La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete por otra escalera.

Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran despensa.

Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.

Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:

—Es preciso—dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como un eco—que esté enterrado aquí.

—Ó puede haber huído—repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.

—Esta llave no parece haber servido—observó el abogado.

—¿Haber servido?—repitió Poole con la exactitud de un eco—¿no veis, señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado.

—Y—siguió diciendo Utterson—los puntos rotos también están enmohecidos.

Los dos hombres se miraron con espanto.