Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria, levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa.
El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre preso de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios, pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita. ¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!
Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas, divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos, abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa, que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen porte abrió la puerta.
—Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?—preguntó el abogado.
—Voy á ver, Utterson—contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta.
—¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al comedor?
—Aquí, gracias—contestó el abogado, aproximándose al fuego.
Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.
Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;—he visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía, Poole—le dijo el abogado—¿es eso natural no estando en casa el Dr. Jekyll?
—Completamente natural y regular, Sr. Utterson—repuso el criado.—El Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.