Son muy insinuantes en sus invitaciones en donde quiera que hay una comida. Nadie, por humilde que sea su posición, consentirá que pase una persona al lado suyo cuando está comiendo sin decirle: ¿Usted gusta? Asimismo ningún viajero debe prescindir de esta cortesía, al acercarse a él un español, sea de la clase que sea, sobre todo en esas comidas que con frecuencia se hacen en pleno campo; y no lo deben tomar por pura fórmula, pues todas las clases consideran un cumplido que un extranjero, sobre todo un inglés, acceda a participar de su comida. En los pueblos pequeños será frecuente que no acepten el convite de un inglés, aun las clases elevadas y aquellos que ya han comido, pues tienen como a desaire el rechazar la invitación, además de que siempre están dispuestos a tomar un bocado de un plato escogido que no suele, por lo general, tener a diario en su frugal mesa; todo lo cual es muy árabe. Sin embargo, ningún español acepta un convite de buenas a primeras: siempre procura hacerse rogar un poco, para que parezca que hacen violencia a su estómago, aceptando por hacerse grato. Los ángeles declinaron la hospitalidad de Lot hasta que se les «instó grandemente». Los viajeros en España deben tener en cuenta este rasgo oriental aun existente, porque, si no insisten en su invitación, se figurarán, seguramente, que lo hacen por mero cumplido. Nosotros hemos conocido españoles que se han presentado con intención de quedarse a comer, y que se han marchado por haberles parecido que la ceremonia de la invitación no se había hecho en la forma que su susceptibilidad estimaba debía hacerse y que es en un todo opuesto a nuestra manera de ser. La hospitalidad en un país donde son raras las posadas se convierte en un sagrado deber, como ocurre en Oriente; si uno consume todas sus provisiones solo, no puede esperar tener muchos amigos. Hablando en términos generales, el ofrecimiento no se acepta: se rehusa siempre con igual cortesía que inspira la invitación: Muchas gracias, que le haga buen provecho, que es una respuesta parecida al prosit de los campesinos italianos después de comer o de estornudar. Estas costumbres de invitar y rehusar la invitación concuerdan exactamente, aun en las expresiones, con las que se usan entre los árabes de hoy. Los orientales invitan a todo el que pasa junto a ellos diciéndole: Bismillah ya sidi, etc., etc., que quiere decir: «En el nombre de Dios, Señor (es decir), ¿quiere usted comer con nosotros?», o: Yafud-dal: «Hágame el obsequio de compartir conmigo esta comida». Y los que rehuían la oferta lo hacen con la expresión: Heneê an: «Que aproveche».
La cena, que, como entre los antiguos, es la comida principal, se riega con abundantes tragos de vino del país, bebido en un jarro o en una bota, pues los vasos no abundan. Cuando se termina, se encienden los cigarros, los toscos asientos se acercan al fuego y se charla de todo, pero con preferencia de asuntos de ladrones o de amor, de los que los últimos son los menos fantásticos; se dan y se reciben bromas, y la risa forma el coro de la conversación, especialmente si se ha comido y bebido bien, para lo cual es el mejor postre. Luego comienzan los cánticos: se empieza a oír el rasgueo de una guitarra—pues nunca falta un patilludo Fígaro que esté enterado de la llegada de los huéspedes, y acuda a la reunión por puro amor al arte y al encanto de un cigarro—; luego se congregan los campesinos de uno y de otro sexo, se inicia el baile, se olvidan las fatigas del día, una simpática alegría se extiende sobre todos y la velada se prolonga hasta bien entrada la noche; y como todos han dormido su correspondiente siesta, tienen los ojos más abiertos que lechuzas, y gritan y alborotan como condenados. En vano lucharán la pluma y el pincel por pintar la escena. La gritería, el polvo, la carencia de todo en estas ventas humildes, son emblemas de la simplicidad de la vida española, que es una broma. Uno a uno se va deshaciendo la reunión; la gente mejor acomodada se va al piso de arriba; los más pobres—siempre los más numerosos—preparan su cama en el suelo, junto a los animales, y, como ellos, hartos y libres de preocupaciones, se duermen instantáneamente, a pesar del ruido y la molestia que les rodea. Este remedo de la muerte es más igualatorio que la muerte misma, como dice Don Quijote, porque un honrado arriero español, tumbado en una dura saca de paja, duerme más tranquilo que la inquieta cabeza de un embaucador que ciñe corona ajena. «El sueño—dice Sancho—cubre a uno como una manta», y una manta, o su émula la capa, constituye la mejor parte del guardarropa de un español durante el día, y de su ropa de cama durante la noche. El suelo es hoy, como fué en tiempo de los iberos, la cama nacional; hasta la palabra que expresa esta comodidad, cama, se deriva del griego χαμα. Por lo tanto, todos se acomodan en el suelo, y de ese modo se escapan de las tres clases de animalitos que se encuentran juntos siempre, como las tres Gracias, en los climas templados al por mayor y en las ventas españolas al por menor. Su almohada es las alforjas o el albardón, y duermen con un sueño corto, pero profundo. Mucho antes de amanecer todo está en movimiento, «levantan las camas», dan de comer a los animales, los aparejan, los cargan y despiertan a los dormilones. El tocado de la mañana es por todo extremo sencillo: ni hombres ni cuadrúpedos emplean tiempo ni jabón en él: se echan a cuestas su guardarropa y dejan a la lluvia y al sol el cuidado de limpiar y blanquear; pagan su pequeña cuenta, se cruzan saludos o protestas (generalmente lo último), según el importe de ella, entre el ventero y los huéspedes, y comienza otro día de ajetreo. Nuestro fiel escudero siempre tenía para un par de horas, después de salir de la venta, de juramentos, invectivas y lamentaciones sobre la carestía de las posadas, la bellaquería de sus dueños en general y del de la última en particular, a pesar de que, probablemente, del par de duros pagados por nosotros alguna parte se repartiera entre él y el honrado ventero.
