"Prestadme ese servicio, mi querido Lanyón y salvad á vuestro amigo—E. J.
"P. S.—Había cerrado ya esta carta cuando un nuevo terror se apodera de mi alma. Es posible que el correo cometa un error y que esta carta no llegue á vuestras manos hasta mañana por la mañana. En ese caso, querido Lanyón, cumplid mi encargo durante el día á la hora que os sea más cómoda, y aguardad otra vez mi mensajero á media noche. Pero quizá será demasiado tarde; y si transcurre entonces la noche sin ninguna novedad, podréis decir que habéis recibido la última noticia de,
Enrique Jekyll."
Al leer aquella carta me convencí de que mi colega estaba loco; pero hasta que la cosa no ofreciese género ninguno de duda, decidí ejecutar lo que me pedía. Cuanto menos comprendía yo todo aquel fárrago, menos me hallaba en el caso de juzgar de su importancia, y tal petición dirigida en semejantes términos, no podía ser rechazada sin incurrir en grave responsabilidad. Me levanté inmediatamente de la mesa y fuí á buscar un carruaje que me condujo directamente á casa de Jekyll. El criado aguardaba mi llegada; había recibido por el mismo correo que yo un pliego certificado que contenía sus instrucciones, y envió á buscar en el acto á un cerrajero y un carpintero. Ambos obreros llegaron mientras estábamos hablando, y fuimos todos juntos á la sala de disección del viejo Doctor Denman, por el extremo de la cual, según lo sabéis probablemente, se entra con mayor comodidad en el gabinete particular de Jekyll. La puerta era muy sólida, la cerradura excelente; el carpintero confesó que tendría mucho trabajo y que haría mucho destrozo, si tenía que emplear la fuerza; el cerrajero llegó á creer que no podría descerrajarla, pero era un hábil obrero, y después de dos horas de trabajo, quedó abierta la puerta.
El armario señalado con la letra E no estaba cerrado; saqué la gaveta, la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevándomela á la plaza de Cavendish.
Así que llegué, me puse á examinar su contenido. Los polvos estaban bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un químico fabricante ó vendedor, de modo que, á no dudarlo, habían sido manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los sobres, vi que su contenido se parecía, sencillamente, á una sal cristalizada de color blanco. El frasco, que examiné después, estaba lleno hasta la mitad; contenía un licor rojo, con un olor muy agrio, con algo de fósforo y éter volátil. En cuanto á los otros ingredientes, no pude saber lo que eran. El cuaderno ó carterita de apuntes era como casi todos los que usan los colegiales, y sólo contenía unas cortas series de fechas. Esas fechas se extendían á un largo período de años, pero observé que las entradas habían cesado hacía un año poco más ó menos, y bruscamente. Aquí y allí, se veía añadida alguna breve observación, á una fecha, que generalmente era nada más que la palabra doble, que se hallaba repetida quizá seis veces en un total de algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la lista, y seguidas de algunos signos de admiración, estaban las palabras fracaso total.
Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me decía poco respecto del objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el diario de una serie de experimentos que, (como ocurría á menudo con las investigaciones de Jekyll), no conducía á nada práctico. ¿Por qué razón la presencia en mi casa de esos varios objetos podía afectar á la honra, ó al estado del espíritu, ó á la vida de mi ligero colega? Si su mensajero podía ir á un punto ¿por qué no podía ir á otro? Y aunque hubiese alguna imposibilidad, ¿por qué ese caballero tenía que ser recibido en secreto? Cuanto más reflexionaba en todo eso, más me convencía de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral; sin embargo, al ordenar á mis criados que se recogiesen, fuí á buscar un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si hubiese sido necesario.
Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se dejó oir muy despacio. Fuí á abrir yo mismo, y encontré á un hombre de pequeña estatura vuelto de espaldas á los pilares de la entrada.
—¿Venís de parte del Doctor Jekyll?—le pregunté.