En los dos costados más angostos, ó sea en las cabeceras de la cabaña, que veían al Este y al Oeste, no había más que dos troneras; en el lado Sur que era en el que estaba el portalón, no había también más que dos, y cinco en el muro del lado Norte. Teníamos por todo, unos veinte mosquetes para siete que éramos. La leña había sido arreglada en cuatro pilas,—llamémosles mesas—una hacia el medio de cada uno de los lados, y sobre cada una de esas mesas, se colocaron cuatro mosquetes bien cargados, listos para que los defensores del reducto los tuvieran á la mano. En el centro los sables todos estaban alineados en orden.
—Apáguese el fuego, dijo el Capitán. El frío ha pasado ya y no es conveniente que tengamos humo en los ojos.
El cesto de hierro con sus leños encendidos fué sacado por el Sr. Trelawney en persona, fuera de la cabaña, y las brasas se apagaron con arena.
—Hawkins no ha almorzado todavía, continuó el Capitán. Vamos, chico, despáchate por tu mano y vuélvete á tu puesto á comer. Vivo, vivo, muchacho; podría ser que lo necesitaras antes de poder hacerlo. Tú, Hunter, sirve á todos un buen vaso de cognac.
Mientras esto se hacía, el Capitán completaba en su imaginación el plan de defensa.
—Doctor, Vd. se situará en la puerta, continuó. Cuidado con exponerse; manténgase Vd. á cubierto y haga fuego á través del portalón. Hunter, tú te sitúas en el costado oriental, ¡allí!, Joyce, tú al otro lado, al Oeste. Sr. de Trelawney, á Vd. que es el de mejor puntería, se le encomienda, ayudado de Gray, la defensa de este largo costado del Norte que tiene cinco troneras. Si algún peligro corremos, ese peligro está en ese punto. Si ellos lograran subir hasta aquí y hacer fuego hacia adentro del reducto, por nuestras propias troneras, las cosas se empezarían á poner entonces de color de hormiga. Hawkins, ni tú ni yo somos muy hábiles, según creo, para hacer puntería; nosotros, pues, permaneceremos al lado de los tiradores ocupados en cargas las armas.
Como el Capitán lo dijo, el frío había ya pasado. Tan pronto como el sol había dejado pasar sus rayos por sobre las copas de los árboles hasta nosotros, se dejó sentir con toda su fuerza sobre las partes no sombreadas y disipó en un instante la bruma del pantano. Muy pronto la arena estaba ya abrasándose y la resina de los abetos comenzaba á derretirse en los muros del reducto. Colgamos á un lado sacos y jubones, las camisas se abrieron por las pecheras descubriendo nuestros cuellos casi hasta los hombros y ya en esa actitud, cada uno estuvo de pie firme, arma al brazo, en su puesto, con la doble fiebre del calor y de la más ansiosa expectativa.
Así se pasó más de una hora.
—¡Mal rayo los parta! dijo el Capitán. Esto sí que es tan pesado como una calma-chicha. Gray, sílbale al viento.
Como si alguien hubiera oído los votos del Capitán, en aquel mismo instante nos llegó la primera noticia del ataque.