Estas escenas de la venta española varían cada día y cada noche, a medida que un nuevo grupo de actores hace su primera y última presentación ante el viajero. De una cosa puede éste estar seguro: de que se encuentra fuera de Inglaterra y del año del Señor en que creía vivir. Su innegable sabor de antigüedad les da un gustillo, una borracha, que es completamente desconocido en la Gran Bretaña, donde todas las cosas están fundidas y modernizadas; aquí se pueden ver y estudiar las costumbres y los sucesos tal como ocurrieron, en los mismos lugares, en tiempos de Aníbal y Escipión, según se colige de los autores clásicos. No podemos resistir a hacer la comparación de una de estas ventas españolas con la posada romana, descubierta a la entrada de Pompeya, y su copia, la moderna ostería, en el mismo distrito de Nápoles. En el Museo Borbónico pueden verse modelos de la mayoría de los utensilios usados ahora en España, y el antiquísimo y oriental estilo de cocina también puede ser fácilmente reconocido por las noticias que nos han transmitido los libros de cocina de la antigüedad. Lo mismo puede decirse de los tamboriles, castañuelas, canciones y bailes; en una palabra, de todo. Y cuando se contempla a estos hombres aquietados por el sueño y extendidos como cadáveres entre sus animales, en particular los valencianos, con sus alpargatas y sus zaragüelles, sus mantas, sus cestas de junco y sus esterillas, no puede menos de pensarse que Estrabón debió contemplar a los antiguos iberos exactamente con los mismos trajes y en la misma posición cuando nos dice lo que ahora vemos que es cierto: πλεον εν σαγοις, εν ὁις περ και στιβαδοκοιτουσι[4].
El ventorrillo es una venta de segundo orden, pues aun en esto hay clases: es el kneipe alemán o cervecería, y, muchas veces, no es más que una choza, construída con cañas o ramas de árboles al borde del camino, en la que se vende agua, mal vino y aguardiente; éste siempre detestable, áspero y estropeado por el anís, y que al echarlo en el agua la pone blanca como agua de Colonia, prueba, por supuesto, que no suelen hacer los españoles. Estos ventorrillos son, por lo general, sitios sospechosos, puntos de reunión de espías, de ladrones o salteadores de caminos, si los hay, los cuales están de acuerdo con la dueña. Esta, por su parte, generalmente puede servir de modelo para Hecate o para alguna de las brujas de Shakeaspeare, inclinada sobre el caldero, y sus parroquianos son lo bastante interesantes para dedicarles un capítulo aparte.
Capítulo XVI
UNA olla sin tocino sería tan sosa como un volumen sobre España sin bandidos: el estimulante es tan necesario para el gusto extendido en nuestro mercado, como el aguardiente para el jerez de importación. Y mientras unos, los tímidos, dudan de asomar las cabezas en estas supuestas cuevas de ladrones, tanto como en una casa encantada, otros, los que no participan de los miedos de los críticos de café y de los escritores exquisitos para álbums de señoritas, sino que atacan audazmente el avispero, vuelven firmemente convencidos de que la casta de los ladrones ha desaparecido. En España, el país de lo imprevisto, la inesperada ausencia de estos personajes que hacen intransitables los caminos, es una de las muchas sorpresas, y no ciertamente la más desagradable, que esperan al que quiere juzgar un país por experiencia propia, y no se contenta con creer de buena fe las deducciones preconcebidas y los prejuicios estereotipados de los que no la tienen, aun cuando estén dispuestos a juzgar a los primeros y a pronunciar su fallo sin una inspección previa. Este verano, unos cuantos amigos nuestros han hecho varias excursiones, a caballo y en coche, por rincones de la Península verdaderamente sospechosos, sin escolta de ninguna clase y sin armas, y no han tenido la buena suerte de encontrarse con ningún ladrón; realmente hay que reconocer que las historias de frailes y bandidos se refieren más al pasado que al presente.
