Me contestó que sí, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no me obedeció sin haber lanzado antes una mirada escudriñadora hacia la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de policía estaba cerca, y venía con su linterna sorda abierta; al verlo creí notar que el desconocido tembló y que se apresuró á entrar.
Estos incidentes me sorprendieron, no lo ocultaré, de un modo desagradable; no perdí de vista á mi hombre, gracias á la luz brillante que había en mi sala de consultas, y puse la mano sobre el arma para estar prevenido á todo evento. En fin, tuve la suerte de verlo. Jamás, es absolutamente cierto, mis ojos lo habían visto antes. Era pequeño, según he dicho; me sorprendió la expresión de su fisonomía, en la que podía leerse una curiosa mezcla de grandísima actividad muscular y de indudable debilidad de constitución; por último, me sorprendió todavía más la penosa turbación subjetiva que me producía su vecindad; y fué de género tal, que mis miembros parecían helarse y que el pulso latía con menos violencia. Atribuí entonces aquellas sensaciones á alguna repugnancia idiosincrásica y personal; pero á pesar de todo, me sorprendía la vivacidad de mis impresiones, si bien desde aquella fecha he tenido motivos para pensar que su causa yacía muy profundamente oculta en la naturaleza misma de aquel hombre, y que me movía algún pensamiento más noble que el odio.
Esa persona, que desde el instante en que entró había producido en mí una sensación que sólo puedo definir llamándola curiosidad mezclada con repugnancia, estaba vestida de un modo que hubiera sido ridículo en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un género rico y de color obscuro, parecía enorme, inmensamente grande para él, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas y habían sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extendía demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extraño que fuese, aquel burlesco traje no me hizo reír. Al contrario, como había un no sé qué de anormal y de contrahecho en el ser que tenía á la vista, algo que sobrecogía, que sorprendía y que escandalizaba en su repugnancia misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba fuerza; llegó casi á interesarme la naturaleza y el carácter del hombre, y sentí curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y la posición que ocupaba en el mundo.
Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas, se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido demostraba arder en una sombría impaciencia.
—¿La habéis traído?—exclamó—¿la habéis traído?
Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de sacudirlo.
Lo rechacé, habiendo experimentado á su contacto como una sensación glacial en toda mi sangre.
—Vamos, caballero—le dije—olvidáis que no tengo el gusto de conoceros; permaneced sentado, si gustáis.
Le dí ejemplo, sentándome en mi sillón habitual, con la misma tranquilidad que si hubiese tenido que habérmelas con un enfermo cualquiera; tan tranquilo, á lo menos, como me lo permitían la hora avanzada, la naturaleza de mis preocupaciones y el horror que me inspiraba mi huésped.