—Si es que Gray ha podido... comenzó Silver.
—Suposición excusada, interrumpió el Capitán. Gray nada me ha dicho por la sencilla razón de que nada le he preguntado. Y lo que es más todavía, antes que acceder, preferiré ver volar en pedazos á Vd. y á él y á toda esta isla bendita. Eso y nada más, mi amigo, es lo que yo opino de sus proposiciones.
Esa bocanada—perdónese la palabra en gracia de esta exactitud—esa bocanada de mal humor del Capitán, pareció enfriar bastante á Silver. Un momento antes sus palabras iban ya tomando cierto tono provocativo, que cesó ante aquella explosión como por encanto.
—¡Basta con esto!, dijo. No quiero más. No discutiré lo que caballeros como Vd. consideren dentro ó fuera de las reglas y del espíritu de verdaderos marinos. Entre tanto, y puesto que le veo á Vd. á punto de encender su pipa, voy á tomarme la libertad de hacer otro tanto.
Dicho esto, llenó, en efecto, su pipa y la encendió.
Durante un rato considerable aquellos dos hombres se quedaron silenciosos, sentados con la mayor calma, ya viéndose á la cara mutuamente, ya arreglando su tabaco, ya inclinándose hacia adelante para escupir.
—Veamos pues, resumió Silver; he aquí las cosas sin rodeos: Vds. nos dan ese mapa para encontrar con él el tesoro y cesan ya de fusilar á pobrecillos marineros, y de calentarse la cabeza aun en medio del sueño. Vds. hacen esto y nosotros, en cambio, les damos á escoger una de dos cosas: ó vienen Vds. á bordo con nosotros, una vez que el tesoro haya sido embarcado, y en ese caso les doy á Vds. bajo mi verdadera palabra de honor un afilavis (affidavit quería decir) de que en una costa habitada y segura los desembarcaré sanos y salvos; ó si esto no les conviniera mucho por ser medio salvajes algunos de mis hombres, ó por tener recelo de despertar antiguos rencores, entonces ¡qué demonio! pueden Vds. estarse aquí, ¡sí señores! Dividimos las provisiones de boca con Vds. á lo legal y justo, en proporción de lo que nos toque, á tanto por cabeza y, lo mismo que en el caso anterior, les doy mi afilavis de que al primer buque que encontremos lo mando acá para recogerlos. No dirá Vd. que esto es pura charla: la verdad es que Vds. no pueden esperar nada mejor que lo que yo propongo. Espero pues (y al decir esto levantó la voz considerablemente) que toda la tripulación—vamos al decir—que toda la tripulación de este reducto, considerará bien mis palabras, porque lo que he hablado para uno, hablado está para todos.
El Capitán Smollet se puso en pie, sacó las cenizas del fondo de su pipa sacudiéndola sobre la palma de la mano y luego con toda su calma anterior interrogó así á Silver:
—¿Es eso todo?
—¡Sí, por vida del infierno, esa es mi última palabra! Rehuse Vd. eso y no volverán á oir Vds. de mí más que el zumbido de las balas de mis mosquetes.