La seguridad actual de los caminos españoles se debe a los moderados, como se llama a los afrancesados e imitadores del juste milieu, cuyo jefe es el señor Martínez de la Rosa. Este señor es un moderado en poesía lo mismo que en política y un modelo de la sublime mediocridad, que, según Horacio, ni los hombres, ni los dioses, ni los libreros pueden tolerar; su reputación como autor y estadista—¡pobres Cervantes y Cisneros!—demuestra la presente decadencia de España. Su pluma y su espada están embotadas, sus laureles marchitos y sus entrañas agotadas; pero en tierra de ciegos el tuerto es rey.
Este dramaturgo, en mayo de 1833, fué llamado de su retiro de Granada a Madrid por el suspicaz Calomarde. La diligencia en que viajaba fué detenida por unos ladrones, a cosa de las diez de una lluviosa noche, cerca de Almuradiel; y al primer aviso, el conductor y los postillones se echaron al suelo, con la cara en el polvo, como para demostrar su gran respeto a estos señores del camino. Los pasajeros eran él, un artista alemán y un amigo nuestro, inglés, residente ahora en Londres, el cual fué tratado con mucha cortesía por los satisfechos bandidos, porque con la mejor voluntad no opuso ninguna resistencia a entregar su bien guarnecida bolsa; no así el Deutscher, que estuvo a punto de ser maltratado, como venganza por lo vacío de su bolsillo, de no haber intervenido nuestro amigo explicando cuál era la profesión del alemán y logrando que le dejaran en libertad. Entretanto, el Don se dedicaba a esconder en el forro del coche, después de rajarlo, su reloj y los pocos duros que llevaba, y cuya existencia negó resueltamente al preguntarle por ellos; bien que luego reaparecieron ante la amenaza de una paliza, que casi ejecutaron. Después de esta detención, los viajeros pudieron continuar libremente su camino: el jefe de los bandidos dió la mano a nuestro compatriota, y se despidió deseándole un feliz viaje y diciéndole: «Vaya usted con Dios y sin novedad. Usted es un caballero, como lo son todos los ingleses; el alemán es un pobrecito, y el español, un embustero». Este último señor, tan duramente tratado por ese Lavater español, ha embolsado ya más de lo que le robaron, pues ha llegado a ser presidente del Consejo de Ministros con la reina Cristina y un humilde y adicto siervo de Luis Felipe: ¡cosas de España!
Es muy posible que este pequeño incidente diese origen a la creación de la guardia montada que existe hoy en las ciudades, y que tiene la misión de vigilar las carreteras: se llama la guardia civil, y ha venido a substituír a la «hermandad», de Fernando e Isabel. Van vestidos a imitación de la gendarmería francesa; y como los españoles nunca pierden la ocasión de dar un mote acertado o de largar una pulla a las cosas de su vecino que no son de su agrado, les llaman polizontes o polizones, palabras que equivalen a la francesa polissons, bergantes, o les llaman hijos de Luis Felipe, pues son lo bastante mal educados, a pesar del matrimonio de Montpensier y de las hazañas nelsonianas de monsieur de Joinville, para considerar las dos palabras como sinónimas.
El número de estos bribones, hijos del rey francés, o guardias civiles, como se les quiera llamar, pasa de cinco mil. Durante el reciente maquiavelismo de su padre putativo, se han utilizado en las ciudades tanto como en el campo, y en funciones políticas más que de pura policía, empleándolos en calmar a la opinión pública indignada, y, en vez de perseguir malhechores, apoya a criminales de primera línea, nacionales y extranjeros, que se dedican ahora a despojar a la pobre España de su oro y de sus libertades; pero siempre ha ocurrido lo mismo. Cuando nosotros llegamos por primera vez a la Península y preguntamos por los bandidos, pudimos convencernos, como lo están ya los españoles sensatos, de que no los encontraríamos en los caminos, sino en los confesonarios, en los bufetes de los abogados y, mejor aún, en las oficinas del Gobierno: aun en la misma Inglaterra están más expuestos los bolsillos en los Ministerios y Cancillerías que en muchos caminos y veredas de la Península.