No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas que me anunciaban la aproximación del castigo. Ocurrióme primero un incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un transeunte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto contra todo ataque de la fatalidad.

Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll, como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.

Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de tambores; salté de la cama y fuí á mirarme al espejo. Al ver lo que éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta, y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara, ¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria; atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que almorzaba.

Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir, estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura, cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi doble naturaleza podría quedar definitivamente destruído, anonadado el poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba incorporando en el segundo y el peor.

Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable y privado de toda amistad.

El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo que me falta firmeza para persistir en mi resolución.

Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles, cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos meses, sin embargo, fuí sincero en mi determinación; durante dos meses, seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida transformadora, y la absorbí de un trago.

No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que fuese, era caer, sucumbir.

El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente, en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo, satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida subido al más alto grado.

Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles, que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu, regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los pasos de algún vengador.