—Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.
—Sí, señor, es verdad—contestó Poole—todos tenemos orden de obedecerle.
—No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde—dijo Utterson.
—¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí—añadió el ayuda de cámara.—En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.
—Bien, buenas noches, Poole.
—Buenas noches, Sr. Utterson.
Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido. ¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven, hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de alguna vergüenza oculta, cuyo castigo viene cuando años después la memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.
Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de las que había sabido evitar.
Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.