—Llorar como una mujer ó como un alma extraviada—añadió el criado.—Me fuí con el corazón tan enternecido que hubiera podido llorar también.

Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban y venían en medio de la tranquilidad de la noche.

—Jekyll—gritó Utterson con voz fuerte—quiero veros.—Detúvose un instante, pero nadie contestó.—Os doy un buen consejo; hemos concebido sospechas; es preciso que os vea y os veré—y moviéndose, añadió—si no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo permitís, entonces se empleará la fuerza bruta.

—Utterson—dijo la voz—por amor de Dios, ¡piedad, piedad!

—¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde—exclamó Utterson.—¡Poole, derribad la puerta!

Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe; los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior de la estancia.

Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio, y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres aquella noche.

Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el cuerpo de un suicida.

—Hemos llegado tarde—dijo con dureza—tanto para salvar como para castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el cuerpo de vuestro amo.