[5] con sus constantes temores, aun cuando por haber llegado al término de su jornada, sin ningún accidente, bien que no sin miedo a ellos, le pasase por la mente la idea de que el coco sólo existía en su imaginación, mostrando con esto en su agradable libro un modo de ser que, a lo menos en Inglaterra, no inspira interés ni respeto, pues no se considera muy heroico el exceso de precaución.
Hay que convenir también en que es muy fácil equivocarse respecto a la respetabilidad y carácter de muchos españoles cuando van de viaje, a no ser que lo hagan en un carruaje público, pues, como hemos indicado en el capítulo noveno, al ponerse en camino, abandonan a la mujer y la levita y visten el traje nacional, que es muy parecido al que usan los bandidos de melodrama, y, por tanto, no es extraño que se les tome por uno de ellos, pues, además, casi todos son morenos, tienen los ojos negros y penetrantes, el pelo desgreñado, y, en caso de viaje, prescinden de la toalla y la navaja; una barba sin afeitar da, no sólo en España, un aspecto tenebroso, que aumentará seguramente si el individuo lleva un fusil y un cuchillo. Además, estos señores así trajeados, tienen la costumbre de quedarse mirando fijamente por debajo del sombrero gacho, cuando pasa por su lado un extranjero, vestido para ellos de un modo raro, que excita su curiosidad y suspicacia, y, naturalmente, es un poco difícil distinguir a la oveja del lobo cuando los dos van disfrazados con la piel del primero, es decir, con una zamarra. Un caballero español que en su pueblo sería un modelo de ciudadanos, o un respetable tendero pacífico, ejemplo de burgueses inofensivos, se aparecerá, cuando salga a una excursión comercial, como el Bravo de Venecia u otros héroes de este estilo que atemorizan a los chicos en los teatros de pueblo. Comoquiera que desde niños estamos oyendo que viajar en este país es cosa imposible, resulta que muchos de nuestros compatriotas creen, de buena fe, que en la Península sólo se pueden encontrar ladrones, y exageran su número de modo extraordinario, como los lenceros de Falstaff; y los supuestos Rinaldo Rinaldinis se alarman probablemente aún más por tomar también a nuestros compatriotas por ladrones, y este mutuo error continúa hasta que ambos explican su ligera equivocación sobre su mutuo carácter e intenciones. Aun cuando nosotros no hayamos nunca confundido a los pacíficos buques mercantes españoles con corsarios o navíos de guerra, ellos han cometido más de una vez esta injusticia con nosotros; y, probablemente, se nos hizo este honor a causa de la atención que pusimos en imitar el traje y el porte de su gran Rob Roy y en su propia patria, lo cual, para uno que quisiera acometer, en aquellos días, largas y solitarias cabalgadas a través de la Península, era una enorme ventaja.
Pero aun en aquellos tiempos de más peligro, los robos eran la excepción y no la regla, a pesar de las detalladas y precisas relaciones de indígenas y extranjeros, tan exageradas las unas como las otras. En realidad, esas conversaciones son el plato obligado, el tópico común de todos los viajeros de la clase baja, cuando charlan y fuman alrededor del fuego de la venta, y constituye la natural y agradable religio loci, la natural compañía en los lugares salvajes y llenos de asesinos. Y aunque el placer de los narradores va mezclado de miedo y de dolor, se complacen en esas historias como los niños con las de duendes. Su imaginación oriental corre parejas con su credulidad, y concluyen por creerse sus propias invenciones, a fuerza de repetirlas. Cuando en realidad se comete un robo, la noticia se extiende por todas partes y va ganando en lujo de detalles y de feroces pormenores, pues no hay cuento de arriero o andaluzada de marinero que pierda al correr de boca en boca, y la misma horrenda historia (aunque sólo hayan variado los nombres, las fechas y los lugares) se cuenta en otros muchos sitios, como ocurría en los tiempos medievales con un milagro frailuno, multiplicándose así infinitamente. Y se habla del suceso por meses y meses en todo el país, y, en cambio, nadie recuerda los miles de viajeros que recorren diariamente aquellos parajes sin que les ocurra nada. Ocurre con esto como con la lotería: que todo el mundo se fija en el premio gordo sin prestar atención a la infinita mayoría de los no premiados. Las historias de ladrones llegan a las ciudades y a oídos de gentes respetables que nunca se movieron una legua más allá de las murallas y que simpatizan con todo el que se expone por obligación a los grandes peligros y penalidades de un viaje, esforzándose con la mejor buena fe en disuadir de su propósito a los temerarios aventureros que intentan afrontarlos, dando como seguras las aprensiones de su credulidad y su imaginación.
