—Está muy bien, dijo el Capitán. Pues ahora óigame Vd. á mí. Si vienen Vds. á presentarse aquí, de uno en uno y desarmados, me comprometo á ponerlos á todos con grillos y esposas y llevarlos para que tengan un proceso en regla, hasta Inglaterra. Si mi proposición no le conviene á Vd., me llamo Alejandro Smollet, la bandera de mi Soberano está enarbolada sobre esta casa y prometo enviarle á Vd. y á todos los suyos á los apretados infiernos. Vds. no pueden hallar ni hallarán ningún tesoro. Vds. no pueden navegar con esa goleta. Vds. no pueden batirnos. Gray, solo, pudo salir fácilmente de entre las manos de cinco de los suyos. Su navío está como encadenado, Maese Silver; Vds. están como varados en una playa de sotavento y muy pronto se convencerá Vd. de ello. Yo, pues, me quedo aquí, después de decirle lo que le he dicho, que es, por cierto, lo último que me oirá Vd. de buenas palabras, porque ¡por vida del diablo! la primera vez que vuelva á encontrar á Vd., Maese Silver, le meto una bala en la cabeza, como tres y dos son cinco. Pase Vd. de allí. Sálgase en el acto de este lugar, mano sobre mano, y despáchese pronto.
Silver era, en aquel momento, la estampa de la ira. Los ojos parecían salírsele de las órbitas, de indignación. Sacudió el tabaco fuera de la pipa y luego gritó:
—¡Déme Vd. la mano para levantarme!
—¡No por cierto!, replicó el Capitán.
—¿Quién de Vds. quiere darme la mano?, aulló dirigiéndose á nosotros.
Ninguno en nuestras filas se movió siquiera. Vomitando entonces las más horribles blasfemias, se arrastró sobre la arena hasta que tuvo á su alcance una de las pilastras del portalón de la cual se asió, y ya entonces pudo enderezarse y ponerse en pie con su muleta. Caminó en seguida, y con una acción despreciativa é insultante, bramó:
—¡Eso valen Vds.! Antes de que se haya pasado una hora, ya los pondré á Vds. á hervir como ponche encendido, en su estacada. Rían Vds., ríanse, ¡con mil diablos!, antes de una hora ya podrán reir en el infierno, y para ese tiempo los que se hayan muerto podrán llamarse los más afortunados.
Con un nuevo y terrible juramento se alejó cojeando, señaló á su paso la arena en que iba enterrándose, trepó sobre la estacada con ayuda del hombre de la bandera, no sin fallar sus esfuerzos tres ó cuatro veces, y un instante después desapareció entre los árboles.