Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al tomarla, bebió á la salud de su víctima.

Apenas habían concluído las angustias de la transformación, Enrique Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia, cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente, en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba hasta las profundidades del alma.

Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse, llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir; queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea! ¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas veces, y destrocé la llave bajo mis pies!

Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas, además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.

Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para prenderlo y para matarlo.

Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más agradable.

Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad. No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa resurrección bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de la tentación.

Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció:

Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente, el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido, pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta á futuras expiaciones, aunque sin querer comenzarlas desde luego. Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad, mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.

En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí.