—He aquí, he aquí la historia—prosiguió Poole.—Entré súbitamente en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido á salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me vió entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al gabinete. No le vi más que un instante, pero los pelos se me pusieron de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿por qué había lanzado aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que le sirvo; y luego...—Poole calló y se pasó la mano por la frente.

—Realmente, son muy extraños esos detalles—dijo Utterson—pero creo entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo; de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude! Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.

—Señor—dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y encarnado—aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi amo—miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy baja—es un hombre alto, bien constituído, y el otro era más bien un enano.

Utterson trató de protestar.

—¡Oh! señor—exclamó Poole—¿podéis pensar que no conozco á mi amo después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un crimen.

—Poole—replicó el abogado—si habláis así, mi deber exige llegar hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta.

—¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!—exclamó el criado.

—Y ahora viene la segunda pregunta—continuó diciendo Utterson;—¿quién romperá la puerta?

—¿Cómo? vos y yo, señor—dijo valerosamente Poole.