—La cabeza me da vueltas—dijo—ha tenido este documento todos estos días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar al verse desbancado, y no ha destruído el documento.
Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño del doctor con una fecha en lo alto.—¡Oh! Poole—exclamó el abogado—estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe.
—¿Por qué no leéis lo demás?—preguntó Poole.
—Porque temo—repuso el abogado con tono solemne—¡quiera Dios que no tenga ningún motivo para temer!—y hablando así, acercó el papel á sus ojos y leyó lo siguiente:
"Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos, habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presidencia requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado amigo
Enrique Jekyll."
—¿Hay otro sobre?—preguntó Utterson.
—Aquí está, señor—dijo Poole entregándole un paquete cerrado con varios sellos.
El abogado lo guardó en uno de sus bolsillos.—No hablaré de este paquete—añadió.—Si vuestro amo ha huído ó ha muerto, podemos á lo menos salvar su honor. Son las diez; debo volver á mi casa y leer con calma esos documentos; pero volveré antes de las doce, para enviar á buscar á la policía.
Salieron, cerrando tras sí la puerta del laboratorio, y Utterson, dejando de nuevo á los criados reunidos alrededor del fuego en la antesala, regresó tranquilamente á su despacho para leer los dos documentos, en los cuales va á descorrerse el velo de este misterio.