CAPÍTULO XXI
EL ATAQUE
NO bien hubo desaparecido Silver, el Capitán que le había seguido escrupulosamente con la mirada, se volvió hacia el interior del reducto, y con excepción de Gray no encontró á ninguno de todos nosotros en su sitio. Fué aquella la primera vez que le ví verdaderamente enojado.
—¡Á sus puestos!, gritó.
Y cuando ya todos ganamos humildemente nuestras posiciones, prosiguió:
—¡Gray!, tendrás hoy una mención honorífica en el diario de á bordo: has cumplido con tu deber como un buen marino. Sr. de Trelawney, me sorprende la conducta de Vd. Doctor, yo creí que alguna vez había Vd. llevado encima el uniforme del Rey, ¿es así como servía Vd. en Fontenoy, señor? Si era así, mejor hubiera Vd. hecho en quedarse en su casa.
Los centinelas mandados por el Doctor estaban ya todos en sus troneras; los demás hombres se ocupaban de cargar las armas, todos con la cara bien encendida, puede creérseme, y, como dice el adagio inglés: “con una pulga en su oído.”
El Capitán vió á todos en silencio por algún rato y en seguida habló así:
—Amigos míos, acabo de descargar sobre Silver una verdadera andanada. Le he puesto, de propósito, en punto de brea hirviendo y así es que, como ya nos lo ha anunciado él mismo, antes de que trascurra una hora, tendremos que sufrir el abordaje. Son más que nosotros, no necesito recordarlo, pero nosotros peleamos á cubierto: un minuto hace que tal vez habría yo añadido “y con disciplina.” No cabe duda, por lo mismo, de que podemos darles una buena sacudida si Vds. gustan.
Dicho esto recorrió las filas para cerciorarse de que todo estaba listo y en orden.