—Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia—dijo el abogado.—Volvamos al gabinete.

Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadáver, comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida.

—Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á buscarle—dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido espantoso.

Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio puño del doctor, que eran horribles blasfemias.

Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero, en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus propias personas pálidas y asustadas.

—Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor—dijo Poole.

—Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser—repuso el abogado casi con el mismo sonido de voz.—¿Con qué objeto tenía Jekyll...?—y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando su debilidad, añadió:—¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo?

—También me dirijo idéntica pregunta—contestó Poole.

Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito, de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo.