—Bien dicho—repuso el abogado—y suceda lo que quiera, yo cuidaré de que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta.
—Hay un hacha en el laboratorio—indicó Poole—y vos podéis tomar un hierro de la cocina.
El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:—¿Sabéis que vos y yo vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro?
—Bien lo podéis decir, señor—contestó el criado.
—Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos, el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho; hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis reconocido?
—Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna vez al Sr. Hyde.
—Sí—contestó el abogado—he hablado una vez con él.
—Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor; sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo.
—Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que indicáis—contestó Utterson.