—¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!—repuso Enfield—pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas á sus señas; no vive aquí.
—¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la puerta?—volvió á decir el Sr. Utterson.
—No señor, he tenido esa delicadeza—añadió Enfield.—Tengo viva repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se hará el día del Juicio final. Lanzáis una pregunta, y es como si tiráseis una piedra; estáis tranquilamente sentado en la cima de una colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No, señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.
—Es, verdaderamente, un buen método—dijo el abogado.
—Pero he estudiado el paraje yo mismo—siguió diciendo Enfield;—la construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna; los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil decir dónde concluye una y comienza otra.
Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra.
—Enfield—exclamó el Sr. Utterson—tenéis una excelente regla de conducta.
—Así lo creo—repuso Enfield.
—Pero, á pesar de todo—continuó el jurisconsulto—hay una cosa que quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á la niña.