El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela, y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con su bastón.
—¿Habéis observado alguna vez esta puerta?—preguntó; y cuando su amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:—se halla enlazada en mi memoria con una historia harto singular.
—¿De veras?—dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz—¿qué historia es esa?
—Hela aquí—replicó el Sr. Enfield.—Regresaba á mi casa desde un punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas; mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea ardientemente ver á un agente de policía. De pronto vi dos personas: una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este, y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar. En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor, así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor. Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres. Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia de espíritu brutal, sarcástica—como desafiando á todos, aunque en el fondo yo veía que estaba asustado.
—Si lo que deseáis—dijo—es sacar dinero á costa de este incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el escándalo—añadió;—decidme la suma que pretendeis.
La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta; sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir; era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico:
—Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se abra el despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.—Partimos todos; el doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de eso; era bueno.
—Vaya, vaya—exclamó Utterson.
—Veo que experimentais igual duda que yo—repuso Enfield;—sí, es verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla lejos de explicar las cosas—añadió; y después continuó pensativo, sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson:
—¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí?