—Sea en hora buena, díjeme á mí mismo. Es claro que debo continuar tendido en donde estoy y no perturbar el equilibrio, pero también me parece evidente que, de cuando en cuando, puedo darme trazas, en los parajes más tranquilos, parar dar una ó dos paladas de remo en dirección de tierra.
Hícelo como lo pensé. Continué tendido, sobre mis codos en la postura más espectante del mundo, á la capa, y aprovechando cada oportunidad que se me presentaba para dar muy dulcemente una remada ó dos á fin de enderezar la proa hacia la playa.
Era aquél un trabajo lento y fatigoso por demás, y sin embargo me sentía ganar terreno; tanto que, conforme nos acercábamos al Cabo de la Selva, si bien veía que no me era dable aún ganar aquella punta, pude notar con alegría que había ya avanzado como unas cien yardas hacia tierra, al Este. Muy cerca estaba de ella, en verdad. Ya me era dable distinguir las frescas y verdegueantes copas de los árboles meciéndose suavemente juntas al soplo de la brisa y tuve por cosa segura, en consecuencia, que en el promontorio próximo era ya evidente mi desembarque.
Y á fe que no sería sino muy á tiempo, pues la sed comenzaba á hacerme sufrir bastante. El resplandor del sol cayendo sobre mi cabeza y sus rayos quebrándose sobre las olas en mil reflexiones diversas; el agua del mar que caía y se secaba sobre mi cuerpo cubriendo mis labios con una capa salobre; todo esto se combinaba para hacer que mi garganta ardiera y mi cabeza fuera presa de un dolor violento. La vista de los árboles á tan corta distancia me puso casi fuera de mí con el anhelo vehemente de desembarcar. Empero la corriente me había arrastrado, antes de mucho, lejos de la punta, y cuando me encontré de nuevo en mar abierto, percibí algo que desde luego hizo cambiar la naturaleza de mis pensamientos.
Precisamente frente á mí, á menos de media milla de distancia, se aparecía ante mis ojos La Española con sus velas desplegadas. No me cupo duda de que iba á ser cogido, pero es el caso que la sed me hacía ya sufrir de tal manera, que no puedo decir si sentía ó me alegraba de aquella ocurrencia; y debo añadir que mucho antes de haber llegado á una conclusión la sorpresa se había enseñoreado de mi ánimo á tal grado que no podía hacer otra cosa sino maravillarme y clavar mis ojos en lo que tenía á la vista.
La Española llevaba al viento la vela mayor y dos foques, y la blanquísima lona brillaba al sol como nieve ó plata. En el momento en que la descubrí, sus velas hinchadas la empujaban bien, haciéndola seguir una línea en dirección Noroeste, lo que me hizo presumir que los hombres á bordo iban con la intención de dar la vuelta á la isla para llegar así de nuevo al ancladero. Pero en aquellos momentos comenzó á inclinarse más y más hacia el Poniente, visto lo cual me dí á creer que me habían descubierto é iban á darme caza. Antes de mucho, empero, hizo proa decididamente contra el viento y se vió detenida en su marcha por algún tiempo, falta de propulsión, con sus velas estremeciéndose y palpitando inútilmente.
—¡Vaya unos animales!, me dije. Esos bárbaros deben estar todavía más borrachos que un alambique. ¡Ah! Si el Capitán Smollet fuera á bordo ya tendrían que saltar listos esos desmañados.
En el interín la goleta viró un poco, hizo un bordo, y su lona la hizo marchar de nuevo por uno ó dos minutos para caer inmóvil una vez más contra el viento. La misma ocurrencia se repitió una y otra vez. De aquí para allá, de arriba para abajo, de Norte á Sur y de Oriente á Poniente. La Española se ponía en marcha con una especie de arremetidas ó disparos instantáneos, pero cada repetición de estas concluía como había comenzado, dejando el velámen inutilizado y tremolando débilmente. No tuve trabajo en comprender que nadie iba dirigiendo la embarcación, y siendo esto así, ¿qué había sido de los dos hombres? Ó estaban ahogados de borrachos, ó habían abandonado el buque, pensé yo, por lo cual, si lograba entrar á bordo, tal vez me fuera dable volver aquel buque á su Capitán.
La corriente iba arrastrando con igual velocidad hacia el Sur, tanto á la goleta como al traído y llevado coracle. Por lo que hace á la goleta su marcha era tan irregular é intermitente, supuesto que á cada momento se veía como engrillada, que la verdad es que muy poco ó nada ganaba, cuando no perdía terreno. Con sólo que me atreviese á sentarme otra vez y tentar de nuevo al remo, estaba seguro de que pronto me sería dable estar sobre ella. El proyecto tenía un sabor de aventura que despertó mi apetito, no sin que lo acrecentara, duplicando mi energía, el recuerdo de que frente á la carroza de proa estaba un buen depósito de agua dulce en la codiciada Española.
Sentéme, pues, y como la vez primera que lo hice, fuí saludado por un azote de agua y espuma, con la diferencia de que, por esta vez, el empuje impreso al coracle fué en mi favor. Dediquéme entonces á remar con toda la precaución, pero con toda la energía de que era capaz, hacia la no gobernada Española. En uno de mis impulsos, sin embargo, alojé dentro del botezuelo tal cantidad de agua que tuve que parar mi maniobra y estarme alerta sintiendo que los latidos del corazón iban á ahogarme. Pero, ya más cauto y muy gradualmente, púseme al fin en el verdadero camino de mi meta, guiando mi esquife bordeando las grandes olas y sin poder impedir, con todo y eso, que la cresta de alguna azotara la proa de mi barquilla y salpicara mi rostro con su desbaratada espuma.