Á la sazón mi avance sobre la goleta era ya rápido y perceptible. Ya podía distinguir bien el brillo del metal en la caña del timón cuando éste se movía golpeando, y sin embargo, todavía no aparecía un alma sobre cubierta. No pude suponer otra cosa, en consecuencia, sino que la goleta había sido abandonada. De no ser así, los hombres aquellos deberían estar abajo borrachos, como muertos, en cuyo caso me sería fácil quizás asegurarlos y hacer con la goleta lo que me pareciera.

Por un buen rato ésta se había mantenido haciendo lo que podía no ser peor para mí, esto es, continuar en el mismo estado de inercia. Su proa iba casi directamente al Sur, sin dejar de guiñar, por supuesto, á cada momento. Á cada guiñada, dejaba caer hacia afuera sus velas, en parte hinchadas, y éstas la volvían á poner, en un instante, enfilando el viento una vez más. He dicho que esto era para mí lo peor de todo, porque, sin gobierno como la goleta iba, con su velámen tronando como un cañón y las olas azotando ruidosamente los costados y bañando la obra muerta, continuaba, sin embargo, corriendo delante de mí, no sólo con la velocidad natural de la corriente, sino con toda la fuerza de su deriva que, naturalmente, era muy grande.

La oportunidad, al cabo, concluyó por presentárseme. La brisa se puso por algunos momentos sumamente baja y la corriente que volteó con lentitud á La Española hizo que ésta concluyera por presentarme su popa con la porta todavía abierta de par en par, y la lámpara sobre la mesa encendida aún á pesar de ser de día. La vela mayor colgaba, en aquel instante, desmayada y caída como una bandera. Nada, con excepción de la corriente, interrumpía la inmovilidad de la embarcación aquella.

Durante un rato, poco hacía, en lugar de ganar, iba yo perdiendo terreno; pero ahora, redoblando mis esfuerzos, comenzaba otra vez á estar más cerca de mi caza.

No me faltaban ya ni cien yardas para llegar á ella cuando el viento llegó otra vez con estruendo, hinchando la lona sobre las amuras de babor, y acto continuo se me alejó otra vez deslizándose, ondeando y casi volando como una golondrina.

Mi primer impulso fué de desesperación, pero el segundo fué de alegría, porque hétela allí que, describiendo una gran curva, La Española viene hacia mí hasta ponerse frente á uno de mis costados; y continuando la misma inesperada evolución, muy pronto la veo á la mitad, y luego á un tercio, y luego á un cuarto de la distancia que nos separaba hacía poco. Ya distinguía yo las olas que hervían bajo su gorja. ¡Qué enorme me parecía la mole de aquella goleta vista desde mi bajísima estación en el botezuelo!

Pero instantáneamente comprendí aquella situación y apenas si tuve tiempo para pensar y menos aún para ponerme en salvo. Estaba yo con mi coracle en la cresta de un alta ola y la goleta venía sobre la cima de la inmediata, abatiéndose sobre mí. ¡Un segundo de vacilación y mi muerte era segura! El bauprés estaba sobre mi cabeza en aquel instante. Rápido como el pensamiento me puse en pie y haciendo un impulso desesperado salté haciendo desaparecer al coracle bajo el agua. Con una mano me había asido al botalón de foque, en tanto que mi pie estaba alojado entre el estay y la braza. Y todavía no había yo tenido tiempo de hacer el más pequeño movimiento para cambiar mi posición cuando el rumor apagado de un golpe me dijo que la goleta se había cargado hacia abajo acabando de hundir y despedazar el coracle y que, por consiguiente, allí quedaba yo, colgando entre cielo y mar, sin retirada posible de La Española.