LOS sublevados no volvieron ya; ni siquiera un disparo más volvió á salir de entre los árboles. Ya habían recibido su ración por aquel día, según la frase del Capitán y quedábamos, por tanto, en posesión de nuestro reducto, con tiempo para cuidar y trasladar los heridos, y para hacer la comida. El Caballero y yo pusimos nuestra cocina afuera á pesar del peligro que corríamos, pero aun allí podíamos difícilmente atender á lo que traíamos entre manos á causa de los quejidos y lamentos que nos llegaban de los pacientes del Doctor.

De ocho personas que habían caído durante la batalla, solo tres respiraban aún: el pirata que fué herido junto á la tronera, Hunter y el Capitán Smollet; y aun de estos, los primeros eran poco menos que muertos. El sublevado murió, en efecto, bajo el bisturí del Doctor y en cuanto á Hunter por más esfuerzos que se hicieron para volverlo á sus sentidos, no tuvo ya conciencia de sí mismo en este mundo: agonizó todo el día, respirando fuerte y penosamente como el viejo filibustero cuando yacía víctima de aquel terrible ataque apoplético; pero los huesos del pecho habían sido despedazados por el golpe y el cráneo se había fracturado con la caída, por lo cual, al llegar la noche, sin voz ni estremecimiento alguno entregó el alma á su Hacedor.

Las heridas del Capitán eran graves, en verdad, pero no fatales. No había órgano alguno interesado con lesión mortal. La bala de Ánderson, que fué la que primero le hirió, había roto la parte superior del hombro y tocado ligeramente uno de los pulmones. La segunda bala le había nada más atravesado la pantorrilla rasgándole y dislocándole algunos músculos. Su restablecimiento era seguro, al decir del Doctor, pero entre tanto y por el espacio de semanas enteras, no debería ni andar ni mover su brazo, y aun de hablar debía abstenerse hasta donde le fuera posible.

Mi cortada accidental en los nudillos era un rasguño insignificante; el Doctor me curó poniéndome algunas tiras de tela emplástica y me dió un tirón de orejas por haber salido tan bien librado.

Cuando terminamos nuestra comida, el Caballero y el Doctor se sentaron en consulta al lado del Capitán, y cuando ya habían hablado cuanto tenían que decir, y siendo, á la sazón, cerca de medio día, el Doctor tomó su sombrero, se puso al cinto sus pistolas, depositó en su bolsa de pecho la carta del Capitán Flint, y poniéndose un mosquete al hombro y un sable á la cintura, cruzó la empalizada por el lado Norte y se aventuró vigorosamente en medio de los árboles.

Gray y yo estábamos sentados juntos en el extremo opuesto del reducto, de manera de estar fuera del alcance de la conversación de nuestros superiores en consulta. Gray retiró la pipa de sus labios y no volvió á acordarse de llevarla á ellos nuevamente: tanto así lo dejaba atónito lo que veía.

¡Por vida del demonio!, exclamó, ¿se ha vuelto loco el Doctor Livesey?

—No, á lo que creo, le respondí. Me parece que de todos nosotros es él el menos expuesto á ese accidente.

—¡Cáspita, chico, pues si no lo está él, oye bien lo que te digo, debo estarlo yo!

—Es posible, le repliqué. El Doctor tiene su idea y, si no me equivoco, creo que va ahora á buscar á Ben Gunn.