Pero mientras rumiaba estas ideas no había permanecido ocioso. Había vuelto de nuevo, por el mismo camino, hasta la cámara, me calcé otra vez apresuradamente, eché mano, al acaso, á la primera botella de vino que se me presentó, y con ella para servirme de excusa hice mi reaparición sobre cubierta.
Hands estaba allí, donde lo había dejado, todo encogido y anudado, con los párpados caídos como si quisiera dar á entender que estaba bastante débil para que le fuese dable soportar la luz. Sin embargo, al sentir mis pasos, alzó la vista, rompió el cuello del frasco con la naturalidad del hombre que está acostumbrado á hacer la misma operación con mucha frecuencia y dió un gran sorbo con su frase favorita “¡buena suerte!” En seguida permaneció quieto por algún tiempo, y luego sacando un paquete de tabaco me rogó que le cortara una tajadilla.
—Córteme Vd. un pedazo de eso, dijo; porque yo no tengo navaja y apenas me siento con fuerza para menearme. ¡Ah, Jim, Jim, se me figura que todos mis estayes se han reventado! Córteme un pedacillo, que se me figura será ya el último, porque mi casco hace agua y creo que sin remedio me voy á pique.
—Está bien, no me resisto á cortarle á Vd. su tabaco, pero si yo fuera Vd. y me sintiera mal hasta ese extremo, crea Vd. que lo que haría sería ponerme á pedir á Dios misericordia, como un buen cristiano.
—¿Por qué?, me preguntó. ¿Quiere Vd. decirme por qué?
—¿Cómo por qué?, exclamé yo. Hace un momento precisamente que me preguntaba Vd. algo acerca de los que mueren. Vd. ha hecho traición á su fe. Vd. ha vivido encenagado en el vicio, en la mentira y en la sangre. Vd. tiene aún allí, rodando junto á sus pies, el cadáver de un hombre á quien ha asesinado hace pocos instantes, ¿y todavía me pregunta Vd. por qué?... ¡Pues por eso, amigo Hands, por todo eso!
Mi palabra llevaba impreso un sello de calor inusitado, gracias á que, en el fondo, pensaba yo en aquel estilete que el rufián acababa de ocultar en su jubón y con el cual se proponía dar buena cuenta de mí. Él, por su parte, me vió, tomó un gran trago de vino y luego dijo con un tono de solemnidad desusada:
—Durante treinta largos años he recorrido los mares, durante treinta años he visto bueno y malo, mejor y peor, tiempo hermoso y horrendas tempestades; víveres escasos á bordo; agua casi agotada, y zafarranchos y rebeliones, y luchas, y muertes, y abordajes... ¡oh! ¡tantas cosas!... Pues bien, lo único que no he visto en esos treinta años es que lo bueno produzca nada bueno. El que pega primero es el afortunado y nada más. Los muertos no muerden, Jim; esa es mi opinión, esa es mi fe, y así sea...
Y cambiando instantáneamente de entonación prosiguió:
—Pero vamos allá. Creo que ya hemos perdido bastante el tiempo con esas tonteras. La bajamar está bastante propicia en este momento. Siga Vd. mis órdenes, Capitán Hawkins, y pronto atracaremos y estaremos listos con la goleta.