En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera, pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado, le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo. Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el conocimiento.
Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la policía. El asesino había huído hacía ya tiempo, y la víctima yacía en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada, estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió, probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr. Utterson.
Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana, antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en que había sido encontrado, sus labios se contrajeron.
—Nada diré hasta haber visto el cadáver—exclamó—esto puede ser muy serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía en donde se encontraba el cadáver.
Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo:
—Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers Carew.
—¡Dios mío! ¡será posible! caballero—exclamó el agente de policía. Y sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.—Este asunto hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.—Luego refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo roto del bastón.
Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll.
—¿Es Hyde—preguntó el abogado—persona de pequeña estatura?