Los arrieros, venteros y la masa de españoles vulgares, advierten en las caras ansiosas de su tímido auditorio que está en vena de escuchar y de creérselo todo, y como son gárrulos y egoístas por naturaleza, se agarran a un tema en el que están fuertes, sintiéndose satisfechos de ser considerados en él una autoridad, con la superioridad que presta a esta clase de gentes el poder dar datos precisos y amedrentar a los oyentes. Su vivo ingenio, en el que pocas naciones les gana, pronto advierte el género de información que el «corresponsal» necesita, y, como las palabras no cuestan dinero, el voraz papanatas hace buen acopio de las noticias que desea. Estas historias aparecen luego impresas y se las cree por estar en letras de molde; y así tenemos que las jugarretas hechas al pobre míster Inglis y su libro de notas fueron el hazmerreír de la Península entera. Alguna gente seria se dejó influír por el contagio, y los chistes de bandidos de míster Mark se imprimieron y se les dió tanto crédito como si el autor fuese un apóstol en vez de un cónsul.
Como fué nuestro destino el viajar por la Península cuando Fernando VII era rey de las Españas y José María (a cuyo solo nombre aun tiemblan allí los viejos y las mujeres) era el amo de Andalucía, nos encontramos en un momento muy propicio para estudiar la filosofía de los bandidos españoles, y nuestras especulaciones se beneficiaron por haber tenido la fortuna de conocer al mismo temible jefe, del cual, como de muchos de sus inteligentes compañeros, sólo podemos contar amabilidades y valiosas informaciones, a las que quedamos profundamente agradecidos.
Históricamente hablando, España nunca ha gozado de buena fama en este asunto de los caminos; en la antigüedad, realmente, no tiene una reputación definida, pero en toda época los extranjeros son los que la han acusado. Los romanos, a quienes no costó gran trabajo invadirla, fueron hostilizados por los guerrilleros indígenas, esas bandas indisciplinadas que sostenían esa lucha de guerrillas que siempre ha hecho Iberia. Molestados por estos tiradores sin disciplina llamaron a todos los españoles que les resistían latrones, como más tarde los invasores franceses, por las mismas razones, los llamaron ladrones o bandidos, por no llevar uniforme, como si el usar un casco impuesto por un general que se dedique al saqueo, pudiera convertir a un pillo en un hombre honrado, o el no llevarlo significara que era un ladrón el noble patriota que defendiera su propia hacienda y su país, sin tener en cuenta que, como dicen los franceses l’habit ne fait pas le moine, y que aunque la mona se vista de seda, mona se queda, replican los españoles.
Los hombres armados han sido siempre la plaga de España, tanto en tiempo de paz como en guerra: el estar en contra de la humanidad parece como que es instintivo en todos los descendientes de Ismael, y, particularmente, en esta rama quijotesca, cuyos caballeros andantes o reformadores a caballo han sido no pocas veces ladrones disfrazados. Durante la guerra contra Buonaparte, la Península hervía en insurrectos, muchos de ellos impulsados de un sentimiento de lealtad a su rey, de indignación por su religión ultrajada y de odio arraigado al gabacho. Buenos servicios prestaron los Minas y Compañía a la causa de su legítimo rey; pero otros utilizaban sus patrióticos oficios como capa para cubrir su instintiva pasión por el saqueo y el libertinaje, y antes de que el país se viera libre de invasores, eran ya un enemigo formidable para todos los partidos. El duque de Wéllington, con su sagacidad característica, vió desde luego, al concluír victoriosamente la lucha, lo difícil que sería arrancar este «fruto nacido de un árbol injerto en patriotismo». De matar a un francés, a saquear a un extranjero, no había más que un paso para estos verdugos patriotas, entre los cuales se contaban todos los descontentos y los que no pudiendo cavar la tierra se avergonzaban de mendigar. El mal disminuyó bastante en los últimos años del reinado de Fernando VII; primeramente, porque murieron muchos de los viejos, y, además, por las mejorías introducidas en la sociedad, que hicieron desaparecer, o poco menos, estas ocupaciones fuera de la ley, del mismo modo que el cultivo del campo ahuyenta a las alimañas. Estos males, que quedan anulados por la tranquilidad interior y los continuos esfuerzos de las autoridades, aumentan en los tiempos de revueltas, los cuales, como la tormenta, hace levantar el vuelo a los petreles, prestan actividad a la parte peor de la sociedad, creando una especie de caquexia civil, como está ocurriendo en Irlanda.