—Bien—contestó Enfield—no veo ningún mal en ello. Era un individuo llamado Hyde.
—¡Hum!—dijo Utterson—¿qué clase de hombre es?
—No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario. No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este mismo instante.
El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y luego preguntó, como obligado por sus reflexiones:
—¿Estáis seguro que hizo uso de una llave?
—Querido señor...—dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella pregunta.
—Sí, ya sé,—continuó Utterson—ya sé que eso debe parecer extraño. El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si en algún punto habéis sido inexacto, haríais bien en rectificar.
—Creo que hubiérais podido avisarme—replicó Enfield, con algo de mal humor—pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y lo que es más, la tiene todavía. Lo vi usarla no hace aún una semana.
Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el joven, reanudando entonces la conversación, añadió: