Los sucesos demostraron que estaba yo en lo justo y racional. Pero entre tanto, como el reducto aquel estaba caliente como un horno y la arena de afuera ardiente como una brasa, con el sol de mediodía, comenzó á bullir en mi cabeza una idea de la cual no podía decirse como de la otra que era racional ni justa. Lo que me pasó fué que empecé á envidiar al Doctor marchando á la fresca sombra de los árboles, rodeado de pájaros y aspirando el fresco olor de los pinos; mientras yo estaba allí, asándome, con la espalda pegada á aquellos maderos que saturaban mi traje con su resina á medio fundir, rodeado de sangre por todas partes, en medio de tantos cadáveres tendidos á mi alrededor, y tanto pensé en ello que acabé por sentir hacia aquel lugar un disgusto que era casi tan fuerte como el miedo mismo.
Todo el rato que estuve ocupado lavando el interior del reducto y en seguida aseando los trastos para la comida, ese disgusto y esa envidia continuaron acentuándose más y más en mi ánimo hasta que, por último, encontrándome á mano una canasta de pan, y no habiendo en aquel instante nadie que me observara, me llené de bizcochos todas las faltriqueras y dí con eso el primer paso en la vía de mi escapada.
Era yo un buen tonto, si se quiere, y ciertamente lo que yo iba á hacer no podía calificarse sino como una locura y un acto temerario, pero yo estaba bien determinado á llevarlo á cabo, con todas las precauciones que me era dable tomar. Aquellos bizcochos, caso de que algo me sucediera, podrían alimentarme, por lo menos, hasta el día siguiente.
Después de los bizcochos, la próxima cosa de que me apoderé fué un par de pistolas, y como yo tenía ya de antemano un polvorín y balas, me sentí suficientemente provisto de armas.
Por lo que hace al proyecto en sí, tal como estaba en mi cabeza, me parece que no era del todo malo: iba á buscar, en la división arenosa existente entre el fondeadero y el mar abierto, la Peña blanca que había visto la víspera, y cerciorarme si era ella ó no la que escondía el bote de Ben Gunn; cosa bien digna de ejecutarse, según todavía hoy me parece. Pero teniendo como tenía la seguridad de que no se me permitiera abandonar el recinto de la estacada, mi plan se redujo á despedirme á la francesa y deslizarme afuera cuando nadie pudiera verme, lo cual era en sí tan malo, que bastaba para hacer todo mi pensamiento reprensible. Pero yo no era más que un muchacho y mi resolución estaba perfectamente tomada.
Ahora bien, las cosas se me presentaron, al cabo, de tal manera, que encontré una oportunidad admirable para mi objeto. El Caballero y Gray estaban muy entretenidos arreglando los vendajes del Capitán, la costa estaba libre, me lancé ágilmente sobre la estacada, me interné en la espesura de los árboles y antes de que mi ausencia pudiera ser notada, ya estaba yo fuera del alcance de la voz de mis compañeros.
Esta era ya mi segunda locura, mucho peor que la primera, supuesto que no dejaba en la casa sino dos hombres sanos y salvos para custodiarla, pero, como la primera, esta segunda calaverada contribuyó á salvarnos á todos nosotros.
Hice rumbo derecho hacia la costa oriental de la isla, pues mi resolución era ir á la punta por el lado que daba al mar, para evitarme toda probabilidad de ser observado desde el fondeadero. La tarde estaba ya bastante adelantada, pero todavía brillaba el sol y no era poco el calor que se hacía sentir aún. Mientras proseguía mi marcha, cortando el alto y espeso bosque, escuchaba allá á lo lejos, delante de mí, no sólo el trueno continuo de la marejada, sino cierto frotamiento de hojas y crujidos de ramas que me demostraban que la brisa del mar se había desatado más fuerte que de ordinario. Muy pronto, bocanadas de aire fresco comenzaron á llegar hasta mí y á pocos pasos me encontré ya en los bordes abiertos del boscaje y pude ver el mar azul y lleno de sol, reverberando desde la orilla hasta el límite lejano del horizonte, mientras sus oleadas murmuraban, recortando sus caprichosas siluetas de espuma á lo largo de la playa.
Nunca he visto el mar tranquilo en todo el derredor de la Isla del Tesoro. El sol puede lanzar desde arriba cuanto calor le sea posible; puede muy bien la atmósfera estar sin una sola ráfaga de viento, y la superficie lejana de las aguas tersa y azul; esto no impedirá jamás que aquellas grandes moles de agua espumante rueden á lo largo de toda la costa tronando siempre, tronando de día y de noche, de tal suerte que apenas habrá lugar alguno en la isla entera en donde se pueda uno libertar de oir aquel rumor eterno.
Yo seguí entonces el borde de la playa, marchando junto á la rompiente, con gran deleite mío, hasta que, juzgándome ya bastante lejos hacia el Sur, me interné de nuevo en la espesura del bosque y me fuí serpeando cautelosamente hacia la parte elevada de la punta, término de mi viaje.