—Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la criada—añadió el agente.

Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo:

—Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa del asesino.

Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los torbellinos de nubes.

El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros, con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad, parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede experimentar hasta el hombre más honrado.

Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló separado de todos aquellos desagradables cuadros.

Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas.

Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta. Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales nada dejaban que desear.

—Sí—dijo—aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa.