Nueva York, Abril, 1891.
EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL.
HISTORIA DE LA PUERTA.
El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué, nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,—tenía por costumbre decir, no sin cierta agudeza—hacia la herejía de Caín; dejo que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter, resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos, durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.
Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente impasible, y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban, que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de consuelo.
Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.
La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras. Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego brillante en medio de un bosque sombrío; no cabe duda de que aquellas persianas recién pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeuntes.
Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido. La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos visitantes, ó de reparar sus daños.